
Durante siglos, la grasa corporal fue considerada un simple almacén de energía, un tejido pasivo cuyo exceso muchos intentaron eliminar. Recientes investigaciones han cambiado esta visión, mostrando que la grasa es un órgano activo y comunicativo, fundamental para el equilibrio del cuerpo humano.
Según expertos consultados por New Scientist, este avance científico está transformando la comprensión de temas como la salud metabólica, la obesidad y la función de los adipocitos en procesos que incluyen el metabolismo, la inmunidad, el estado de ánimo, la fertilidad y la salud ósea.
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Un cambio en la percepción científica
La aceptación de la grasa corporal como órgano goza ahora de respaldo en la comunidad científica internacional. Paul Cohen, de la Universidad Rockefeller, asegura: “Ya nadie discute que la grasa es un órgano, igual que los pulmones, el hígado o el bazo”.
Este cambio implica reconocer que la grasa no solo almacena energía, sino que desempeña un papel activo en la regulación de funciones vitales.

Randy Seeley, de la Universidad de Michigan, resalta la importancia evolutiva del almacenamiento de combustible: “Si no puedes almacenar energía, eres como un filtrador: tienes que nadar en tu comida”. Esta perspectiva descarta la antigua idea de la grasa como simple envoltorio y la posiciona como reguladora de la glucosa, la temperatura corporal y diversos procesos fisiológicos.
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Las funciones de la grasa corporal son numerosas y complejas. El hallazgo de la leptina en los años 90 fue un punto de inflexión: demostró que los adipocitos secretan hormonas que actúan sobre el cerebro para reducir el apetito y aumentar el gasto energético.
Cuando las reservas de grasa disminuyen, los niveles de leptina bajan y el cerebro responde aumentando la sensación de hambre y reduciendo el gasto energético, con el objetivo de recuperar las reservas. Desde entonces, se identificaron muchas otras moléculas con funciones de señalización, llamadas adipocinas, que permiten a la grasa comunicarse con tejidos cercanos y órganos distantes.
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Además, el diálogo entre la grasa y el cerebro no es solo químico, sino también eléctrico gracias a redes de fibras nerviosas que permiten una comunicación rápida en ambos sentidos.

Kristy Townsend, neurocientífica de la Universidad Estatal de Ohio, explica: “El suministro nervioso en el tejido adiposo permite una comunicación rápida y en ambos sentidos con el cerebro”. Este entramado incluye también al sistema inmunitario.
Townsend destaca: “Si observas el tejido entre los adipocitos, encontrarás prácticamente todas las células inmunitarias imaginables; la grasa es también un órgano inmunitario”. Louise Thomas, de la Universidad de Westminster, insiste: “La gente olvida que la grasa es metabólicamente muy importante. Sin ella, tenemos problemas de control hormonal, infecciones e inmunidad”.
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Tipos de grasa y consecuencias en la salud
La ubicación y tipo de grasa determinan su impacto en la salud. Más del 95% corresponde a grasa blanca, que se distribuye bajo la piel (subcutánea) y alrededor de órganos internos (visceral). Thomas apunta: “Nuestros órganos suelen estar rodeados por un mar de grasa”.
El exceso de grasa visceral se ha vinculado con un mayor riesgo de diabetes tipo dos, hipertensión, infartos y algunos cánceres.

Investigaciones recientes sugieren que la grasa visceral puede alterar la función cerebral y favorecer enfermedades como el Alzheimer.
Matthias Blüher, de la Universidad de Leipzig, demostró la importancia de la localización precisa de la grasa: “Incluso dentro de la cavidad visceral, importa dónde se localiza la grasa”. La acumulación excesiva de grasa en torno a órganos internos favorece la inflamación crónica, un proceso capaz de desencadenar alteraciones metabólicas y cognitivas.
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La conexión entre grasa, inflamación y enfermedad ocupa el centro de la investigación actual. En la obesidad, los adipocitos aumentan de tamaño y, al alcanzar un límite, pueden morir por falta de irrigación sanguínea. Esto genera la liberación de moléculas inflamatorias, atrayendo células inmunitarias y agravando la inflamación, lo que dificulta la acción de la insulina e incrementa el riesgo de diabetes tipo dos.
La inflamación crónica también puede dañar la memoria y la atención, crear condiciones propicias para tumores y hacer que los adipocitos liberen una cantidad excesiva de ácidos grasos, que resultan tóxicos para las células del entorno y pueden dañar la red nerviosa del tejido adiposo. Este fenómeno, la neuropatía adiposa, empeora los problemas metabólicos.
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Obesidad metabólicamente saludable y nuevas terapias

Sin embargo, no toda obesidad equivale a mala salud metabólica. Entre el 10% y el 30% de quienes cumplen criterios de obesidad según el índice de masa corporal, presentan lo que se llama obesidad metabólicamente saludable: no desarrollan resistencia a la insulina, hipertensión ni alteraciones en los niveles de colesterol, al menos a corto plazo.
El grupo de Blüher identificó que la localización y el funcionamiento de la grasa son determinantes. Las personas con mayor cantidad de grasa visceral y hepática suelen estar menos saludables, mientras que quienes presentan adipocitos más pequeños, menos células inmunitarias y un perfil de adipocinas más favorable parecen estar protegidos.
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Además, la grasa en personas con obesidad metabólicamente saludable muestra mayor flexibilidad metabólica y contiene células mesoteliales con capacidad para transformarse en otros tipos celulares, lo que podría permitir una expansión menos inflamatoria del tejido adiposo. Según New Scientist, estos avances podrían facilitar la detección de personas con riesgo elevado de complicaciones y la personalización de tratamientos.
Las nuevas líneas de investigación sobre la grasa corporal buscan reprogramar este órgano para recuperar su función saludable.

Blüher sostiene que el principal objetivo es transformar la obesidad “no saludable” en una variante más benigna, sin exigir una reducción drástica de peso. Los beneficios de los fármacos modernos para adelgazar y la cirugía bariátrica parecen deberse, en gran parte, a la mejora de la distribución y función de la grasa, más que a la cantidad de peso perdido.
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Seeley compara la interacción entre órganos y cerebro con una orquesta: “Todos estos sistemas —hígado, páncreas, tejido adiposo, músculo y tracto gastrointestinal— se comunican con el cerebro, y el cerebro con ellos. Si el director de orquesta no hace bien su trabajo, aunque los instrumentos estén en buen estado, la sinfonía no sonará bien”.
Con esto en mente, el desafío científico y médico radica en comprender a fondo este órgano versátil y conseguir que funcione en equilibrio con el resto del cuerpo. Cuando la grasa actúa en armonía, contribuye al mantenimiento de la salud total del organismo, concluye New Scientist.
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