
En abril de 1973, un periodista le preguntó sin anestesia a Henri Charrière cuánto había de verdad en lo que escribía y cuánto era puro invento. Charrière tenía 66 años, sabía que el cáncer de garganta que le habían diagnosticado avanzaba sin solución y estaba en plena gira de presentación de su segunda novela, Banco. Papillon, publicada cuatro años antes, había sido un éxito global.
Ante la pregunta, Charrière no se inmutó. Dijo que todo lo que había escrito era verdad, que incluso había dejado afuera muchas cosas para no parecer exagerado: las historias de jóvenes obligados a prostituirse en las celdas, la corrupción, el terror cotidiano. Dijo también que lo que había contado era apenas una parte de todo lo que había vivido.
PUBLICIDAD
Tres meses después, Charrière estaba muerto. Y la pregunta que ese periodista le había hecho sin rodeos quedó flotando en el aire: ¿cuánto de todo lo que contaba la historia de Papillon era real?
De los bajos fondos de París a la cárcel tropical
Lo que está fehacientemente documentado empieza así: Henri Antonin Charrière nació el 16 de noviembre de 1906 en Saint-Étienne-de-Lugdarès, un pueblo del sur de Francia. Sus padres eran dos profesores de secundaria. Tuvo dos hermanas mayores. Quedó huérfano de madre a los once años. A los dieciséis se unió a la Armada francesa y pidió la baja dos años más tarde.
PUBLICIDAD
Después de eso, la huella de Henri Charrière lleva sin escalas a los bajos fondos de París: un mundo de proxenetas, prostitutas y delincuentes en el que se movió durante años. Ya se había tatuado una mariposa —papillon en francés— en el pecho que le servía para disimular su número de presidiario grabado debajo. Ese tatuaje le había dado el apodo con el que el mundo lo conocería décadas después.

En 1931 la Policía lo detuvo, acusado de matar a un proxeneta llamado Roland le Petit. Charrière negó la acusación hasta el final, pero no le sirvió de nada: en octubre de ese año lo condenaron a trabajos forzados a perpetuidad en la Guayana francesa. Tenía apenas 25 años y lo habían destinado a uno de los sistemas carcelarios más brutales que el Imperio francés había construido: una red de colonias penales en el trópico donde los presos se enfermaban y morían, a veces incluso de calor o por la desesperación del encierro, mucho antes de que se les terminara la condena.
PUBLICIDAD
Los años que cuenta “Papillon”
La primera parada de su periplo en prisión fue el Centro Penitenciario de Saint Laurent du Maroni, sobre el río que separa la Guayana francesa de Surinam. De ahí lo trasladaron a una de las Islas de la Salvación, un archipiélago a unos quince kilómetros de la costa donde también había estado detenido el capitán Alfred Dreyfus, condenado por espionaje en un caso cargado de antisemitismo, décadas antes. Y ahí, según el libro, empezaron las fugas: las aventuras de Papillon.
La primera, cuenta la historia, fue en 1933. Fingiendo una enfermedad, logró que lo internaran en el hospital colonial André-Bouron. Con la ayuda de un auxiliar de enfermería y junto a dos compañeros de la cárcel —Clousiot y André Maturette— escaparon en una embarcación pequeña. Navegaron a lo largo de la costa de Trinidad y Tobago hasta llegar a Riohacha, en Colombia. En el camino, los recibió y alojó una comunidad de personas con lepra que vivían aisladas de todo contacto con el mundo exterior.
PUBLICIDAD
El mal tiempo los dejó varados en la costa colombiana y allí los recapturaron. Charrière volvió a escapar poco después, caminó durante días y llegó a la región de La Guajira, donde una comunidad de pescadores lo albergó. Vivió allí varios meses.
Se casó, siempre según su relato, con dos jóvenes del lugar que se enamoraron de él. Era feliz. Pero algo dentro de él no toleraba la idea de quedarse quieto. Fue recapturado en Santa Marta y, tras una nueva fuga, volvieron a encontrarlo en Barranquilla, donde se reencontró con Clousiot y Maturette. Los tres fueron extraditados de vuelta a la Guayana Francesa en 1934.
PUBLICIDAD

