
La mayoría de quienes buscan perder peso mediante dietas estrictas enfrentan una realidad desalentadora: el peso perdido regresa, muchas veces, con un incremento adicional.
Según el Dr. Andrew Jenkinson, cirujano bariátrico, el ciclo de recuperación de peso no responde a una falta de voluntad personal, sino a un complejo sistema biológico encargado de regular el peso corporal.
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En una conversación reciente en el podcast ZOE, Jenkinson repasó los últimos hallazgos sobre el metabolismo y el llamado “punto de ajuste”, explicando por qué las dietas convencionales suelen fallar y presentando alternativas fundamentadas en la evidencia.
El mito de la fuerza de voluntad: más allá del conteo de calorías
Durante su conversación con el entrevistador del podcast Jonathan Wolf, Jenkinson desmontó la idea de que la pérdida de peso depende solo de la fuerza de voluntad y del balance calórico. “La creencia de que perder peso es simplemente cuestión de fuerza de voluntad es un mito dañino”, afirmó el especialista.
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La percepción dominante, tanto entre la opinión pública como en algunos sectores médicos y políticos, continúa girando en torno a esta postura, pero el experto advirtió que la realidad es más compleja, ya que entran en juego mecanismos de retroalimentación y homeostasis que el cuerpo utiliza para proteger su peso.
El punto de ajuste y el cerebro: el verdadero regulador del peso
El experto introdujo el concepto de punto de ajuste del peso corporal, un rango establecido y defendido activamente por el cerebro, en especial por el hipotálamo. Este “termostato interno” depende de factores genéticos, epigenéticos y ambientales, y tiende a mantener el peso dentro de ciertos límites.
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Cuando se intenta reducir este peso mediante dieta y ejercicio, el cuerpo responde generando señales de hambre, fatiga y descenso metabólico, lo que facilita la recuperación del peso perdido, como si existiera una especie de ancla elástica difícil de romper.
Genética, entorno y obesidad: más allá de la herencia
El especialista destacó que la genética puede influir en hasta un 70% del riesgo de desarrollar obesidad, pero la expresión de estos genes está mediada por el entorno y la dieta.
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Jenkinson citó investigaciones con gemelos criados en distintos hogares, cuyos pesos adultos muestran una sorprendente coincidencia, lo que respalda el papel de los genes.
Sin embargo, la exposición a alimentos procesados y el estrés típico del entorno moderno activan esta predisposición genética en proporciones masivas. Como ejemplo citado, la hambruna holandesa reveló que la desnutrición materna puede programar epigenéticamente a los descendientes hacia mayor riesgo de obesidad y diabetes.
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Metabolismo basal: la base oculta del gasto energético
Un punto clave señalado por Jenkinson fue el rol del metabolismo basal, responsable de aproximadamente el 70% del consumo diario de energía debido a funciones básicas como la respiración y la circulación sanguínea. Este componente varía y se adapta ante la reducción calórica.
Si una persona restringe drásticamente su ingesta, el metabolismo basal también baja, haciendo infructuosa la pérdida de peso a largo plazo. “El metabolismo actúa como un regulador de intensidad que impide la pérdida de peso”, explicó el cirujano.
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Hormonas y resistencia: leptina, insulina y la señal de saciedad
El control del apetito y la saciedad depende de hormonas como la leptina, que informa al hipotálamo sobre las reservas energéticas. Normalmente, la leptina alta disminuye el apetito y estimula el gasto, pero la dieta occidental, con altos niveles de azúcares y carbohidratos refinados, eleva la insulina y causa resistencia a la leptina.

En estas condiciones, el cerebro pierde sensibilidad frente a la saciedad y se perpetúa una sensación de hambre y desaceleración metabólica. Jenkinson comparó este estado con un indicador de combustible roto que ignora que el tanque está lleno.
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Dietas y restricción: el riesgo de elevar el punto de ajuste
Las experiencias clínicas y estudios en animales subrayaron que las dietas restrictivas y los ciclos yo-yo pueden elevar de forma permanente el punto de ajuste, dificultando la pérdida sostenible de peso.
Un experimento noruego con roedores reveló que los individuos sometidos a dietas hipocalóricas alternadas con periodos de sobrealimentación terminaron más pesados que los alimentados con una dieta occidental constante, a pesar de consumir la misma cantidad total de calorías.
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“Las dietas yo-yo pueden realmente aumentar tu punto de ajuste, haciéndote más pesado a largo plazo”, advirtió Jenkinson.
Estrategias efectivas: reducir el punto de ajuste de manera sostenible
Ante este escenario, el especialista propuso un abordaje centrado en calidad y hábitos alimentarios, no en el conteo calórico. Primero, recomendó eliminar el azúcar durante al menos un mes para reducir insulina y permitir que la leptina actúe.

En segundo lugar, sugiere evitar snacks, comer solo tres veces al día y aceptar el hambre temporal como parte del proceso. Después, plantea eliminar procesados y volver a la comida tradicional, priorizando carnes, pescados, verduras y lácteos.
Además, remarcó la relevancia de la alimentación consciente, prestando atención plena a la experiencia de comer, y de la restricción horaria, concentrando la comida en periodos de 6 a 8 horas diarias. Aconsejó reducir los carbohidratos por debajo de los 100 gramos diarios y priorizar el control del estrés y un buen sueño.
En el final del episodio del podcast, Jenkinson sostuvo que comprender la biología del peso corporal es fundamental para combatir la obesidad. Advirtió que mientras la sociedad mantenga enfoques basados en la fuerza de voluntad y la restricción calórica, las soluciones seguirán siendo limitadas.
Solo la educación y políticas que regulen el entorno alimentario, especialmente respecto a los ultraprocesados, permitirán una transformación real y duradera frente a la obesidad.
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