
Lo reconoció. Imposible no saber quién era él. Estaban cara a cara, como tantas otras veces durante años. Con sus uñas desesperadas le arrancó muestras de piel. Luchó, arañó, empujó y forcejeó hasta que perdió la batalla. Los últimos minutos de la vida de Leslie Preer fueron esos instantes agónicos. Ya no podía respirar. Moriría.
Ese miércoles 2 de mayo del año 2001, cuando Leslie de 49 años fue encontrada muerta por la policía en su propia casa de dos pisos, le faltaban ocho días para festejar sus 50 años. Minutos antes de ser hallada, a las 11.35, habían llegado a la vivienda su marido, Carl “Sandy” Preer, y el jefe de Leslie en la empresa de publicidad Specialties Inc, Brett Reidy. Reidy había llamado preocupado a Carl por la inusual ausencia de Leslie en la oficina y ni siquiera respondía el teléfono. Carl, que había dejado a su esposa en perfectas condiciones a las 7.25, intentó contactarla. No tuvo suerte. Finalmente, los dos se pusieron de acuerdo en encontrarse en la casa de los Preer, en el número 4824 de la avenida Drummond, en Chevy Chase, Montgomery, en los Estados Unidos.
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Al llegar se saludaron en el porche y Carl abrió con su llave. Apenas entraron, notaron decenas de salpicaduras en las paredes del hall de ingreso. Eran de color óxido, más marrones que rojas. Avanzaron hacia la cocina donde vieron más manchas que parecían sangre seca, la mesa volcada y la alfombra corrida de lugar. Carl comenzó a llamar a Leslie a los gritos. Le respondió un silencio perturbador. Mientras, Reidy marcó al 911. Eran exactamente las 11.47 cuando emergencias tomó la llamada. El operador les pidió que salieran de la casa, que no tocaran nada.
Brett salió de inmediato; Carl, en estado de shock, optó por quedarse en la cocina desde donde llamó a un par de hospitales. Pensó que su mujer podría haberse lastimado y haber precisado ayuda médica. Nadie sabía nada de una tal Leslie Preer. Enseguida, Carl notó que el auto de Leslie estaba en la propiedad. No podía ser. En minutos llegó la policía. Fueron ellos los que subieron al primer piso de la residencia. No demoraron en verla: Leslie estaba muerta en el baño de la suite principal. Su cuerpo se encontraba boca abajo, con las piernas semiflexionadas sobresaliendo del cubículo de la ducha. Parecía tener golpes en la cabeza. ¿Se había golpeado sola? ¿O, era la casa el escenario de un crimen?
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La voz del ADN
Carl era el último que había visto a la víctima. También era quien la había hallado. Se convirtió de inmediato en el principal sospechoso del homicidio. Los detectives supieron pronto que el matrimonio no andaba bien y que Leslie era alcohólica. Lo dijo el mismo Carl en su declaración policial: “Leslie era un amor absoluto, una belleza, cuando no bebía, pero bebía mucho. Y, con toda honestidad, esa es una de las razones por las que yo solía llegar muy tarde a casa… Se estaba volviendo difícil de lidiar”. De la noche previa al crimen, Carl dio un resumen tan detallado de lo que había hecho que llamó la atención de todos: había visitado un basural para tirar equipos informáticos antiguos y, luego, había recorrido tres locales en busca de un cargador de batería y de unas piezas para una cámara. Eso hizo que llegara a su casa a eso de las 21. Entró, saludó a Leslie con un beso y se fue a dormir sin comer porque estaba cansadísimo.
A los detectives les pareció que Carl estaba intentando construir una coartada. Lo sometieron a un test con el polígrafo y ¡falló! Era el sospechoso número uno.
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Mientras esto sucedía con el viudo, el cuerpo de su mujer había sido trasladado en helicóptero hasta el sitio donde le realizaron la autopsia. En la escena, los peritos buscaban rastros: sangre que no fuera de Leslie, huellas digitales, pelos, cualquier cosa que hablara de lo sucedido. Cuando rociaron todo con el compuesto químico luminol, una sustancia que reacciona frente al hierro que contiene la sangre aunque se la haya limpiado, se iluminaron paredes, pisos, marcos de puertas, zócalos, muebles y las bachas de la cocina y del baño de la suite. La presencia hemática se había vuelto evidente.