El castigo por la fuga fue dos años de aislamiento en la isla de Saint-Joseph, apodada “La Devoradora de Hombres” por los presos. Se trataba de una celda donde la única luz llegaba desde lo alto, donde el silencio era obligatorio y donde los guardias castigaban cualquier infracción. Clousiot murió pocos días después de cumplir su condena. Maturette también fue destruido por ese encierro.
Charrière sobrevivió, y cuando salió del aislamiento lo transfirieron a la isla de Royale. Un informante hizo fracasar el siguiente intento de fuga. Charrière lo mató. La condena fue ocho años más de aislamiento. Cumplió apenas diecinueve meses: lo liberaron antes porque se tiró al mar en aguas repletas de tiburones para salvar de morir ahogada a la hijita de un jefe del penal.
PUBLICIDAD
Después fingió locura para que lo trasladaran al manicomio de la isla, donde la vigilancia era bastante más laxa. El plan fracasó antes de que pudiera alejarse. Entonces pidió algo que las autoridades coloniales consideraron hasta conveniente: que lo trasladaran a la Isla del Diablo.
La séptima ola
La Isla del Diablo era la más pequeña de las tres Islas de la Salvación y la más temida de todas las colonias penales francesas de ultramar. Los presos podían circular libremente por ella: los acantilados que caían al mar hacían inútil cualquier intento de fuga. Las corrientes eran imposibles. Nadie había escapado nunca.
PUBLICIDAD
Charrière pasó meses observando las olas desde el borde de los acantilados. Llegó a una conclusión: dentro de cada secuencia de olas, la séptima era siempre más grande y más fuerte, y al retirarse se alejaba de la costa con más potencia que las anteriores. Si alguien se arrojaba al agua en el momento exacto, esa ola podía empujarlo mar adentro, lejos de los acantilados, hacia donde las corrientes lo llevarían a tierra firme. Le puso un nombre a esa ola: Lissette, como la nena a la que había salvado de ahogarse.

Construyó dos bolsas con cocos y las tiró al agua. Quería ver qué pasaba en medio de esa marejada. Las vio flotar. Después, les sumó a esas bolsas el equivalente a su propio peso: también flotaban. Practicó cómo tirarlas al agua y convenció a un compañero, Sylvain, de ir con él. Se tiraron al agua desde los acantilados. Y flotaron.
PUBLICIDAD
Pasaron cuatro días y tres noches a la deriva en el mar. Sylvain, desesperado por llegar a una costa, abandonó su balsa demasiado pronto y fue devorado por las arenas movedizas cuando ya casi habían llegado a tierra. Charrière esperó. Cuando las olas lo depositaron en la orilla, estaba en el continente sudamericano.
Llegó a Venezuela pasando por la Guayana Británica. Lo volvieron a detener pero no había tratado de extradición con la Guayana Francesa. Lo liberaron el 18 de octubre de 1945 y decidió quedarse. Se casó de nuevo: esta vez con una venezolana llamada Rita Alcover.
Lo movía más la necesidad de estar en condiciones migratorias regulares que el amor, según él mismo reconocería después. Se naturalizó venezolano en 1956. Fundó en Caracas el restaurante Gran Café, que se convirtió en un punto ineludible de reunión de la bohemia local. Ahí, en las mesas de ese bar, empezó a escribir Papillon.
En 1967 prescribieron todas sus causas ante la justicia francesa. En 1969 publicó el libro. En 1970 el presidente Georges Pompidou lo indultó en un gesto más simbólico que jurídico: el crimen por el que lo habían condenado ya había prescripto tres años antes.
Un éxito que llegó al cine
Papillon se convirtió en un éxito inmediato. Se tradujo a decenas de idiomas. Las editoriales en todo el mundo pujaron por comprar los derechos y explotar ese best-seller. El libro era una denuncia del sistema penitenciario francés, pero también una historia de aventuras construida con la habilidad de alguien que sabe que tiene algo extraordinario para contar y sabe cómo contarlo.

