
Cada vez más personas sufren enfermedades alérgicas como asma, rinitis y alergias alimentarias. Este incremento no se explica por cambios genéticos, sino por factores ambientales como la contaminación, los cambios en la dieta y el estilo de vida moderno, según Alejandra Pera Rojas, profesora titular de Inmunología en la Universidad de Córdoba.
La creciente dificultad del sistema inmunitario para distinguir entre amenazas reales y estímulos inofensivos ha sido documentada tanto por especialistas en inmunología como por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
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De acuerdo con la OMS, las enfermedades alérgicas afectan a más de 400 millones de personas en todo el mundo, y su incidencia ha aumentado de manera sostenida durante las últimas décadas, en especial en regiones urbanas. El entorno controlado, la escasa exposición a microorganismos y el uso extendido de productos químicos han alterado la relación entre el sistema inmunitario y su entorno.
El aumento de la prevalencia de alergias está vinculado a la llamada “hipótesis de la higiene”, que sostiene que la reducción de infecciones en la infancia, típicamente en ambientes urbanos, incrementa el riesgo de desarrollar sensibilidad alérgica.
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Estudios publicados por la revista médica The Lancet han confirmado que la exposición temprana a microbios y a la naturaleza contribuye a regular el sistema inmunitario y disminuye la incidencia de alergias en la edad adulta.
Factores ambientales: contaminación, microplásticos y cambio climático

El entorno urbano moderno expone a la población de manera constante a contaminantes atmosféricos, microplásticos y sustancias químicas presentes en alimentos, ropa, productos de limpieza y materiales de uso cotidiano, generando un ambiente en el que la carga de compuestos potencialmente alergénicos es cada vez mayor.
Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, la contaminación del aire y la presencia de disruptores endocrinos pueden dañar la barrera epitelial —considerada la primera línea de defensa del organismo—, lo que facilita la entrada de alérgenos y desencadena respuestas inmunitarias exageradas.
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El impacto del cambio climático ha añadido un nuevo nivel de complejidad a la problemática de las alergias. El aumento sostenido de las temperaturas y los mayores niveles de dióxido de carbono han provocado un incremento tanto en la producción como en la persistencia del polen en el ambiente, según reportes del portal de estadísticas alemán Statista. Esto se traduce en periodos de exposición más largos y en una mayor concentración de partículas alergénicas durante el año, lo que incrementa la frecuencia y la gravedad de los síntomas en personas sensibles.
La interacción entre estos factores ambientales y los hábitos de vida modernos —como la menor exposición a espacios naturales y la mayor dependencia de productos industrializados— contribuye a una sobrecarga del sistema inmunitario, que responde de forma desproporcionada a estímulos que antes resultaban inofensivos.
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Prevención y recomendaciones de expertos

El periodo más crítico para la prevención de alergias ocurre durante el embarazo y los primeros años de vida, cuando el sistema inmunitario aprende a diferenciar entre lo peligroso y lo inocuo. Factores como la composición de la microbiota, la alimentación y el contacto con la naturaleza dejan una huella duradera en el desarrollo inmunitario, según detalla la Jefa de Sección de Alergología Berta Ruiz-León, de la Junta de Andalucía.
Entre las medidas recomendadas por la OMS y la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI) se encuentran priorizar alimentos frescos, reducir el uso de envases plásticos, ventilar espacios interiores y limitar la exposición a productos químicos innecesarios.
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La lactancia materna, evitar el uso indiscriminado de antibióticos en la infancia y fomentar el contacto con entornos naturales también resultan fundamentales para un sistema inmunitario equilibrado.
El aumento de las alergias no responde a una debilidad inmunitaria, sino a la adaptación insuficiente de nuestro organismo a un entorno moderno caracterizado por menor contacto con microorganismos beneficiosos y mayor exposición a contaminantes. Comprender estos factores permite orientar tanto políticas públicas como hábitos individuales hacia la reducción del riesgo y la promoción de entornos más saludables.
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