
"Entiendo que es un día difícil pero no se ponga nervioso, Tailhade", le dijo el jefe de Gabinete al diputado kirchnerista el miércoles pasado durante su informe mensual a esa Cámara, en clara alusión al estruendoso estallido público que ese día tuvo la investigación sobre corrupción en la obra pública basada en los ocho cuadernos del chofer de Roberto Baratta, la mano derecha del ex ministro Julio De Vido.
Al Gobierno el escándalo le calza como anillo al dedo, a saber:
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1. Porque desplaza del centro de la agenda pública el caso de los aportes truchos a la campaña de Cambiemos, que venía afectando la imagen del gobierno en general y de la gobernadora María Eugenia Vidal en particular.
2. Le quita algo de protagonismo a la crisis económica y social que está en curso desde fines de abril, y que ya comenzó a mostrar su peor cara en términos de caídas en el nivel de actividad, en el empleo y en el poder adquisitivo de los sectores populares.
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3. El caso le asesta un duro golpe al kirchnerismo justo cuando Cristina Fernández había comenzado a ser considerada como una competidora con chances para el 2019 y era la única que subía en las encuestas.
A esos fines, lo relevante no es si la denuncia es verdadera o falsa, sino que el tema se instale como verosímil, lo que sin lugar a duda está ocurriendo a partir de la acción de la justicia y de los principales medios.
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La dinámica de la política
El kirchnerismo adoptó una posición defensiva y negadora de manual. Dice que es una causa armada, señala la funcionalidad que tiene a favor del gobierno, y enfatiza la controvertida reputación del juez Claudio Bonadío.
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Pero no hay duda de que el kirchnerismo ha quedado herido por las esquirlas del estallido, y la herida agravará mucho si se consolidan las pruebas.
Con este nuevo caso sobre corrupción se verifica una vez más que la política es muy dinámica. Y se verifica por partida doble. Por un lado, porque está claro que ha cambiado el escenario. Pero por otro, porque las consecuencias del actual cambio de escenario son distintas a las que hubiera habido unos meses atrás.
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El freno para un kirchnerismo ascendente que hoy le resulta conveniente al Gobierno, no lo habría sido si el escándalo estallaba cuando la polarización con la ex presidente era un preciado activo para Cambiemos, al que algunos definían como la oposición de la oposición.
Esperan un favorable impacto en las expectativas
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En el Gobierno creen que el Gloriagate también le va a servir a la macroeconomía.
El razonamiento que se escuchó el último miércoles en un despacho ministerial es que un debilitamiento de Cristina y del kirchnerismo, en vistas a la elección del año que viene, despejaría los fantasmas que inversores locales y extranjeros tienen por la vuelta de lo que ellos llaman peyorativamente "populismo", y eso contribuiría a que se concreten proyectos en evaluación y a reabrir más rápidamente las fuentes de financiamiento.
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Mientras festejaban la noticia, el mismo miércoles a la mañana el Gobierno tuvo una clara muestra de que si bien la tormenta cambiaria parece haber pasado, el barco quedó maltrecho, con mucha agua en la bodega y con nubes en el horizonte.
Esa mañana el Ministerio de Hacienda anunció una rebaja en el monto de las subasta de dólares prestados por el Fondo Monetario Internacional que venía ofreciendo diariamente a través del Banco Central, lo que según el comunicado oficial "obedecía a que el Tesoro había disminuido su necesidad de pesos para cubrir el déficit".
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El anuncio de que esa oferta diaria pasaba de 100 a 75 millones de dólares esta semana, y a USD 50 millones a partir del lunes próximo, hizo que en forma instantánea el dólar pegara un salto en las pantallas de los operadores.
El barco sigue flotando pero cualquier ola más o menos brusca lo zarandea.
En el Gobierno están convencidos de que la tormenta quedó atrás, y ponen como evidencia que luego de siete meses consecutivos de fuerte aumento, en julio el dólar cayera un 5 por ciento.
Medidas duras para las familias y empresas
Claro que eso se logró con un cocktail de medidas que tiene enormes costos colaterales. La devaluación, el préstamo con ajuste convenido con el Fondo, el fortísimo torniquete monetario con suba de encajes y tasas de interés por las nubes, parece haber logrado anclar el tipo de cambio alrededor de los $28, pero al precio de una marcada recesión, de destrucción de puestos de trabajo y de caída en el poder de compra de las familias.
Cualquier fuente del Gobierno consultada reconoce que el segundo y el tercer trimestre van a ser muy malos, y tienen alguna esperanza de que la actividad se estabilice hacia fin de año, para cerrar el 2018 con una variación anual del PBI levemente negativa.
Las expectativas para el 2019 son muy moderadas. Están definiendo si el Presupuesto va a proyectar un crecimiento del 1,9 o del 2 por ciento, superior al 1,5% previsto en el acuerdo con el Fondo.
Además de pequeña, esa previsión toma en cuenta que la actividad agropecuaria va a aportar, luego de la sequía pasada, alrededor de un punto porcentual, que no es poca cosa en términos del Producto Bruto Interno, que es fundamental como abastecedora de divisas, pero que no es muy dinamizadora en materia de empleo.
En cuanto al sector externo prevén que el combo de la devaluación junto con el nivel anémico de la actividad productiva frenará las importaciones, y que habrá un salto exportador impulsado por el dólar más alto y por el efecto de Vaca Muerta, tanto por la exportación de gas en verano como por la sustitución de importaciones en general.
Es obvio que el gasto público va a ser contractivo. Ningún funcionario lo niega. Pero se muestran confiados en que el gasto privado va a ser expansivo. Argumentan que el descenso de la inflación, cierto atraso en el dólar y alguna recuperación del crédito, van a permitir que la masa salarial recupere parte de lo perdido este año.
Es lo que creen y esperan. Habrá que ver si esta vez aciertan o si los pronósticos vuelven a fallar.
Y son bastante optimistas en relación a la inversión privada. Entre otras cosas, porque asumen y desean que el Gloriagate los va a ayudar, que va a sacar de la cancha al kirchnerismo, que el partido a disputarse será entre ellos y lo que llaman el "peronismo racional", y que eso agitará los animal spirits inversores de los empresarios.
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