Los detectives elaboraron una hipótesis: el asesino la había golpeado en la planta baja y, luego, había subido el cuerpo para ponerlo debajo de la ducha y así poder borrar huellas. Meticuloso, el atacante también había pasado el trapo por el piso del hall de entrada y en la cocina.
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En la morgue los forenses analizaron a fondo el cadáver. Era obvio que esa mujer había luchado porque había material genético debajo de sus uñas.
En esos tiempos, los resultados de ADN demoraban unos 60 días. El resultado del análisis redujo la angustia de Carl y lo quitó del primer lugar de la lista de sospechosos: el ADN no era suyo, pertenecía a un hombre desconocido. Aun así los detectives no lo descartaron del todo y lo siguieron mirando con cierta desconfianza.
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La autopsia demostró que la víctima fue golpeada en la cabeza unas siete veces en la nuca y en la frente, tenía heridas defensivas y había sido rematada por ahorcamiento manual.

Una lista con posibles asesinos
Las autoridades le pidieron a Carl que elaborara, con paciencia y precisión, una lista que incluyera a todos los hombres que habían interactuado, a lo largo de la vida, con su esposa. Familiares, amigos, colegas, compañeros ocasionales de trabajo, amigos de su hija, vecinos, conocidos. No lo supieron entonces, pero en la lista confeccionada por su marido, estaba el criminal. Pasaría muchísimo tiempo hasta que repararan en él.
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Las declaraciones de los vecinos corroboraron lo que Carl había dicho. Meg Bloom dijo que a las 7.25, antes de subirse con su hija a su auto, había visto a Carl Preer salir de su casa y lo había escuchado despedirse de Leslie, aunque no había podido escuchar la respuesta de ella. Mary Lewis, quien pasó esa mañana en el jardín cuidando a unos niños, aseguró no haber oído nada, ni gritos ni ruidos extraños provenientes de la casa de los Preer.
La policía pidió a varios hombres de esa lista una muestra de ADN para cotejar con el que tenían. Negativo. También buscaron, en las bases de datos, a sujetos violentos que pudieran vivir en la zona y compararon sus ADN. Otra vez, negativo.
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Pasaron los meses, los años, las décadas.
El caso seguía abierto, pero sin novedades. Al punto que Carl y su hija Lauren perdieron la esperanza de encontrar al asesino y dilucidar el móvil del crimen.
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En junio de 2017, Carl murió por un shock séptico, sin haber sido totalmente exonerado de las oscuras sospechas que muchos mantenían sobre él. Con el caso irresuelto, Carl seguía de alguna manera en la mira.
Tenía 66 años y el corazón roto por tanta injusticia.

La traición de la botella de agua
El desarrollo de la ciencia de la genealogía genética fue vital para reexaminar este caso abierto. La oportunidad llegó en el 2022. El 1 de septiembre de ese año, Donna Fenton, de la fiscalía del condado de Montgomery, le pidió a la jueza autorización para hacer un estudio profundo de las muestras recolectadas en el 2001. Habían pasado más de 21 años y quería someterlas a los nuevos análisis disponibles con lo que se pueden reconstruir árboles familiares genealógicos. El ADN hallado bajo las uñas de Leslie podía dirigir a los investigadores hasta algún pariente del asesino desconocido y, así, tener un hilo del que tirar para atraparlo.
La jueza autorizó y se enviaron las muestras al laboratorio Othram que generó un perfil de ADN de alta resolución. Eso fue lo que usaron las detectives de casos sin resolver, Tara Augustin y Alyson Dupouy, para comenzar, con infinita paciencia, el armado de los árboles familiares. Esas células NN llevaron a Augustin hasta un pariente lejano en Rumania de apellido Gligor.
El martes 4 de junio de 2024 se pusieron a revisar las fichas del caso y ¡bingo! Ahí, en la lista que había hecho en su momento Carl Preer, figuraba Eugene Gligor. El joven había sido novio de larga data de Lauren, la única hija de la pareja. Este hombre había sido entrevistado cuando fue el caso, pero nadie sospechó ni siquiera mínimamente de él. Ahora, lo tenían. Habían pasado, entre el día del crimen y el haber dilucidado el nombre del homicida de Leslie, ocho mil cuatrocientos treinta y cinco días. Solicitaron la orden de arresto.
