
El aumento acelerado de las cifras de personas con obesidad en las últimas décadas transformó esta condición en una crisis sanitaria global que atraviesa todas las edades, tal como lo subraya la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Se trata de la nueva epidemia del siglo XXI. Se duplicó en adultos y se cuadruplicó en adolescentes desde 1990 y hoy afecta a más de 1.000 millones de personas en el mundo. La explicación, detalla la OMS, surge de una conjunción de factores genéticos, neurobiológicos y socioculturales que dan lugar a entornos cada vez más obesogénicos y reducen las expectativas de longevidad saludable.
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En la última década, la innovación científica puso en el centro de las soluciones contra la obesidad al grupo de fármacos llamados agonistas del receptor GLP-1, medicamentos inyectables que ayudan a reducir los niveles de azúcar en la sangre y a perder peso, a partir de imitar a esta hormona natural (GLP-1) que produce el organismo e impacta directamente en la saciedad del paciente.
Entre las inyecciones de aplicación semanal, alternativas que requieren prescripción y pueden ser autoadministradas, la molécula tirzepatida se destaca por su acción dual, dirigida tanto a la reducción de peso como al control de enfermedades crónicas asociadas. Este avance redefine las estrategias de intervención y apunta a resultados sostenibles en el tiempo para la salud cardiometabólica.
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Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) han apuntado que estos medicamentos “facilitan cambios en los hábitos alimentarios y aportan beneficios en la calidad de vida más allá de la pérdida de peso”.
Bajo esta idea, la acción de tirzepatida no se concibe en soledad. Así lo explicó la doctora Florencia Leinado, médica de familia y deportóloga, en diálogo con Infobae: “Lo importante en un programa de descenso de peso es no solamente perder peso, sino perder grasa visceral manteniendo la masa muscular, porque cualquier cosa que haga perdernos masa muscular implica empeorar nuestra longevidad”.
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Así las cosas, a juicio de Leinado, “es fundamental el seguimiento médico y el cambio de hábitos”.
La experta explicó: “El éxito se define principalmente al ver que en el descenso de peso vamos perdiendo grasa visceral. Eso lo podemos medir mediante balanzas que nos permiten evaluar composición corporal. Hay que hacer un entrenamiento para mantener la fuerza, y eso lo medimos con un dinamómetro, porque a veces hay un poco de pérdida de masa muscular, que no es de músculo en sí, sino del glucógeno. Es como que el músculo está grasoso, por así decirlo, y vamos perdiendo esa grasa muscular. Lo que principalmente tenemos que ver es la pérdida de grasa abdominal".
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Leinado advirtió que los fármacos GLP-1 deben usarse como una herramienta dentro de un plan médico y no como un método aislado para bajar de peso. Según explicó, estos tratamientos pueden impulsar cambios de hábitos como empezar a entrenar, pero requieren control profesional y una alimentación adecuada.
“Vamos a ver principalmente lo que son los biomarcadores que usamos en longevidad, que tienen que ver con los análisis de sangre. Empiezan a disminuir marcadores inflamatorios: proteína C reactiva, insulina, hemoglobina glicosilada, principalmente. Son marcadores que nos están diciendo que vamos en el buen camino, que vamos bajando inflamación más allá de la bajada de peso. Bajamos peso, pero ganamos en salud”.
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Al describir lo que ocurre tras abandonar el medicamento, sostuvo: “Se vio que el 70% de la gente que deja de consumir los GLP-1 vuelve al mismo peso, pero una composición todavía peor, ganando en masa muscular y perdiendo grasa". En ese marco, remarcó que el enfoque debe ser integral, con seguimiento médico y una dieta “basada en comidas saludables sin ultraprocesados”.
La importancia de la dieta cetogénica
Justamente en lo que respecta al uso de este fármaco y la alimentación, un estudio citado en los NIH sostuvo que “la evidencia preliminar sugiere que un tratamiento de 12 semanas con tirzepatida más terapia cetogénica baja en calorías es más eficaz que su combinación con una dieta baja en calorías para preservar la masa libre de grasa, la fuerza muscular y la tasa metabólica basal en pacientes con obesidad”.
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En ese sentido, Leinado precisó: “La mejor estrategia para mantener una buena salud es utilizar los GLP-1 con una dieta cetogénica. No solo hacer hincapié en la composición corporal, sino también en la fuerza. Cuando hablamos de dieta cetogénica, hablamos de un consumo de proteínas normales, no una dieta hiperproteica que puede lastimar el riñón. Evitar siempre la deshidratación y fundamentalmente consumir grasas saludables para generar cetonas. Por eso hablamos de dietas cetogénicas, que son las que evitan la pérdida de masa muscular".
“Lo importante es mantener una dieta donde mantengamos un buen consumo de proteína, un aumento en la cantidad de grasas saludables para generar cetonas, porque realmente la dieta cetogénica es lo que preserva la masa muscular. Y junto con esto también tener en cuenta que debemos realizar siempre un seguimiento médico”, dijo la experta.
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Y añadió: “Lamentablemente, muchas de estas medicaciones los pacientes las utilizan por su cuenta y ahí es donde viene el problema, porque gran parte de la pérdida que tienen es de músculo y no pueden controlar muchas veces los efectos adversos que hay que ir siguiendo con esta medicación".
La dieta cetogénica busca que el cuerpo use grasa como principal combustible en lugar de glucosa, un cambio metabólico que, según Harvard Health, exige una restricción muy marcada de carbohidratos y una composición diaria de alimentos dominada por las grasas.
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En una dieta de 2.000 calorías, ese esquema equivale a 165 gramos de grasa, 40 gramos de carbohidratos y 75 gramos de proteína. Desde Harvard explican que la proporción exacta puede variar según las necesidades individuales, pero el principio general es el mismo: desplazar al organismo de su fuente habitual de energía.
Para lograrlo, el hígado debe producir cuerpos cetónicos a partir de la grasa almacenada. Ese proceso no es inmediato: por lo general hacen falta varios días para alcanzar la cetosis. La respuesta a qué se come dentro de este régimen parte de una regla simple: quienes lo siguen deben incluir grasas en cada comida. Entre las grasas insaturadas que se permiten figuran frutos secos como almendras y nueces, semillas, aguacates, tofu y aceite de oliva.
El mismo esquema también recomienda un consumo elevado de grasas saturadas. Entre esas fuentes aparecen aceites de palma y de coco, manteca de cerdo, mantequilla y manteca de cacao.
“Algo muy positivo que pasó especialmente en Estados Unidos, donde hay un gran uso de los GLP-1, es que realmente hubo un descenso en la cantidad de consumo de los ultraprocesados. La gente no tiene ganas de comer comida chatarra, pero lo importante es que cuando coma, coma bien y a conciencia”, dijo Leinado.

