
Un estudio publicado en la revista médica The Lancet reveló que el trastorno depresivo mayor afecta a una de cada 16 mujeres en el embarazo y el posparto, con una prevalencia global del 6,2% durante la gestación y del 6,8% en el año posterior al parto.
Estas cifras, basadas en una revisión sistemática que abarcó a más de dos millones de mujeres en 90 países, muestran que la depresión perinatal constituye un problema de salud pública de magnitud mundial. Las tasas son aún mayores en regiones como el sur de África subsahariana y el sur de Asia, donde superan el 15%, mientras que en zonas de altos ingresos como Asia Pacífico se mantienen cerca del 3%.
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Estos datos evidencian que la depresión en el embarazo y el puerperio es una condición frecuente, subdiagnosticada y con alto impacto en la salud materna e infantil. Según el análisis de The Lancet, “la prevalencia del trastorno depresivo mayor fue elevada durante todo el periodo periparto, alcanzando su punto máximo dos semanas después del parto”.
Los autores subrayan la necesidad de integrar la detección y el tratamiento de la depresión perinatal en los sistemas de atención, ya que las consecuencias del subdiagnóstico afectan tanto a las mujeres como a los recién nacidos.
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El peso de los ideales sociales y la invisibilidad del sufrimiento

Consultada al respecto por Infobae, la licenciada en Psicología con orientación Perinatal y Reproductiva María Agustina Capurro (MN 69.748) consideró que “existe mucha culpa porque todavía pesa una idea idealizada de la vivencia de la maternidad asociada a plenitud, ‘el mejor momento de la vida’ y felicidad inmediata”. Según Capurro, cuando la experiencia incluye ambivalencia, agotamiento, miedo o malestar, “muchas mujeres sienten que algo está mal en ellas en lugar de poder reconocer que atravesar una transformación psíquica, corporal y vincular tan profunda puede generar desajustes y necesitar tiempo para la adaptación”.
La especialista sostuvo que ese ideal social dificulta incluso registrar el propio sufrimiento y expresarlo: “Muchas veces no es que las mujeres madres recientes no hablen, sino que sienten que no hay espacio para hacerlo sin ser juzgadas. Esto contribuye a que las problemáticas de salud mental perinatal permanezcan invisibilizadas o sean detectadas tardíamente”.
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En este punto, la licenciada en Psicología Fernanda Giralt Font (MN 20.025), jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO sumó que “existe una fuerte idealización cultural de la maternidad asociada a felicidad permanente, conexión inmediata con el bebé y plenitud emocional”. Y cuando la realidad incluye cansancio extremo, angustia o ambivalencia, “muchas mujeres sienten que están fallando o que ‘hay algo mal’ en ellas”. Desde su mirada, Giralt Font advirtió que “esos mandatos sociales pueden generar pensamientos muy rígidos, como ‘debería disfrutar todo’, ‘si estoy triste soy mala madre’, ‘si pido ayuda es porque no puedo’. Ese tipo de interpretaciones favorece la culpa y muchas veces llevan a ocultar el malestar por vergüenza o temor al juicio”.
Y tras reconocer que “muchas depresiones perinatales quedan sin diagnosticar”, remarcó que “muchas mujeres no consultan porque creen que lo que sienten es incompatible con la imagen de maternidad esperada socialmente. Poder hablar del sufrimiento emocional sin culpa es un paso fundamental para pedir ayuda a tiempo”.
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Por qué la depresión puede comenzar en el embarazo y no solo después del parto

