“Yo siempre fui así”: la frase que puede ocultar años de migraña, acidez, insomnio y reacciones a los alimentos que muchos normalizan

Más de 1.200 millones de personas padecen cefaleas recurrentes y unas 850 millones tienen problemas de descanso; además, el 65% pierde la capacidad de digerir lactosa tras la infancia. El genetista Jorge Dotto explica qué lugar atribuye a la histamina en esos cuadros y cuál es el mapa a seguir para lograr el bienestar

Dibujo de una mujer sentada ante una mesa con queso, pan, tomates, palta, una copa de vino tinto y partículas moleculares en el aire.
La histamina participa en funciones del sistema inmunológico, el aparato digestivo y el cerebro. También está presente en distintos alimentos y el organismo puede producirla (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Migrañas que reaparecen sin un desencadenante claro, despertares de madrugada, hinchazón después de comer o reacciones que cambian según el día suelen llevar a una misma pregunta: ¿por qué un alimento puede tolerarse en una ocasión y causar malestar en otra? La respuesta no siempre esta en un solo ingrediente, sino en la suma de factores que actúan sobre cada organismo.

La histamina es una molécula que participa en funciones del sistema inmunológico, el aparato digestivo y el cerebro. También está presente en distintos alimentos. La cantidad incorporada, la que produce el cuerpo y la capacidad individual para degradarla son variables que forman parte de una hipótesis sobre síntomas que pueden aparecer varias horas después de una comida.

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Esa demora dificulta identificar un patrón muchas veces. A diferencia de una reacción alérgica inmediata, el planteo sobre la intolerancia a la histamina propone un mecanismo de acumulación: el estrés, el descanso insuficiente, el alcohol, algunos medicamentos, los cambios hormonales y la alimentación podrían modificar el umbral a partir del cual aparecen las molestias.

Ese enfoque es el que desarrolla el genetista Jorge Dotto en El fin de las intolerancias. Histamina, la molécula que cambiará tu vida, de próxima publicación por Grijalbo. La obra recorre cinco temas de consulta frecuente y pone el foco en la enzima diamino oxidasa, conocida como DAO, que interviene en la degradación de la histamina. El autor distingue sus observaciones de consultorio de la evidencia disponible.

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Mujer sentada en un sillón gris, con ropa cómoda, tocando su abdomen levemente hinchado con una mano y el pecho con la otra, en un ambiente cálido de casa.
Migrañas, enrojecimiento facial, picazón, congestión nasal, hinchazón abdominal y despertares nocturnos figuran entre los síntomas que se estudian en relación con la histamina (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el primer capítulo de El fin de las intolerancias, Dotto parte de una frase que, según escribe, escucha con frecuencia en el consultorio: “Yo siempre fui así”. El genetista describe a personas que naturalizan durante años síntomas como hinchazón, acidez, migrañas, alteraciones del sueño o reacciones en la piel.

El capítulo incluye el caso de Valentina, de 41 años, quien llegó a la consulta después de análisis, ecografías y una endoscopía sin hallazgos que explicaran su malestar. Refería distensión abdominal, cefaleas, despertares nocturnos y enrojecimiento facial tras consumir, entre otros alimentos, vino tinto, quesos estacionados o tomate. “Llegué a un punto en que pensé que yo era así. Que iba a vivir toda la vida con estas molestias. Que era mi normalidad”, relata la paciente en el fragmento.

A partir de esa historia, el autor presenta la imagen de una “bomba con timer” para explicar su planteo sobre la histamina: sostiene que, a diferencia de una alergia, los síntomas pueden aparecer varias horas después de comer, cuando se supera un umbral individual de acumulación.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La enzima diamino oxidasa, conocida como DAO, interviene en la degradación de la histamina y ocupa un lugar central en la hipótesis desarrollada por Dotto (Imagen Ilustrativa Infobae)

La histamina puede acumularse hasta superar el umbral de síntomas

La primera distinción del libro separa a la intolerancia a la histamina de una alergia alimentaria. En una alergia, el sistema inmunológico reconoce un alérgeno y puede generar una reacción inmediata, incluso con cantidades pequeñas. Dotto describe la intolerancia como un proceso acumulativo, en el que los síntomas surgen cuando la carga total de histamina supera la capacidad del organismo para degradarla.

