Gabriel Rolón: “Alguien que sabe estar bien solo genera mucho miedo porque es menos manejable”

En La Fórmula Podcast, el psicoanalista Gabriel Rolón puso el foco en la soledad como una experiencia inevitable de la condición humana. Además, cuestionó los mandatos culturales que la estigmatizan y planteó la necesidad de aprender a habitarla sin miedo, como un espacio clave para el deseo y el vínculo con uno mismo. La distinción entre estar solo y no tener pareja

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La soledad es abordada como una experiencia compleja y natural en el análisis de Gabriel Rolón

En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón reflexionó sobre la soledad a partir de su libro más reciente que lleva el mismo nombre y explicó el origen de la obra. Señaló que la idea surgió por una sugerencia de su esposa, Cintia, y que eligió explorar el tema desde una experiencia personal: la muerte de su padre y la profunda soledad que dejó esa pérdida.

Rolón definió la soledad como una vivencia compleja, que puede ser dolorosa o necesaria, y diferenció entre la soledad “en minúscula”, asociada a la ausencia de otros, y la soledad existencial, propia de la condición humana. Durante la charla, también analizó los mandatos culturales que estigmatizan estar solo, incluso en relaciones amorosas, y sostuvo que un buen amor no busca completar al otro, sino compartir dos soledades capaces de convivir. Destacó la importancia de aprender a estar bien con uno mismo, de respetar los tiempos de introspección propios y la soledad ajena.

Este episodio, el segundo de la serie, invita a pensar la soledad como un encuentro con uno mismo, un espacio de escucha, memoria y descubrimiento interior. El capítulo completo está disponible en Spotify y YouTube.

El libro de Gabriel Rolón
El libro de Gabriel Rolón distingue entre la soledad existencial y la ausencia de pareja (Imagen Ilustrativa Infobae)

—El episodio que hoy quería hacer con vos tiene que ver con La soledad, el último libro que sacaste, con este miedo que nos provoca a veces quedarnos con nosotros mismos. Si te parece, contame, ¿qué te lleva a escribir el libro?

—Ese libro me surgió por una idea de mi mujer. Cintia es mi primera editora. Me medita desde antes de que esté escrito, porque empiezo con ella a trabajar las ideas. Yo escribo de un modo particular, que es que el 80 por ciento del tiempo de escritura yo no escribo nada, simplemente estoy pensando. Cintia, que me acompaña mucho en esas charlas, en esas conversaciones y en todos mis libros. Un día me dijo, después de publicar La felicidad: “¿Vos te diste cuenta que todos tus libros están recorridos por la soledad? Siempre hay algún momento en tus libros donde la soledad es protagonista por un ratito. Me parece que es hora de que le dediques un libro entero, que pienses en ese tema de lleno”.

Y yo dije: “Lo que pasa que justamente como apareció en tantos, no sé… Lo voy a hacer, de última, si me salen 20 o 30 páginas, será parte de otro libro lo que escriba ahí. No creo que se sostenga el tema en mí, por sí mismo, todo un ensayo”. Y la verdad que sí. Me puse a pensar el tema, me puse a pensar en las distintas maneras de la soledad y me aparecieron un montón de cosas. Empecé el libro, dudé mucho. No sabés cómo dudé si ese era o no era el comienzo del libro. Pero me dije a mí mismo en un momento: “Yo quiero ser honesto con el lector y entonces quiero decirle: ‘Mirá, este es el mundo al que te voy a invitar en este libro’”. Es una conversación entre solitarios y me pareció que era legítimo decir: “Yo voy a empezar, voy a dar el primer paso, yo te voy a mostrar el momento de mayor soledad de mi vida”.

Y entonces escribí todo ese capítulo inicial que tiene que ver con la muerte de mi padre y esa soledad abismal de quien se queda sin abrazos, de quien se ha quedado sin el amor del otro, de quien ha perdido ese lugar donde uno recurre cuando tiene un poco de miedo, de inseguridad, cuando necesitás que te abracen o que te reten. Ese lugar que los padres han ocupado de un modo tan potente y que después queda vacío para siempre. A partir de ahí quise plantear este libro y entregarme casi sin un orden, que sea caótico el libro. Caótico como es la soledad en sí misma, ¿no? Es que es una experiencia un poco caótica, a veces agradable, angustiosa, a veces deseable, necesaria, a veces imposible. Entonces, quise ir por ese lado para trabajar un poco las distintas aristas que presenta la soledad en cada uno de nosotros.