De acuerdo con la evidencia analizada por la experta, el método funcional de abordaje con tirzepatida, a diferencia del tradicional, busca mejorar la composición corporal y preservar el músculo, eliminando grasa tóxica para ayudar a la regeneración celular y fortalecer la reserva metabólica. La grasa visceral no constituye un problema estético únicamente: este tejido secreta citoquinas proinflamatorias que alimentan el oxi-inflammaging —un proceso de envejecimiento inflamatorio y oxidativo— y afectan el endotelio, las neuronas y las mitocondrias.
La tirzepatida, en este contexto, es señalada como un “reprogramador biológico”. A menudo se la asocia exclusivamente con la pérdida de peso, pero la realidad clínica, tal como subraya Leinado, es más compleja. Los pacientes tratados con tirzepatida conservaron una proporción saludable de masa magra, manteniendo su “órgano de longevidad” y mejorando su función física.
De todos modos, no existe una solución exclusiva ni milagrosa. El entrenamiento de fuerza y la actividad física forman parte fundamental del enfoque integral. Estos componentes, remarcó Leinado, no solo acompañan el tratamiento, sino que resultan esenciales para sostener los beneficios sobre la salud.
La obesidad deja una huella inmunológica que puede persistir
La obesidad dejó de ser, en la mirada de los especialistas, un problema reducido al peso corporal y pasó a ser una enfermedad crónica que tiende a reaparecer incluso después de tratamientos exitosos, porque el propio organismo activa mecanismos biológicos para recuperar kilos perdidos. Esa definición, planteada por la endocrinóloga Juliana Mociulsky y el especialista en ginecología Pablo Carpintero en diálogo con Infobae, reordena el debate sobre prevención, medicamentos y tiempo de tratamiento.

El cambio de enfoque también se apoya en resultados concretos de las terapias más nuevas. Carpintero señaló que el estudio SURMOUNT-1 con tirzepatida mostró reducciones de peso cercanas al 20% en 72 semanas, por encima de los datos previos de semaglutida en STEP-1, donde la baja promedio fue de 15% a 68 semanas.
Mociulsky, médica endocrinóloga, directora del Consultorio de Obesidad, Diabetes y Nutrición y codirectora de la Diplomatura de obesidad de la Sociedad Argentina de Diabetes, sostuvo que la enfermedad debe tratarse con una lógica de continuidad. “La obesidad es una enfermedad crónica y recidivante. Es probable que quienes bajen de peso vuelvan a ganarlo al suspender cualquier intervención, ya sea dieta, ejercicio o fármacos”, afirmó.
La especialista explicó que esa dificultad para sostener la baja de peso no responde solo a hábitos o voluntad individual. Según precisó, por mecanismos biológicos heredados desde la prehistoria, el cuerpo humano “no está preparado para bajar de peso” y, cuando detecta un déficit, pone en marcha respuestas metabólicas y hormonales que empujan a recuperar lo perdido.
Un cambio de paradigma en el tratamiento
Carpintero, especialista consultor en ginecología y referente en climaterio y menopausia, planteó que la expansión de la obesidad en adultos, niños y adolescentes, junto con la aparición de terapias como la tirzepatida y la semaglutida, está modificando tanto el abordaje médico como la comprensión de la enfermedad.

