
“Le dieron el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez”, comenta Jorge Luis Borges. Están en la casa de Adolfo Bioy Casares, un jueves 25 de octubre, año 1956. “Qué vergüenza”, responde el anfitrión y queda una pausa seca en el aire que Borges completa con malicia: “Para Estocolmo”. Y sigue: “Primero a Gabriela, ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita, que para dar premios”. Y arrancan a despotricar. Es una escena que se repite mucho, siempre envuelta en ironías.
Pero el tema se estira en aquella tarde lejana y Bioy dice que “Juan Ramón es mucho mejor que Gabriela Mistral” (la chilena lo ganó en 1945), y que si bien “los malos poemas de Juan Ramón son pésimos”, “los mejores son bastante buenos”. “Gabriela Mistral no ha escrito ningún poema bastante bueno”, remata. Luego hablan de un artículo que iban a escribir juntos sobre Juan Ramón Jiménez, el famoso poeta español, autor de Platero y yo, que efectivamente ese año ganó el Nobel de Literatura.
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Todo está registrado en “el Borges de Bioy”, que acaba de ser reeditado. Pero volvamos a esa tarde; a esas tardes. Porque si algo hacían Borges y Bioy, además de leer —en muchas entradas del diario dice: “leemos novelas”—, era escribir. Ese artículo, cuenta Bioy, “tendría unas erratas”: “En una línea el nombre aparecería como Juan Jabón, en otra como Juan Jamón, en otra como Juan Ratón. Al final se desenmascaraba la conspiración y, en la última línea, de desagravio, se lo llamaba Juan Jarrón”.

Borges nunca ganó el Nobel. Hay muchas especulaciones al respecto. En una entrevista, María Kodama —que siempre trató a Bioy como un traidor por publicar ese diario— me contó una anécdota. Un día alguien en la calle le dijo a Borges: “Maestro, yo voy a rezar a Dios para que le den el Nobel”. “¡Por Dios!”, le respondió él, “¡no haga eso! Si me lo dan, voy a ser un número más en una lista. Así soy como un ícono al que no le dieron el Premio Nobel”. No hay dudas que Borges es mucho más que eso, pero también es eso.
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En esa entrevista Kodama también recordó un día en que Borges se preparaba para ir a Chile a recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica y sonó el teléfono. Hablaban desde Suecia. Ella le pasó el tubo y, luego de oír el motivo de la llamada, Borges le agradeció respetuosamente que “hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Y después de lo que usted ha dicho, mi deber es ir a Chile. Adiós”. En ese momento Pinochet lideraba la dictadura chilena.
Pero el Borges que tiene a Kodama a su lado es un hombre ya grande, asistido, erudito, maestro, prócer. El que conversa diariamente con Bioy es un Borges en plena formación. “Se siente más simpatía por los no premiados que por los premiados”, dice Borges, en una de sus conversaciones. “Sin embargo, hay gente que compra por miles de pesos una antología de Premios Nobel”, responde Bioy. “Te das cuenta —continúa Borges—. Esos premios se otorgan por razones de equilibrio internacional”.
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Sigamos. Un domingo de mayo de 1962, Borges llega a la casa de Bioy y, mientras están comiendo —los codos sobre la mesa, la servilleta en el cuello, la mirada en el plato—, le cuenta que el autor español Francisco Ayala le escribió. “Ha reunido doscientas firmas para mi candidatura al Premio Nobel”, le dice. ¿Habrá recibido de respuesta un silencio asertivo? ¿Qué cara habrán puesto las sirvientas? “¿Te das cuenta? —continúa— Viniendo de un hombre escéptico y haragán, como Ayala, esto me conmueve mucho”.
Un caluroso domingo suena el teléfono en la casa de Bioy, que estaba preparando la valija para un viaje por la provincia de Buenos Aires. Atiende. Era Borges, claro. Charlan un largo rato. “Vinieron a verme unos escritores mexicanos”, que le decían “querido maestro”, le cuenta Borges, “gente muy rudimentaria, muy tosca”: “Quieren hacer un premio más importante que el Nobel, ya que los suecos no dan el Premio Nobel a escritores de aquí. Este premio será únicamente para escritores latinoamericanos”.
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El libro revela el nivel de cercanía, el grado de amistad. Las conversaciones —siempre según Bioy que, sabemos, una escritura así implica cierta ficción solapada— son fluidas, divertidas, adictivas. ¿Qué le respondió Borges a esos escritores mexicanos y quiénes serían? “Les dije que entonces no sería más importante que el Nobel. Que lo abrieran a escritores de todo el mundo y que, para enseñarles a los suecos, premiaran durante los primeros tres o cuatro años a escritores suecos. No les gustó la idea”.

El Nobel está mucho más presente de lo que cualquiera podría suponer. Un día, por ejemplo, le hacen creer a Bioy Casares que Borges lo ganó. Y al final, no. Cada vez que alguien lo gana, lo comentan. No es para menos: son escritores. “A Borges no le importa mayormente”, dice. También da algo parecido a una hipótesis de por qué nunca lo recibe: “Por su ingenio para defender opiniones contrarias a las del consenso, vuelve a la gente más tonta de lo que es”. Y la autoparodia que no se escatima: “A mi también”.
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La ironía, el chisme, un poco malicia, mucha burla, bastante acidez. Todo eso es el Borges de Bioy. Dos amigos —además, y sobre todo, dos escritores sin Premio Nobel— que se sientan a despotricar: contra todos, incluso contra ellos mismos. De pronto, una tarde cualquiera, Borges le dice: “Bueno, quizá todo autor, leído con cuidado, revela su imbecilidad”. Bioy habrá largado una carcajada malvada que quedó tirada en el piso. Luego de una pausa elástica y eterna, Borges acepta: “Nosotros también”.
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