
La hipertensión arterial, conocida comúnmente como “presión alta”, no es solo un número elevado en el tensiómetro. Se trata de una condición que, cuando no se controla, daña de manera progresiva el sistema circulatorio y aumenta de forma comprobada el riesgo de sufrir un infarto de miocardio, es decir, la muerte de una parte del músculo del corazón por falta de riego sanguíneo.
Según especialistas de Cleveland Clinic, controlar la presión arterial es una de las medidas más importantes para prevenir problemas cardíacos graves. El cardiólogo Luke Laffin, de ese centro médico estadounidense, advierte que millones de personas siguen expuestas a este riesgo, ya sea porque desconocen que tienen presión alta o porque subestiman sus efectos a largo plazo.
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Daño progresivo: cómo la presión alta afecta al corazón
La relación entre la hipertensión arterial y el infarto se produce por varios mecanismos. En primer lugar, la presión elevada daña las paredes internas de las arterias, que son los vasos encargados de llevar la sangre rica en oxígeno al corazón y al resto del cuerpo. Ese daño facilita que se acumulen grasas y colesterol en forma de depósitos, conocidos como placas.

Estas acumulaciones dificultan el paso de la sangre, lo que reduce el suministro de oxígeno al músculo cardíaco. Laffin explica que este proceso se denomina aterosclerosis y consiste en el endurecimiento y estrechamiento progresivo de las arterias del corazón.
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Si una de estas placas se rompe, el cuerpo intenta “reparar” el daño formando un coágulo. El problema aparece cuando ese coágulo bloquea por completo la arteria, impidiendo que la sangre llegue al corazón. En ese momento ocurre el infarto de miocardio.
Además, la hipertensión obliga al corazón a trabajar con más esfuerzo durante años. Para poder bombear la sangre contra una presión elevada, el músculo cardíaco se vuelve más grueso o más rígido, lo que puede debilitar su funcionamiento. En casos de aumentos bruscos de la presión, el corazón puede fallar de manera repentina, aumentando aún más el riesgo de un evento cardíaco.
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Cómo puede variar la presión durante un infarto
Un punto importante que suelen desconocer muchas personas es que la presión arterial no siempre se comporta igual durante un infarto. Laffin aclara que no existe un único patrón: la presión puede estar alta, baja o incluso dentro de valores considerados normales mientras ocurre el evento.

Esto depende de múltiples factores, como el motivo que desencadenó el infarto, el tipo de obstrucción en las arterias, la edad de la persona, si toma medicación, su estado general de salud y el nivel de estrés en ese momento.
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Por eso, confiar solo en el valor del tensiómetro no es suficiente para descartar un problema cardíaco si aparecen síntomas físicos preocupantes.
Por qué el control de la presión es clave para prevenir complicaciones
Mantener la presión arterial dentro de valores saludables no solo reduce el riesgo de infarto, sino también de accidentes cerebrovasculares, daño renal y deterioro cognitivo. La hipertensión es una de las enfermedades crónicas más frecuentes en el mundo y muchas veces no presenta síntomas claros durante años.
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Incluso con tratamiento, no todas las personas logran controlar sus valores. Un estudio citado por Cleveland Clinic señala que el 71% de los adultos con hipertensión que reciben medicación en Estados Unidos no consigue alcanzar niveles óptimos de presión arterial.
Las dificultades para el control pueden deberse a factores genéticos, otras enfermedades, efectos secundarios de los medicamentos o limitaciones en el acceso a controles médicos regulares.
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Cuándo consultar y cómo reducir el riesgo cardiovascular
Los especialistas coinciden en que es fundamental prestar atención a la aparición de síntomas nuevos, más allá de los valores habituales de presión. Laffin recomienda consultar de inmediato si se presentan señales como dolor en el pecho, falta de aire, mareos intensos, confusión, cambios en la visión, debilidad, palidez, vómitos, desmayos o convulsiones.

Si no hay síntomas, pero la presión se encuentra elevada, lo más adecuado es consultar con el médico de cabecera o el cardiólogo para ajustar el tratamiento, en lugar de acudir directamente a una guardia, salvo que se indique lo contrario.
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Para reducir el riesgo cardiovascular, los expertos destacan que incluso pequeños cambios en la rutina pueden tener un impacto significativo con el tiempo. Caminar de forma regular, reducir el consumo de sal, mantener un peso saludable y seguir correctamente la medicación indicada son medidas que ayudan a proteger el corazón y las arterias.
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