
“Un solo trago puede tener un impacto mucho mayor en la salud de los adultos mayores que en la de los jóvenes”, advierten expertos citados por The New York Times. A partir de los 65 años, el consumo de alcohol —incluso en cantidades consideradas moderadas— representa riesgos crecientes debido a los cambios fisiológicos propios del envejecimiento y a la interacción con enfermedades crónicas y medicamentos.
Esta advertencia adquiere especial relevancia en sociedades con poblaciones cada vez más envejecidas, donde la percepción de que “un poco no hace daño” puede resultar engañosa. El cuerpo humano experimenta transformaciones notables con la edad, lo que altera la manera en que el alcohol es procesado.
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Según Aaron White, asesor principal del Instituto Nacional sobre el Abuso de Alcohol y Alcoholismo, los adultos mayores presentan una menor masa muscular y retienen menos agua en los tejidos.
Esta combinación provoca que, ante la misma cantidad de alcohol, la concentración en sangre sea más alta que en personas jóvenes. Como resultado, se necesita menos cantidad para alcanzar la intoxicación, lo que incrementa el riesgo de caídas y lesiones graves.
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Efectos del alcohol en adultos mayores y riesgos para la salud
Los efectos del alcohol en adultos mayores no se limitan a la embriaguez. Sara Jo Nixon, directora del Centro de Investigación y Educación sobre Adicciones de la Universidad de Florida, señala que afecta prácticamente todos los órganos del cuerpo, incluidos músculos, vasos sanguíneos, sistema digestivo, corazón y cerebro.

En adultos mayores, donde ya existe cierto deterioro en estas áreas, el impacto se agrava. De hecho, investigaciones lideradas por Nixon han demostrado que las personas mayores muestran déficits en la memoria de trabajo con niveles de alcohol en sangre más bajos que los jóvenes. En simulaciones de conducción, algunos adultos mayores evidenciaron deterioro tras consumir menos de una bebida.
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El consumo de alcohol también se asocia a un mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas como demencia, diabetes, cáncer, hipertensión y patologías cardíacas. Aryn Phillips, profesora asistente de políticas de salud en la Universidad de Illinois Chicago, subraya que, para la mayoría de los adultos mayores que ya conviven con alguna de estas enfermedades, el alcohol puede empeorar su evolución y complicar el manejo clínico.
A estos riesgos se suman las interacciones peligrosas con medicamentos de uso frecuente en la vejez. Michael Wheeler, profesor de ciencias de la nutrición en la Universidad de East Carolina, advierte que mezclar alcohol con fármacos para la diabetes o la hipertensión puede reducir la eficacia de los tratamientos o provocar efectos adversos, como úlceras o arritmias.
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El consumo conjunto de benzodiacepinas y alcohol puede deprimir la respiración y potenciar el efecto sedante. Incluso medicamentos de venta libre, como la aspirina, pueden resultar problemáticos: en adultos mayores, dicha combinación eleva el riesgo de hemorragias gastrointestinales.
Muchos adultos mayores perciben que las resacas se vuelven más intensas con la edad. Aunque no existen pruebas científicas concluyentes sobre este fenómeno, Aaron White explica que el alcohol puede agravar síntomas propios del envejecimiento, como el sueño deficiente, lo que contribuye a la sensación de malestar tras beber.
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Recomendaciones de especialistas
Los expertos consultados por The New York Times coinciden en que no existe un consenso claro sobre una cantidad “segura” de alcohol para mayores de 65 años. Las investigaciones utilizan diferentes criterios para definir el consumo moderado, lo que dificulta establecer límites universales. Michael Wheeler reconoce la confusión que esto genera, incluso entre los especialistas.
A pesar de la falta de acuerdo, algunas recomendaciones se repiten. Sara Jo Nixon aconseja que los adultos mayores de 65 años no superen una bebida diaria ni más de siete a la semana. Por su parte, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) definen el consumo moderado para adultos como un máximo de dos bebidas al día para hombres y una para mujeres, sin especificar diferencias para los mayores.
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Todos los expertos insisten en la importancia de prestar atención a las señales del propio cuerpo y reducir o suspender el consumo si se perciben efectos físicos o cognitivos inusuales.

Aryn Phillips recomienda que quienes no beben actualmente no comiencen a hacerlo, y que quienes sí lo hacen sean sinceros con su médico sobre la cantidad y frecuencia, además de procurar ambientes seguros para evitar accidentes, ya que la tolerancia puede haber disminuido con el tiempo.
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La moderación y la vigilancia sobre los cambios en la respuesta al alcohol resultan esenciales en la vejez. Si bien la abstinencia no es la única opción, un envejecimiento saludable difícilmente se compatibiliza con la ingesta diaria de varias bebidas.
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