La depresión perinatal puede manifestarse tanto durante el embarazo como después del nacimiento del bebé. En ese sentido, Capurro advirtió que “la depresión perinatal puede comenzar durante el embarazo y no únicamente después del parto. Entre los factores de riesgo más estudiados se encuentran antecedentes personales de ansiedad o depresión, pérdidas gestacionales previas, estrés crónico, violencia, falta de red de apoyo, dificultades vinculares, exigencia extrema y también ciertos factores de sensibilidad biológica y hormonal”.
Giralt Font amplió: “Entre los factores de riesgo más frecuentes se encuentran antecedentes personales o familiares de depresión o ansiedad, experiencias traumáticas previas, estrés sostenido, falta de apoyo emocional, conflictos vinculares, violencia, dificultades económicas, trastornos del sueño o embarazos atravesados con mucho miedo o incertidumbre”. Además, la especialista subrayó que “influye mucho el estilo de autoexigencia. Mujeres muy perfeccionistas o acostumbradas a sostener todo solas suelen vivir esta etapa con niveles muy altos de presión interna”.
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Ambas expertas enfatizaron que la prevención no implica evitar toda angustia. Capurro señaló que “la prevención no garantiza que no emerja el malestar, pero si trabajamos en generar condiciones integrales de cuidado —controles que incluyan la pesquisa en salud mental, espacios de escucha y psicoterapéuticos, acompañamiento emocional temprano, grupos de pares y entornos que no minimicen el sufrimiento psíquico— podemos disminuir el riesgo y facilitar la detección temprana”. Giralt Font coincidió al destacar: “Lo importante es detectar señales tempranas, habilitar espacios de conversación genuina y pedir ayuda cuando el malestar empieza a interferir en la vida cotidiana. Incorporar la salud mental a los controles habituales del embarazo debería ser algo natural y esperado”.
Cómo fortalecer el bienestar emocional en el embarazo y posparto

El bienestar emocional durante el embarazo y los primeros meses del posparto se construye a partir de múltiples prácticas y apoyos cotidianos. Las psicólogas consultadas coincidieron en que no existe una única receta, sino un entramado de hábitos, redes y actitudes que funcionan como factores protectores frente al malestar emocional. Y entre las estrategias más avaladas destacaron:
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- Descanso protegido y rutinas de sueño. Dormir y descansar lo máximo posible es fundamental para la regulación emocional. “El descanso protegido ayuda a disminuir el riesgo de deterioro emocional”, sostuvo Capurro, quien advirtió que la falta de sueño puede agravar la ansiedad y la irritabilidad.
- Movimiento corporal suave. Realizar actividad física adecuada y supervisada según la etapa y la indicación médica contribuye al bienestar psíquico y físico. Capurro recomendó incorporar “herramientas cuerpo-mente y movimiento corporal suave” como parte de la rutina cotidiana.
- Alimentación balanceada. Sostener una dieta equilibrada apoya la salud integral. “Mantener una alimentación nutricionalmente balanceada es un factor protector relevante”, subrayó Capurro, y sugiere evitar largos periodos sin comer y priorizar comidas nutritivas.
- Red de apoyo y contacto social significativo. Evitar el aislamiento y pedir ayuda concreta son claves para amortiguar el impacto del estrés y la sobrecarga. Giralt Font enfatizó que “el apoyo social funciona como un gran amortiguador emocional. Poder hablar con alguien sin sentirse juzgada y no atravesar sola la crianza temprana disminuye significativamente el riesgo de depresión y ansiedad”.
- Espacios de expresión emocional sin juicio. Contar con ámbitos donde expresar emociones y dificultades sin temor al juicio social es central para la prevención. Capurro destacó que “poder hablar sin culpa sobre el sufrimiento emocional es un paso fundamental para pedir ayuda a tiempo”.
- Flexibilidad mental y autocompasión. Bajar la autoexigencia y aceptar que no existe una maternidad perfecta favorecen el bienestar emocional. “Aprender a cuestionar expectativas irreales y permitirse ser suficientemente buena son claves para la salud mental”, sostuvo Giralt Font. Reconocer que no todos los días serán iguales y que el amor materno no se mide por la ausencia de dificultades permite desarmar mandatos dañinos.
- Técnicas simples de regulación emocional en momentos de crisis. Ante situaciones de ansiedad o crisis, es útil recurrir a técnicas como la respiración profunda, el contacto físico contenedor, tomar agua, cambiar de ambiente, escribir o realizar actividades creativas. “Pedir relevo aunque sea unos minutos y poner en palabras lo que está pasando ayuda a salir del estado de alarma”, recomendó Capurro.
- Identificar señales tempranas de sobrecarga. Reconocer irritabilidad, llanto frecuente, sensación de encierro o pensamientos negativos sobre una misma como alertas tempranas permite pedir ayuda antes de llegar al límite. Giralt Font sugirió prestar atención a estas señales para buscar más apoyo y descanso cuando sea necesario.
Señales de bienestar emocional y el desafío de ser “suficiente madre”