“Los síntomas pueden ser los mismos, pero el mecanismo es completamente distinto. En la alergia hay una explosión inflamatoria del sistema inmune, siempre frente al mismo enemigo. En la intolerancia a la histamina hay una sobrecarga química que termina activando el mismo receptor H1, y por eso el cuadro se parece tanto. Conviene decirlo con todas las letras: la intolerancia no es una enfermedad, es la sobrecarga de una sustancia química que el cuerpo de esa persona no maneja de manera eficiente, y el síntoma no es sinónimo de enfermedad”, dice Dotto a Infobae.

Y suma: “La primera herramienta para diferenciarlas es el reloj: si los síntomas aparecen entre una y cuatro horas después de comer, y no siempre con el mismo alimento, el patrón ya no es alérgico; la alergia reacciona siempre y con cantidades mínimas. Por eso escucho todos los días la frase ‘a veces como y no me pasa nada’. Lo que corresponde se descarta con el especialista: celiaquía, alergia al trigo, alergia a la proteína de la leche. Nuestra manera de trabajar desde hace muchos años parte de una muestra de saliva con la que analizamos el ADN de la persona: en estos casos, las variantes genéticas —AOC1, HNMT, MTHFR y otras del ciclo de la metilación— que regulan las enzimas del metabolismo de la histamina”.

Jorge Dotto sonríe vestiendo un saco azul claro, camisa blanca y corbata oscura sobre un fondo gris de estudio
Jorge Dotto plantea que la histamina puede acumularse por la combinación de alimentos, estrés, falta de descanso, alcohol, medicamentos y cambios hormonales

Según la literatura médica, la intolerancia a la histamina afectaría entre el 1 % y el 3 % de la población. Dotto considera que la cifra podría ser superior y calcula una prevalencia cercana al 15 % a partir de su experiencia clínica; esa estimación no proviene de un estudio poblacional publicado.

El autor utiliza la imagen de un vaso que se llena. A la histamina de ciertos alimentos se suman el alcohol, algunos medicamentos, el estrés, el ejercicio intenso, las alteraciones del sueño y los cambios hormonales. La combinación determinaría la aparición de síntomas.

“Una copa de vino con un asado en una semana tranquila puede no dar ningún síntoma, y la misma copa con el mismo asado en una semana de mucho estrés, poco sueño y en plena fase premenstrual puede terminar en migraña, ronchas o diarrea”, plantea Dotto.

La migraña abre una discusión sobre la enzima DAO y la alimentación

La migraña afecta a más de 1.200 millones de personas en el mundo, cerca del 15 % de la población, de acuerdo con los datos reunidos en su trabajo. Dotto enfoca su planteo en pacientes que no responden a los tratamientos preventivos más recientes, incluidos los fármacos dirigidos contra el péptido relacionado con el gen de la calcitonina, conocido como CGRP.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Dotto propone evaluar la histamina en algunos casos de migraña que no responden a tratamientos preventivos, aunque reconoce que existen distintos mecanismos biológicos detrás de ese trastorno. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El manuscrito señala que entre el 30 % y el 40 % de quienes reciben esos tratamientos no logra respuesta. Para el genetista, ese dato respalda la existencia de distintos mecanismos biológicos detrás de la migraña y abre la posibilidad de un vínculo con la histamina.

“Hace unos noventa años que sabemos que la histamina produce dolor de cabeza. En 1936, en el New York Hospital y la Cornell University Medical College, provocaron dolor de cabeza administrando histamina de forma controlada y descubrieron que lo que dolía no era el cerebro, sino la dilatación de los vasos sanguíneos que lo rodean. En 1937 Theodore von Storch definió la migraña como un síndrome y no como una enfermedad única, y en 1940 se demostró algo que vemos todos los días: quienes la sufren tienen un umbral mucho más bajo frente a la histamina, y una dosis que no produce nada en una persona sana desencadena una migraña completa. En 1942, en el Boston City Hospital, con 200 personas y 48 drogas distintas, los analgésicos comunes funcionaron en alrededor del 10% de los casos y la ergotamina en cerca del 80%, por su efecto vasoconstrictor: el mecanismo opuesto a la vasodilatación, y eso abrió la puerta al desarrollo de otros fármacos que se usaron durante décadas”, afirmó Dotto.