Los mandatos culturales influyen en la percepción social de quienes eligen estar solos

—Hay una distinción que hacés durante todo el libro, que es la soledad en minúscula y en mayúscula

—Hay una soledad que yo decidí llamarla soledad con minúscula, que es la soledad sin otros. Es el “estoy solo” porque estoy sin pareja, estoy sin amigos, porque elijo estar solo, es decir, estar sin los demás, que es algo muy difícil, ¿eh? Y hay otra soledad que para mí es la soledad existencial, la soledad con mayúscula. Esa soledad a la que estamos condenados sólo por el hecho de ser humanos. Quiere decir que vos nunca, jamás vas a poder estar con nadie que haga desaparecer la sensación de soledad que te recorre. Porque nacemos solos, vivimos solos, amamos solos, morimos solos. Nadie puede nacer por nosotros, morir por nosotros, amar por nosotros, aunque amemos al otro. Y nosotros nos recorre una soledad existencial por el hecho de que hablamos, de que tenemos que pedir lo que deseamos y que las palabras no alcanzan a decir lo que sentimos. Entonces, te vas a sentir muchas veces, aunque te escuchen, aunque estés rodeada de gente, estés abrazada por un amor, aun en ese momento, si vos mirás hacia adentro y cerrás los ojos, te vas a dar cuenta de que estás sola.

Pero al mismo tiempo, fijate vos qué cosa loca, ¿no? Porque es inevitable estar solo, pero al mismo tiempo es imposible. Intentá quedarte un rato sin pensar en nadie, sin escuchar alguna voz, sin que venga algún recuerdo y te vas a dar cuenta que no se puede. No se puede. Estamos todo el tiempo recorridos por nuestros miedos, por nuestros deseos, por nuestras ambivalencias, por nuestros recuerdos, que no podemos alcanzar esa paz que busca el que medita. Esa soledad de, de la calma eterna, de la paz, es imposible también para el humano. Entonces, la soledad es una experiencia que hay que vivir con mucho respeto, que hay que saber cuándo conviene salir de ese lugar. A veces hay que salir y otras veces las tenemos que respetar. Tenemos que decir: “Es necesario que esté un tiempo solo, porque necesito pensar”. Así que me parece una de las experiencias más fuertes e importantes que todo ser humano tiene que atravesar.

Aprender a convivir con la
Aprender a convivir con la soledad es clave para el crecimiento personal, según el psicoanalista (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Creés que es posible sentirse solo incluso estando en pareja o rodeado de vínculos que uno elige y desea?

—Sí, sí, por supuesto. No conozco a nadie, por muy enamorado que esté, que en algún momento, aun con su pareja, no se sienta solo. Los seres humanos tenemos la tendencia a idealizar todo. Agrandamos las cosas. Y dentro de las cosas que idealizamos está el amor. Entonces uno dice: “No sabés, estoy bárbaro”. Vamos bien. Pero cuando uno dice: “La verdad que ahora sí me siento completo”. Ahí te fuiste al diablo, te empezaste a mentir. Porque la completud no es una experiencia que podamos tener. Y en ese resquicio donde el otro no puede entrar en mí, donde el otro no entiende lo que me pasa, no entiende lo que deseo. Viste que uno a veces dice: “No, no me estás entendiendo”. Sí, obvio, no te estoy entendiendo, ¿qué querés? Somos humanos, no nos vamos a entender nunca con esa completud con la que se entiende un perro con una perra. Que no tienen que decirse nada. Los dos saben instintivamente, pero los seres humanos no. Somos un enigma permanente, un desconocimiento permanente. Y es ese desconocimiento que le planteamos al otro, que somos nosotros para nosotros mismos, que el otro lo es para nosotros. En todo ese desconocimiento, hay espacio de una soledad habitada a veces por ningún sentido, porque no le podemos dar un sentido a esa soledad.

Esa es la soledad con mayúscula también, ¿no? Y un buen amor, el mejor de los amores, no es más que el encuentro de dos solitarios que deciden compartir sus soledades por un rato. No esperando completarse, simplemente esperando caminar juntos por la vida, que es un lugar también solitario y difícil. Las parejas que son bellas son parejas compuestas por personas que pueden estar muy bien solas. No conozco ninguna pareja sana entre personas que no saben estar solas. Porque, ¿sabés cuándo vale la pena y cuándo te podés sentir tranquila estando con alguien? Cuando vos decís: “Yo estoy tan bien sola, pero quiero estar con vos”.

No porque no sé estar solo, no porque me cansé de estar solo, no porque tengo miedo de estar solo, no porque la cultura me dice que tengo que estar con alguien, no porque me miran raro porque ya tengo edad como para estar con alguien”. No, por ninguna de esas cosas. Es: “No sabés lo bien que estoy solo, qué bien me llevo con mi soledad. Pero prefiero estar con vos”.

La soledad puede ser dolorosa, necesaria o deseable, dependiendo del momento vital de cada persona

—¿Cómo se aprende a habitar una soledad que no nos desespere, a no huir de ella?