Para corroborar sus sospechas precisaban el ADN de este hombre. No podían pedirle una muestra con orden judicial porque no tenían “causa probable suficiente” y él podía negarse a darla. Por otro lado, lo alertarían de que estaba bajo sospecha y él podría buscar un abogado para montar su estrategia defensiva. Querían golpear primero, no perder la oportunidad de sorprenderlo. Querían obtener su perfil sin que lo supiera y para ello montaron guardias. Lo siguieron de cerca. El 9 de junio, en el aeropuerto de Dulles, se dio la oportunidad que esperaban: Gligor arrojó a la basura una botella de agua que venía tomando. Legalmente, si alguien descarta algo, se considera que es un objeto abandonado y que puede ser recogido sin consentimiento. Rescataron el envase con todas las precauciones del caso y lo enviaron a analizar.
El resultado estuvo listo cinco días más tarde: match total. Gligor era el asesino de Leslie.
El 15 de junio de 2024, Eugene Gligor, 44 años, fue detenido en la puerta de su propio edificio de departamentos en U Street, un barrio cool lleno de restaurantes y bares, en la ciudad de Washington. Estaba sentado en la escalera de la entrada, con un café entre sus manos y mirando su celular cuando llegaron los policías.
Tres días más tarde fue acusado por el asesinato en primer grado de Leslie Preer y solicitaron su extradición al estado donde ocurrieron los hechos. Nada de libertad condicional, ya había estado libre por demasiado tiempo.
Lauren fue la primera en ser informada de que tenían al homicida. Al escuchar el nombre, gritó desolada: “Noooooo, noooo”.
El 18 de junio fue interrogado por las dos mujeres detectives que ayudaron a resolver el caso Augustin y Dupouy. Ellas lo sorprenden al revelarle, él no tenía la menor idea, cómo habían llegado hasta él: la botella de agua que había tomado en el aeropuerto.

Ausente en el funeral
Eugene Gligor (nacido el 11 de septiembre de 1979) había sido novio de Lauren Preer (nacida en 1977) durante un lustro. Se conocieron siendo adolescentes. Ambos habían crecido en el mismo barrio y habían cursado la secundaria en el mismo colegio Bethesda-Chevy Chase. Compartían amigos, salidas y familias. Gligor decía, por esos años, que deseaba ser ingeniero en sistemas. Visitaba la casa de los Preer cada semana y sus “suegros” lo adoptaron como a un hijo. Carl Preer hacía asados, Leslie cocinaba pastas e, incluso, lo llevaron de veraneo a la playa varias veces. A veces jugaban todos a cartas o juegos de mesa.
En la familia de Eugene Gligor eran cuatro: su hermano mayor Stefan y sus padres. El padre, Virgil Gligor, había nacido en Rumania, era profesor de seguridad informática en la Universidad de Maryland y también dueño de una consultora en ciberseguridad. Judith Graves, la madre, tenía un puesto ejecutivo en el World Bank.
En ese tiempo de noviazgo, Lauren fue testigo involuntario del divorcio de los padres de su novio: Virgil le recriminaba a Judith haber tolerado a su hijo menor hurtos, el abuso de drogas y que les birlara dinero sin permiso. Para Virgil ser tan permisivo era algo inaceptable. De hecho, Eugene terminó siendo expulsado del colegio el mismo año en que sus padres se divorciaron. Muchos justificaron su conducta y su consumo excesivo de alcohol y drogas por ese trauma familiar.
Cuando comenzaron la facultad ambos inevitablemente se alejaron y la relación se enfrió. En 1997, cuando cursaban segundo año en la universidad, Lauren lo citó en un bar llamado Madam’s Organ, en el noroeste de Washington y le comunicó lo que tenía pensado: “Somos demasiado jóvenes. Tenemos que poder ver qué más hay en el camino”. Gligor lo entendió, estuvo de acuerdo. Terminaron en buenos términos y siguieron la vida por separado. Lauren siguió viviendo relativamente cerca de sus padres y hablando con su madre cada mañana.
Habían sido muy unidos, sin embargo, cuando ocurrió el crimen cuatro años después, Gligor no asistió al funeral de su exsuegra. Estuvieron todos los compañeros del secundario de Lauren y amigos, menos él.
