
Tener un vínculo con una persona tóxica puede incrementar el proceso de envejecimiento hasta en nueve meses, según una investigación reciente. El impacto no se limita al plano emocional, los efectos negativos alcanzan niveles fisiológicos: elevan los riesgos de enfermedad y reducen la longevidad.
De acuerdo con el estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, “cada persona adicional que genera estrés se corresponde con un ritmo de envejecimiento aproximadamente un 1,5% más rápido y una edad biológica aproximadamente 9 meses mayor”, afirmaron los investigadores.
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Este hallazgo se obtuvo tras analizar los casos de 2.345 adultos estadounidenses —incluidos algunos centenarios— y establece un vínculo directo entre la calidad de las relaciones sociales y la salud física a largo plazo. De acuerdo al estudio, aproximadamente el 30% de las personas mantiene algún vínculo cercano negativo, aunque muchas veces no son conscientes de ello.
Cuándo se considera que un vínculo es tóxico

La licenciada María Fernanda Rivas, psicoanalista, coordinadora del Depto. de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina, explicó a Infobae: que un vínculo tóxico es aquel en el cual se advierten indicios de más sufrimientos que satisfacciones: “En este tipo de relaciones se va diluyendo la autonomía y empobreciendo la autoestima de uno o los dos partenaires. El riesgo radica en la naturalización del maltrato mutuo (o de uno hacia el otro) y el sometimiento a este tipo de funcionamiento".
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La experta afirmó que pueden considerarse relaciones “adictivas” que deben ser tratadas terapéuticamente. “Son relaciones pasionales, en el sentido destructivo que implica la pasión. Este es un punto clave para poder comprender la lógica de ‘los amores que matan’. Y lo más importante es que puede trabajarse en la prevención, cuando hay indicios de que un vínculo así está en vías de construirse", explicó.
Rivas señaló que se puede hablar de “odios apasionados” o de “amores destructivos”, cuando se da por sentado que el otro no tiene una existencia autónoma y se lo necesita para hacerlo sufrir permanentemente.
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“Por tratarse de situaciones que traen aparejados intensos grados de angustia y estrés, suelen afectar también la salud física, lo que se manifiesta a través de diversos síntomas: afecciones gástricas, caída del pelo, pérdida notoria de peso, alteraciones en la alimentación y desarreglos en el funcionamiento circulatorio", describió la psicoanalista.

De acuerdo al estudio citado, padecer un vínculo tóxico se traduce en activación constante de los mecanismos de respuesta al estrés. Esta exposición prolongada desencadena aumentos en los niveles de cortisol, incrementa la inflamación corporal y debilita el sistema inmunológico, lo que puede derivar en una mayor probabilidad de desarrollar enfermedades.
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Por su parte, Sabina Alcarraz, psicóloga clínica y psicoterapeuta, explicó a Infobae que la denominación “vínculo tóxico” no es una categoría clínica diagnóstica desde lo formal, “pero sí es la manera coloquial de referirse a una relación interpersonal que genera un desgaste emocional, un daño psicológico, que socava la autoestima, el bienestar, la salud mental de una o de ambas partes de esta relación".
¿Qué caracteriza a este vínculo? “Una de las personas tiende a manipular a la otra buscando conseguir sus objetivos o deseos. También se genera una dependencia emocional de una de las partes. Muchas veces, esto se puede relacionar con celos, con lo que llamamos la celotipia. Esto se ve mucho más en la pareja. Este tipo de dinámica vincular se puede dar a nivel de pareja; laboral, con un jefe; con colegas; a nivel académico, entre familiares, amigos, en cualquier tipo de vínculo".
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La experta destacó que para catalogar el vínculo como tóxico, el daño psicológico debe ser algo sistemático, persistente, que continúa en el tiempo, ya que cualquier tipo de relación puede tener altibajos y momentos de crisis.
“Otra advertencia sería cuando luego de tener contacto con esta persona, quedamos drenados energéticamente, agotados, como si nuestra energía positiva hubiera sido absorbida. Esto ocurre porque nos hace destinar recursos psíquicos y cognitivos a equilibrar y tolerar esta relación que, evidentemente, no fluye. No es una relación donde exista un disfrute, un placer, que es lo que en realidad esperamos de todo tipo de vínculo: tener un intercambio enriquecedor", afirmó la psicóloga.
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Y brindó un ejemplo a nivel de pareja: “Cuando uno de los miembros socava la autoestima del otro, el amor propio, lo hace sentir inferior que su actividad laboral no tiene valor. Esta conducta es sumamente nociva para quien la recibe y también del otro lado, porque cuando hay alguien que está ejerciendo esta manipulación y violencia psicológica y emocional, también tenemos del otro lado a un otro con un nivel de sumisión tal que permite que esta dinámica se dé. Es decir, que la toxicidad se da en el entre ambas partes".
7 red flags de una relación tóxica o abusiva

La licenciada Rivas advirtió que, cuando en una relación uno de los miembros no respeta los espacios personales —ya sean silencios, distancias físicas o mentales— y tampoco tolera que el otro mantenga vínculos con terceros, como el trabajo, el estudio, los amigos, los hobbies o las redes sociales, existe el riesgo de que se pierdan la individualidad y la autonomía dentro de la pareja.
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“A veces simplemente el silencio del otro o el percibir su deseo de ‘estar a solas’ puede llegar a ser sumamente desorganizante. Puede establecerse un sistema de hipervigilancia del otro por celos y posesividad que lleve a revisarle el correo, los chats, controlar u objetar la ropa con la cual se viste. Muchas veces, se instala un circuito en el cual, paradójicamente, cuando uno es extremadamente celoso y posesivo, la forma del otro de ‘escaparse’ de esa realidad asfixiante, es a través de una infidelidad. Y esto puede funcionar, además, como una ‘venganza’ ante esa opresión", advirtió la psicoanalista.