—En primer lugar, tenés que renunciar a estos mandatos de los que hablamos. Un mandato es una frase, una idea, de alguien que puede ser tu padre, tu pareja, tu hijo, tu cultura, que te dicen que hay que ser de tal manera. Un mandato es aquello que atravesaba como un puñal a todas las mujeres hace 50 años que es: “¿Cómo no te vas a casar? ¿Cómo no vas a ser madre?” Si no, era la tía solterona. “¡Uy! No. Se quedó sola”, decían. No se quedó sola, lo decidió. No tuvo ganas, a lo mejor. “Está sola, es rara”. Esa mirada con la que la cultura mira. “¿Cómo no vas a querer ser mamá? ¿De verdad? Pero no es natural que una mujer…”. Claro que no es natural. En el ser humano nada es natural. El deseo de ser madre tampoco lo es. Hay una mirada de la cultura que nos empuja a ciertas cosas. Y dentro de esas cosas está el hecho de que todavía se mira con desconfianza cierta soledad, ¿no? Alguien te dice: “Te invito al teatro a verme, ¿venís?”. “Sí, Gaby, voy el sábado”. “Te dejo dos entradas en boletería”. ¿Por qué dos? Soy uno, pero si querés dejame dos. Y ni te pregunto. Uno dice: “Bueno, dale, te mando dos entradas, ¿con quién venís?”. Se da por sentado que deberíamos estar con alguien. Entonces, me parece que a veces para poder sentirse tranquilo, lo primero que hay que hacer es correrse el lado de ciertos mandatos. ¿Qué es? Que en sí mismo no tiene nada de malo no estar con alguien.

Me decía un paciente: “Yo hace tres años que estoy solo”. Le digo: “Pero me contaste que el domingo comiste con tus hijos, saliste, fuiste a jugar al fútbol con tus amigos”. Me dice: “No, no, pero sin pareja”. “Ah, entonces, vos no estás solo. Vos no tenés pareja en este momento. Desde hace tres años, no tenés pareja. No es lo mismo que estar solo”. Pero viste que confundimos. Hay que dejar de ser servil con esos mandatos, de lo que se espera de nosotros. Y preguntarse, mirar hacia adentro y decir: “¿Yo qué deseo?” A lo mejor la soledad tal vez no es lo que deseo, pero es lo que necesito si acabo de terminar un vínculo amoroso, hay un tiempo, es el tiempo del duelo, el tiempo del revisar lo que hice bien, lo que hice mal.

El tiempo de revisar si no jugué demasiados anhelos para un vínculo que en definitiva no lo justificaba y me subí solo a un viaje donde no me acompañaban. Uno tiene tantas cosas por revisar cuando termina un vínculo de pareja, una amistad, un trabajo. “¿Qué me llevo de acá? ¿Qué pasó con esto? ¿Cuánto crecí? ¿Cuánto me sirvió? ¿Qué aprendí? ¿En qué no estuve a la altura?” Hay tanto para revisar y eso requiere de momentos de soledad. Y te los tenés que permitir y los tenés que hacer respetar. Alguien que sabe estar bien solo mete mucho miedo porque es menos manejable. Es mucho menos manejable aquel que dice: “Tranquilo, no pasa nada. Yo estoy bien”. Es una persona que nos atemoriza un poquito, porque es alguien que va encontrando seguridad y firmeza en la vida a partir de apoyarse en él mismo. Y eso a mí me parece maravilloso, porque el que está bien apoyado sobre sí mismo es el que después puede tender la mano desde un lugar de seguridad y construir y permitir. Porque, como nunca lo tendremos todo, estar bien uno mismo no es “no necesito de nadie”. El ser humano siempre va a necesitar de alguien más.

Decían los griegos que todo lo que alguien hace en la vida, lo hace nada más que para que alguien lo cuente. Porque sabemos que algún día seremos nada más que una historia que alguien va a contar. Entonces, necesitamos testigos de nuestra historia de vida, compañeros de nuestra vida, para que se den cuenta de quiénes fuimos. Entonces, no vamos a estar nunca tan solos, tampoco. Pero aprender a manejarse con tranquilidad en la soledad, sabiendo que no tiene nada de grave, de malo, que uno no está enfermo por eso, que a veces lo necesita y que son momentos en los cuales tenemos derecho a entrar cuando sentimos esa necesidad. En el marco más íntimo, y por eso me remito a la pareja, por la potencia de esa intimidad, que tu pareja te diga: “Hoy prefiero ir solo, no sé, a ver una película, a escuchar un concierto, a caminar”. “¿Te acompaño?” “No, prefiero ir solo”. Desata pensamientos de ¿qué vas a hacer? ¿Con quién va a hablar por teléfono? ¿A quién se va a llamar? ¿En qué andará? Nos agarran todos los miedos del mundo. Pero entre dos personas que se aman, se cuidan y tienen acuerdos claros y confían, está bien. “¿Necesitás ese momento? Es tuyo. Dale, anda. Acá estoy para cuando termine eso y tengas deseo de hablar”. Pero también tenemos que respetar y ser respetuosos de la soledad del otro. No ver esa soledad, ese pedido de soledad como un desprecio. “¿No querés estar conmigo?”. No es que no quiero estar con vos, quiero estar conmigo, quiero estar conmigo un rato. Todas esas cosas tenemos que tener la capacidad de enfrentar como para poder construir una soledad tranquila, deseable.