Lo curioso es que, ese mismo día, Gligor se había subido a su auto y había manejado hacia Portland, en Oregon, con la excusa de visitar a un amigo. Ese amigo recuerda que le llamó mucho la atención la visita inesperada de Gligor, él pensaba que tendría que haber ido al entierro de la madre de su ex. Pero terminó suponiendo que, a lo mejor, estaba demasiado impresionado.
Quienes conocieron a Gligor lo describieron como un joven serio y de actitud tranquila. Ninguno lo creyó capaz de cometer un crimen. Jordan Weiers, quien trabajaba con él en una inmobiliaria desde 2018, aseguró: “Imposible de creer. ¿Eugene? No podía imaginarlo ni lastimando a una mosca”.

Alertas inadvertidas
La detención permitió conocer más cosas sobre él: luego del homicidio había sido detenido por manejar alcoholizado, por robos menores y por posesión de armas. Como nada había sido de gravedad, su ADN no integraba las bases de datos policiales.
Hubo un detalle nada menor que todos desconocían hasta la detención, salvo Lauren: un episodio del año 1995 que no había quedado asentado en ninguna ficha, solo en la memoria de su ex novia. Una noche fue llevado a una dependencia policial para ser interrogado por ser parecido a la descripción que había hecho una mujer atacada en una bicisenda. El lugar de la agresión quedaba muy cerca de la casa de Gligor y en el camino hasta la casa de Lauren. Además, él coincidía con los rasgos que esa víctima había dado. Lauren fue con una amiga a buscarlo a la comisaría. Le dijeron a los agentes que era una acusación descabellada, que estaban confundidos. Hasta les mostraron fotos de otros compañeros de colegio parecidos a Gligor y que encajaban con ese supuesto atacante. Convencieron a todos y los tres se fueron a su casa. Nada quedó registrado. Hoy Lauren cree que la agresión puede haber sido cierta.
Hubo algo más que la policía había pasado por alto. El 30 de enero de 2002, un viejo vecino de Gligor sugirió a los detectives del caso Preer que ese joven podría estar ligado al crimen, pero no brindó pruebas ni desplegó motivos para justificar la sospecha. Nadie prestó atención.
Eugene Gligor continuó viviendo sin mayores contratiempos. Se trasladó a Nueva York donde consiguió trabajo en el mundo culinario. Se casó con una joven llamada Jane Beth Brockman de la que se divorció a comienzos del año 2015. Volvió a casarse y con su nueva pareja se instalaron en Washington, donde tenían una vida social intensa, regada con excesos de alcohol. Tanto que en algún momento Gligor se internó voluntariamente para desintoxicarse. Justo antes de su arresto, Gligor y su novia habían estado de vacaciones por Europa.
En todos esos años que siguieron al crimen de su madre, Lauren se encontró tres veces de manera accidental con su ex. La primera vez fue luego de la muerte de Leslie. Lauren le contó lo ocurrido y él opinó poco, solo dijo que lo sentía mucho.
Antes de morir en 2017, Carl Preer le advirtió a Lauren lo que él pensaba de Gligor: que era un tipo extraño, muy oscuro, y le insistió que no confiara en su aparente calma. Lauren no le dio mayor importancia a las sospechas, su padre parecía obsesionado.
En 2019, Lauren volvió a toparse con Gligor, pero no hablaron de Leslie.
En 2021, la segunda esposa de Gligor solicitó una perimetral contra él. Lo acusó de conducta imprevisible: sostuvo que le arrojaba objetos peligrosos y que daba puñetazos a las paredes. La justicia fue ciega y sorda y alegó que no había razones para creer que hubiera abuso. En esas semanas, Lauren recibió un mensaje de Stefan Gligor, el hermano mayor de su ex: decía que temía ser lastimado por él. Lauren se asustó tanto que decidió no responder el mensaje.
En 2023, en un restaurante, Lauren y Gligor se vieron por tercera vez: “Hablé con él. Siempre me pareció un tipo normal. ¡Como alguien que cometió un crimen así puede actuar de esa manera y mirarte a los ojos! Es casi irreal (...) Nunca en estos años pensé que alguien cercano a nosotros podría haber lastimado a mi mamá”, reveló luego de conocer la verdad.

Crimen con castigo
La noticia de su detención conmocionó profundamente a Lauren y la dejó con un sabor amargo. Al fin de cuentas, ella había sido quien llevó a Gligor a su casa.