Rivas brindó señales de una relación tóxica o abusiva:
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- Control y manipulación del comportamiento del otro, limitando sus relaciones sociales, el uso que hace del dinero, las actividades que realiza, tendiendo a obligarlo al aislamiento y la soledad respecto de familiares y amigos.
- Desprecio o falta de respeto, a través de comentarios hirientes, críticas repetitivas, descalificación de los sentimientos o percepciones del otro.
- Violencia física o verbal, o amenazas hacia el otro, sus seres queridos u objetos preciados.
- Falta de interés en los sentimientos del otro, falta de apoyo emocional y de empatía.
- Repetición de infidelidades, rechazo, abandono
- Violencia física o psicológica, desprecio hacia la familia política, etc.
- Infelicidad. Situaciones en las cuales la vida propia se va empobreciendo.

La licenciada Alcarraz agregó que una señal clara de un vínculo tóxico es no sentirse libre o cómodo de expresar lo que uno siente sin ser criticado ni juzgado: “Sin que la respuesta del otro lado o el feedback sea negativo o nos haga sentir culpables, o con un nivel de frustración o de ansiedad importantes”.
Y añadió otra red flag muy importante: si al tener que ir a la casa de esa persona o interactuar con ella a diario, comienzan a aparecer síntomas como ansiedad, estrés, contracturas, dolores de cabeza, malestares estomacales o intestinales, o una sensación general de incomodidad física. En el plano cognitivo, también pueden surgir pensamientos negativos y una tendencia a evitar el contacto con esa persona debido al malestar psicofísico que provoca.
Finalmente, destacó que la dependencia emocional es otra señal de alerta, reflejada en la necesidad constante de buscar aprobación, consultar decisiones o recibir validación de parte de esa persona.
Cómo salir adelante

La licenciada Alcarraz explicó que las red flags son señales claras de que es necesario establecer un límite en la relación. “Muchas veces, ese límite implica ponerle fin al vínculo. Sin embargo, en ocasiones esto no es posible porque se trata de una relación con un familiar, alguien muy cercano o del ámbito laboral, y no siempre se puede cortar el contacto de manera total”, advirtió.
Agregó que, en estos casos, lo recomendable es alejarse lo más posible, minimizar el contacto y reducir la interacción física, presencial o virtual con esa persona. Si el distanciamiento no es viable, sugiere establecer una distancia emocional: involucrarse cada vez menos, escuchar a la otra persona desde otra perspectiva y filtrar sus planteos en lo emocional y psíquico. “Es muy difícil lograrlo en soledad. Lo ideal es hacerlo con el acompañamiento de un profesional de la salud mental, en el marco de un proceso psicoterapéutico”, remarcó.

“Es un proceso que requiere tiempo, pero es posible restablecer el equilibrio emocional y avanzar con éxito. En muchos casos, recurrimos a la terapia EMDR (desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares) para abordar el trauma psíquico y liberar recuerdos o huellas que persisten a nivel cerebral, especialmente cuando hubo maltrato, baja autoestima o daño al amor propio. Trabajamos estos aspectos y solemos obtener resultados muy positivos”, explicó.
Por su parte, la licenciada Rivas señaló que, cuando se acumulan experiencias frustrantes y la infelicidad predomina en el vínculo, el principal sentimiento que surge es la preocupación por el estado de humillación en que quedó la propia identidad. Tomar conciencia de las heridas sufridas es lo que suele motivar el deseo de terminar la relación, aunque esto no siempre sea una decisión compartida por ambas partes.

La experta señaló que siempre es necesario un trabajo de duelo, que consiste en recordar al ex y poder hablar de la historia vivida (en un contexto terapéutico o con terceros), pero recomendó intentar a toda costa mantener distancia física por el riesgo que puede surgir en el encuentro, por el gran componente adictivo que poseen estas relaciones.
También señaló que es normal sentir cierta tristeza al despedirse de una persona con la que existió un vínculo afectivo. “Intentar reemplazar rápidamente a quien se ha perdido suele resultar frustrante o provocar el efecto contrario. Lo mismo ocurre cuando se busca ‘olvidar’ a través de la evasión, saliendo sin pausa o recurriendo al consumo de drogas o alcohol. Son caminos que, aunque a veces parezcan inevitables, no resuelven el malestar y suelen ser fallidos”, advirtió la psicoanalista.

“A veces es necesario recurrir a la terapia para poder hablar, una y otra vez, de lo vivido con la ex pareja. De este modo, los recuerdos van perdiendo intensidad emocional. No se trata de olvidar, sino de lograr que el recuerdo ya no genere un dolor tan profundo”, señaló Rivas.
Agregó que, en los casos más graves, donde está en riesgo la integridad psicofísica de uno o ambos integrantes de la pareja, se requiere un distanciamiento absoluto y la intervención de terceros. “Amigos y familiares pueden ayudar recordando a la persona lo mal que la pasó o insistiendo en que no vuelva a ese vínculo. En ocasiones, es necesaria la intervención judicial con medidas cautelares, perímetros o prohibiciones de acercamiento, porque a veces los ex necesitan que un tercero establezca la distancia que ellos no logran imponer. Sin embargo, estas medidas no siempre se cumplen, ya que la relación puede adquirir características de adicción y requerir un tratamiento adecuado”, concluyó la psicoanalista.
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