Muchas mujeres sienten que “no son suficiente madre”, especialmente cuando atraviesan días difíciles. Capurro aclaró que “una madre emocionalmente sostenida no es una madre que nunca se angustia o nunca se cansa. A veces las señales más importantes son pequeñas: poder registrar cuándo algo desborda, pedir ayuda, encontrar momentos de conexión con el bebé aunque no sean perfectos, conservar algo del propio deseo e identidad más allá de la función materna o poder recuperar cierta calma después de un momento difícil”.
“El bienestar emocional no implica ausencia de conflicto, sino capacidad de regulación, reparación y cuidado en medio de la intensidad del puerperio”, afirmó la especialista.
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Giralt Font coincidió al asegurar que “el bienestar emocional no significa sentirse feliz todo el tiempo. En el puerperio es esperable tener días difíciles, cansancio, frustración o momentos de llanto. Lo importante es observar si, aun dentro de esa dificultad, la persona puede sostener cierto registro de sí misma y del vínculo con el bebé”. Según su experiencia, “hay señales pequeñas pero muy valiosas: poder pedir ayuda, reconocer que algo cuesta, responder a las necesidades del bebé aunque haya agotamiento, encontrar momentos breves de conexión o poder hablar de lo que se siente. También es saludable aceptar que no todos los días serán iguales sin interpretar eso como un fracaso”.
Consecuencias de la depresión perinatal no tratada y la importancia de la detección temprana

No detectar ni tratar a tiempo la depresión perinatal no es inocuo y tiene consecuencias tanto para la madre como para el bebé. Capurro advirtió que “la depresión perinatal no tratada puede afectar significativamente la salud mental materna, aumentando el riesgo de cronificación del sufrimiento psíquico, aislamiento, dificultades vinculares e incluso trastornos depresivos recurrentes”. Además, “puede impactar en el vínculo temprano madre-bebé, especialmente cuando el padecimiento interfiere en la disponibilidad emocional, la sensibilidad o la capacidad de responder a las necesidades del bebé”.
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La especialista subrayó la importancia de evitar miradas culpabilizantes: “No se trata de madres que no quieren a sus hijos, sino de mujeres atravesando una problemática de salud que por su componente social y expectativas es muchas veces silenciado. Lo auspicioso es que la detección temprana y el acompañamiento adecuado tienen un enorme rol en la recuperación y reparación tanto para la madre como para el vínculo”.
Giralt Font detalló que, cuando una depresión perinatal no recibe tratamiento, “puede afectar la capacidad de la madre para registrar sus propias necesidades y responder emocionalmente al bebé. No porque no quiera o no lo ame, sino porque el sufrimiento psíquico consume gran parte de sus recursos emocionales y físicos”. En algunos casos, esto puede “dificultar la conexión afectiva temprana, la regulación emocional dentro del vínculo y ciertas dinámicas cotidianas como el sueño, la alimentación o la organización del cuidado”.
El malestar sostenido en el tiempo “puede impactar en el desarrollo emocional infantil, especialmente si la madre atraviesa la situación en soledad y sin apoyo”, advirtió la especialista de INECO. “Pero es importante transmitir un mensaje esperanzador: el vínculo madre-bebé no depende de la perfección, sino de la posibilidad de reparar, acompañar y recibir ayuda cuando hace falta”.
En la salud mental materna, una depresión no tratada “puede cronificarse, aumentar el aislamiento, la ansiedad y el sentimiento de incapacidad. Por eso, pedir ayuda no es un signo de debilidad: es una forma de cuidado tanto para la madre como para el bebé”.
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