El vínculo sano en pareja
El vínculo sano en pareja implica la capacidad de estar bien en soledad individual (Freepik)

—¿Creés que hay algo que se esconde detrás de alguien que no está cómodo estando la cantidad de tiempo que sea en soledad consigo mismo?

—Y sí. ¿Qué hay en la soledad más que nosotros? La persona que tiene tanto miedo de estar solo o sola. Yo me pregunto: “¿Por qué le cuesta tanto estar consigo misma? ¿A qué le teme? ¿Qué ve que no le gusta? ¿A dónde no quiere entrar? ¿Qué voces recorren a esa persona cuando se queda sola que prefiere evitar?” Creo que si nos pasara algo de eso, es cuanto más tenemos que enfrentar el desafío de comenzar a llevarnos un poco mejor con nosotros mismos y no lo digo como un lugar común o una frase hecha. Me parece que es importante entender que, en esos espacios en los que solo están nuestras voces, nuestros miedos, deseos, nuestra historia, porvenir, donde jugamos nuestros anhelos... Es un momento muy fuerte, pero es indispensable que nosotros podamos sostener esos espacios para poder vivir, para ir tramitando esa historia que nos habló, para poder ir en dirección a esos sueños que nos estuvimos planteando. Cuando alguien no puede estar solo, yo me pregunto esto. Eso es un mecanismo de defensa estar con los demás para esa persona. No sé cuántas ganas tiene, cuánto creo en su deseo de verme. No sé si quiere verme a mí o no quiere verse a sí mismo y me utiliza a mí como escudo.

—Después de escribir el libro, ¿te quedó alguna idea más nítida o inesperada? ¿Cambió en algún punto tu relación con la soledad?

—Hay una toma de conciencia, si querés, un darme cuenta, una especie de epifanía de cuántas soledades me recorren: la soledad del escritor que escribe solo, la del enamorado, la soledad del hijo sin padre, la soledad del padre sin respuestas, la soledad de aquel que no alcanzó sueños que eran muy importantes, la del que disfruta de logros que a veces ni siquiera había soñado, la soledad del que va al teatro y termina de estar con 1500 personas en una sala y a los veinte minutos está solo en una habitación, en un hotel lejos de todo el mundo. Me sirvió pensar en cada una de las soledades que recorre a la humanidad para darme cuenta que me recorren a mí también. Que son solo soledades de todos y que yo no escapo a eso, que allí estoy dando mi batalla en la vida con todas mis soledades a cuestas, pero sin miedo. Sin miedo a la soledad. Preparado para disfrutar de las soledades disfrutables, para que me duelan sin culpa, sin vergüenza, las soledades dolorosas, para escucharme en las soledades que necesite y también para hacer el esfuerzo de generosidad que implica ser respetuoso con la soledad de los demás.

Gabriel Rolón plantea que aceptar la soledad ayuda a construir vínculos más genuinos

—Gabi, para cerrar, decís que estar solo es como tener una cita con uno mismo. ¿Qué tiene que tener para vos ese encuentro?

—Uno para las buenas citas se predispone, ¿no? Se predispone desde el mejor de sus lugares. Te predisponés con una buena música, con una copa de vino, si te gusta, con un buen libro, te predisponés a sentarte y dialogar con tus recuerdos. Yo tengo muchas conversaciones con gente que ya no está. No alucinaciones que los veo ahí, ¿no? Pero me habitan voces, que han sido más duraderas que las personas que las pronunciaron. Me habitan frases, abrazos, recuerdos. Y yo cuando me predispongo a estar solo conmigo mismo, a tener esa cita, abro un espacio muy amplio en mí porque es muy posible que a esa cita conmigo mismo venga un montón de gente. Es posible que aparezca el rostro de mi abuelo, la sonrisa franca de mi viejo, que aparezca yo, niño y soñante, echándome en cara algo, que aparezca mi madre con sus voces. La puedo llamar a mamá, por suerte, todavía, pero a veces me viene desde otros lugares. Lo que intento es predisponer, ambientar el lugar interno, emocional, el lugar psíquico de la manera más bella posible. Y dejo la puerta sin llave: sé que aquellos que me habitan están todos invitados. Veremos quiénes vienen y quiénes no.