En 1973, Franklin J. Schaffner la llevó al cine con Steve McQueen en el papel de Papillon y Dustin Hoffman como su compañero de presidio Louis Dega. La película multiplicó la fama del libro y consolidó el mito.
Charrière apenas llegó a verla. Murió en Madrid el 29 de julio de 1973. Fue enterrado en el cementerio de Lanas, en Ardèche, el mismo departamento del sur de Francia donde había nacido 66 años antes.
Charles Brunier y el misterioso tatuaje en el brazo
Durante más de treinta años nadie cuestionó nada. El mundo creyó la historia que contaba Papillon al pie de la letra. Hasta que en 2005 apareció Charles Brunier. Tenía 104 años. Era un ex convicto francés que había sobrevivido a las mismas colonias penales de la Guayana. Y mostraba, en su brazo izquierdo, el tatuaje de una mariposa. Brunier dijo que el verdadero Papillon era él: que Charrière había tomado su historia y la de otros presos para construir el libro, que la fuga más célebre no la había protagonizado Henri sino él.
Las declaraciones de Brunier obligaron a reabrir el expediente. Y lo que encontraron los investigadores complicó todo. Las autoridades penitenciarias francesas publicaron los registros oficiales de la colonia penal de la Isla del Diablo: el nombre de Henri Charrière no aparecía en ninguna parte. Según esos documentos, nunca había estado confinado ahí.
No era todo verdad, pero tampoco era todo mentira. Sí estaba documentado que Charrière había sido condenado a trabajos forzados y enviado a la Guayana. Eso existía. Lo que no podía verificarse era cuántas de las aventuras que relataba en su libro habían ocurrido realmente, cuáles les pertenecían a otros presos cuyas historias él había escuchado durante sus años de reclusión, y cuánto era producto de una imaginación prodigiosa al servicio de una historia imbatible.
El periodista Gérard de Villiers, que investigó el caso durante años, publicó sus conclusiones en un libro llamado Papillon Épinglé —Mariposa clavada—: estimó que apenas el diez por ciento de lo que Charrière relataba en su novela autobiográfica podía atribuírsele directamente. El resto era una mezcla de historias ajenas y de invención.
¿Cuánto de la historia de Papillon es verdad? La pregunta sigue abierta. Charrière se llevó las respuestas a su tumba el 29 de julio de 1973, hace exactamente 53 años. Quienes lo conocieron, aseguraron después que Henri creía en su propia historia, o que parecía no importarle la línea que diferenciaba lo que había sido su vida y lo que habían sido las aventuras de otros. Tal vez por eso dijo que todo lo que había escrito era verdad y que lo que había contado era apenas una parte de lo que había vivido. Se había apropiado de una historia de novela, y no la soltó hasta el final.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
“La tristeza durará para siempre”: el disparo en el trigo y los dos días de agonía de Vincent van Gogh junto a su hermano
El pintor neerlandés falleció a los 37 años tras dos días de agonía por una herida de bala en el pecho. Murió en la penuria, sosteniendo la mano de su hermano Theo, sin sospechar que su obra se convertiría en una de las más valiosas de la historia del arte mundial
A 45 años de la boda de Carlos y Diana: un vestido secreto, una revelación devastadora y 750 millones de personas frente a la TV
La ceremonia en la Catedral de San Pablo reunió a 3.500 invitados y fue seguida por multitudes en las calles de Londres. El millonario costo del festejo, los extravagantes regalos que recibieron los novios y la historia de un matrimonio que terminaría en infidelidades, separación y tragedia

De boxeador callejero a último rey del hampa de Los Ángeles: el final de Mickey Cohen, el mafioso que parecía tener siete vidas
Fue vendedor ambulante, boxeador, pistolero y socio del gánster Bugsy Siegel, a quien sucedió al frente de buena parte del hampa de Los Ángeles. Sobrevivió a atentados con explosivos, emboscadas y tiroteos mientras construía una organización criminal que convivió con las estrellas de Hollywood. Murió el 29 de julio de 1976, a los 62 años

Quién es Archie Goodburn, el nadador escocés con tres tumores cerebrales que llegó a una final de los Juegos de la Commonwealth
Con 25 años compitió en Glasgow pese a un diagnóstico de cáncer cerebral inoperable y terminó séptimo en los 50 metros pecho, un logro que lo llevó a las lágrimas y que usó para pedir más investigación sobre la enfermedad

Un motor con fallas, confusiones y 52 muertos: cómo fue el accidente que cambió las reglas de la aviación
Los pasajeros sobrevivieron al primer impacto en el agua tras un aterrizaje de emergencia, pero la falta de información derivó en decenas de ahogados