En ese marco, señaló que “los agonistas del receptor GLP-1 y, más recientemente, las terapias incretínicas duales como tirzepatida, representan un cambio de paradigma porque no actúan simplemente como supresores del apetito”. Su planteo apunta a que estos fármacos no se limitan a reducir el hambre, sino que corrigen mecanismos biológicos que sostienen la enfermedad.
Mociulsky coincidió en que los medicamentos disponibles para obesidad fueron concebidos para uso crónico. Añadió que en casos seleccionados podría evaluarse la suspensión si la persona logra mantener cambios de estilo de vida, entre ellos el aumento de masa muscular a través de actividad física regular.
La endocrinóloga remarcó además que los agonistas del GLP-1 mostraron en ensayos clínicos capacidad para reducir el impacto sanitario de la obesidad y disminuir la mortalidad cardiovascular. Según indicó, esa es la principal causa de muerte asociada a la enfermedad.
Uno de los puntos que Mociulsky destacó fue el efecto duradero de la obesidad sobre el organismo. Advirtió que la enfermedad instala una “huella inmunológica”, un fenómeno conocido como imprinting, que altera de forma persistente la respuesta inmune.

Para explicar esa marca biológica, citó lo observado durante la pandemia de COVID-19, cuando las personas con obesidad presentaron mayor riesgo frente a infecciones. La médica sostuvo que cuanto antes se trate la enfermedad, sobre todo en niños y adolescentes, menor será la posibilidad de que esa huella permanezca y condicione la salud a largo plazo.
Mociulsky afirmó que el objetivo del tratamiento no es solo perder peso, sino reducir el tiempo de exposición del cuerpo a ese estado patológico. “Lograr el mayor tiempo libre de enfermedad posible, es decir, la menor exposición al tejido adiposo enfermo, que es la principal noxa para la salud”, señaló.
El tejido que multiplica riesgos
Carpintero describió que el tejido adiposo, en especial el visceral, tiene un papel activo en el deterioro metabólico. “Altera la sensibilidad a la insulina, favorece la inflamación crónica de bajo grado y modifica el metabolismo de lípidos, glucosa y presión arterial”, dijo.
Esa acción se traduce, según su descripción, en una asociación directa con diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular, hígado graso, apnea del sueño, ciertos cánceres y deterioro de la calidad y de la expectativa de vida.

La médica endocrinóloga también subrayó la magnitud del problema al defender el uso de terapias farmacológicas con control profesional. Sostuvo que la relación entre riesgo y beneficio respalda su indicación médica, porque la obesidad “es una de las principales enfermedades pandémicas que impacta en más de doscientas complicaciones”.
Carpintero planteó que el escenario actual obliga a revisar la respuesta sanitaria frente a la obesidad. “Probablemente estamos frente a uno de los momentos más importantes y necesarios para intervenir sobre la obesidad”, afirmó.
Su advertencia no se limitó al plano clínico individual. El especialista sostuvo que, si no hay una acción integral, la carga sobre los sistemas sanitarios crecerá de manera exponencial por el aumento de comorbilidades y discapacidad.
Mociulsky agregó que la mejor forma de trasladar esta discusión a la sociedad es a través de la evidencia científica. Según indicó, los riesgos del tratamiento farmacológico son conocidos, controlables y tratables.
Características generales de tirzepatida

La tirzepatida es un fármaco desarrollado por Eli Lilly and Company bajo la marca Mounjaro e introducido en América Latina por Adium. Se aplica por vía subcutánea una vez por semana con una lapicera prellenada.
De acuerdo con MedlinePlus, portal de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, el medicamento contribuye a regular la glucosa sanguínea, tratar la apnea obstructiva del sueño y asistir en la pérdida de peso en pacientes con patologías relacionadas con la acumulación anormal o excesiva de grasa corporal.
El tratamiento requiere receta médica y debe acompañarse de un plan sostenido de alimentación y ejercicio. Está indicado para personas adultas con obesidad o sobrepeso con al menos una condición médica asociada, y para pacientes con diabetes tipo 2 que no logran un buen control glucémico con otros tratamientos.
Las dosis van de 2,5 mg a 15 mg y el aumento es gradual, según la tolerancia y la respuesta clínica. Su composición molecular incluye 39 aminoácidos y una fracción lipídica C20, lo que permite una vida media de administración extendida de alrededor de cinco días y dosis adaptables.
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