En mayo de 2025 Gligor se declaró culpable de asesinato en segundo grado, sin premeditación. De esa manera evitó el juicio por jurados donde su condena podría haber sido más severa.
Durante la audiencia de sentencia se expuso el video de su interrogatorio donde se lo ve hablar sin derramar lágrimas. Frío, desalmado, calculador y egocéntrico. Cuando la policía se lo hace notar, él se defiende diciendo que no llora porque está deshidratado y muy cansado.
La fiscalía realizó la reconstrucción y pidió 30 años de cárcel. Demostró que Gligor golpeó la cabeza de su ex suegra repetidamente contra el piso del hall de recepción de la casa. Lo realizó con una violencia salvaje, sus heridas calzaban a la perfección con el zócalo de madera. Como ella no murió con los golpes y seguía respirando, el acusado optó por ahorcarla con sus manos apretando su cuello, lo que produjo tremendas hemorragias en sus ojos. Luego, arrastró el cuerpo ensangrentado escaleras arriba y lo colocó en la ducha. Abrió el agua caliente y la dejó correr para eliminar rastros. El agua estaba hirviendo y quemó la piel de la víctima en varios sitios. Acto seguido, pasó el trapo por el piso del ingreso de la casa y salió por la puerta de atrás.
Lo que no se pudo dilucidar fue el móvil del crimen. Gligor no quiso revelarlo. Calló y sometió a Lauren, una vez más, a la tortura de no saber.
Los abogados defensores del acusado intentaron una estrategia: su cliente había pasado una infancia traumática, había experimentado un blackout (laguna de memoria por el consumo de sustancias) en el momento clave y se explayaron en su posterior buen comportamiento dando clases de yoga en prisión. Cuando le tocó el turno para hablar, Gligor pidió perdón, se excusó diciendo que la noche anterior al asesinato había consumido enormes cantidades de alcohol y cocaína, que eso le había provocado el brote violento. Dijo: “Recuerdo vagamente salir de la casa de los Preer por la mañana; el resto es una nebulosa”.
El 28 de agosto el juez dictó sentencia: 22 años tras los barrotes. Sostuvo que el asesinato había sido brutal, con ensañamiento, y que había intentado encubrirlo.
Respecto del móvil, la teoría sostiene que Gligor pudo haber entrado a robar, pensando que no habría nadie, y que fue sorprendido por su ex suegra que lo reconoció. También hubo hipótesis más complejas, sin mucho asidero, que deslizaron que Gligor podía tener una especie de obsesión sexual con Leslie.
El convicto podría quedar libre al cumplir 16 años de prisión efectiva, en 2040.
Lauren, desde la violenta muerte de su madre, ha vivido consumida por el miedo. Después del homicidio, logró terminar sus estudios universitarios en la Universidad Marymount y en la Savannah College of Art and Design. En el año 2000 entró a trabajar como ejecutiva de ventas en las tiendas Nordstrom. Desde entonces su ascenso laboral no se detuvo y hoy es directora de eventos y banquetes para una firma importante de Virginia.
Se casó y se divorció en 2010. Desde entonces tuvo dos parejas más: siete años con Shawn Masset y dos más con Alex Rolnick. No tuvo hijos y cuida de sus dos gatos. Es madrina de Bella, la hija de su amiga Lisa Wood. En su cuarto de huéspedes de su casa en Fairfax, Virginia, tiene varias fotos de su padre. Les habla cada vez que se siente sola: “Me hubiese gustado papá que estuvieras aquí, gracias por ser un padre tan maravilloso, y ¡siento tanto que no hayas podido ver que se hizo justicia!”. A pesar de su éxito profesional, entre las cuatro paredes de su casa las cosas no son simples.
Tras el crimen pasó mucho tiempo sin poder ducharse sola. Las cortinas de los baños donde vive deben ser siempre transparentes y, cuando llega a cualquier sitio, tiene la urgencia de revisar todo para sentirse segura. El temor es una constante emocional. Desde mayo del año 2001 Lauren Preer (49) duerme cada noche de su vida con una pistola bajo la almohada: una Taurus 9 mm. Y, en su cartera, lleva siempre un tubo con gas pimienta. No quiere que le pase como a su madre, que la muerte venga por ella y la encuentre desarmada.
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