El genetista continuó: “En 1982 se midió el aumento de histamina plasmática en personas con migraña, en 2007 Maintz y Novak definieron la intolerancia a la histamina tal como se entiende hoy, y después llegaron los trabajos que asocian variantes del gen AOC1 con la presencia y la severidad de la migraña. Sospecho en todos los casos de migraña que nos consultan, y lo digo con transparencia: hace seis años fuimos los primeros en Argentina y Uruguay en diagnosticar intolerancia a la histamina, en cinco mujeres con migrañas, así que tenemos un sesgo estadístico propio del expertise que desarrollamos”.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Vino tinto, quesos estacionados, tomate, palta y pescado aparecen entre los alimentos que Dotto menciona al describir posibles cuadros asociados con la histamina (Imagen Ilustrativa Infobae)

También advirtió: “Hay algo casi completamente desconocido: varios antiinflamatorios de venta libre, como la aspirina y otros, liberan histamina o inhiben la DAO, y la amitriptilina, que se receta justamente para prevenir migrañas, puede terminar causando más migrañas o más síntomas de histamina. O sea, el efecto opuesto al que buscaban cuando empezaron a tomarlos. Las personas que nos consultan ya probaron todo tipo de fármacos sin éxito y están cansadas de tomar medicación, porque es muy difícil pensar que la migraña pueda venir del tomate o la palta que comieron, o de los tres termos de mate que tomaron. No hacemos magia: tenemos los datos de esa persona”.

El insomnio puede coincidir con una alteración del ritmo de la histamina

La histamina cumple funciones en el cerebro como neurotransmisor asociado con la vigilia. Por ese motivo, el experto propone observar si algunos problemas de sueño se agravan en contextos que aumentan la carga de histamina, aunque el insomnio tiene múltiples causas posibles, entre ellas el estrés, la ansiedad, la depresión, la apnea del sueño y el consumo de estimulantes.

Se estima que más de 850 millones de personas viven con insomnio, alrededor del 16 % de la población adulta. Dotto describe cuatro patrones que, según su experiencia, aparecen de forma recurrente: dificultad para conciliar el sueño, descanso no reparador, despertares súbitos de madrugada y cansancio persistente al levantarse.

“La histamina es la encargada de despertarnos a todos cada mañana. Por lo tanto, si su manejo interno no funciona de manera eficiente, se altera el sueño. Hay un dato precioso detrás de esto: los mastocitos, que son las células que almacenan histamina, tienen su propio reloj circadiano, y un estudio demostró que ese reloj regula una proteína llamada OCT3, encargada de sacar la histamina hacia la sangre; por eso los niveles varían a lo largo del día y alcanzan su punto más alto en las primeras horas de la mañana”, explicó Dotto.

Una mujer está acostada en una cama con ropa de cama gris en una habitación a oscuras iluminada por franjas de luz
La histamina puede ser la encargada de despertarnos a todos cada mañana (Imagen Ilustrativa Infobae)

Luego describió: “En la consulta vemos cuatro patrones bien definidos de alteración del sueño. El primero es de conciliación: la persona quiere irse a dormir a las diez u once de la noche, pero el nivel de histamina es tan alto que el cerebro interpreta que tiene que quedarse en estado de alerta, y termina durmiéndose a la una o dos de la mañana. El segundo es dormir sin interrupción y no descansar, un sueño liviano en el que el cerebro compite entre el dormir y el despertar: se levanta agotada casi todas las mañanas, y entre las cinco y las siete de la tarde necesita un atracón de azúcar o harinas para llegar a la cena. El tercero es el insomnio de las tres o cuatro de la madrugada, un sueño que se interrumpe sin causa externa y deja entre quince minutos y dos horas de desvelo, que casi siempre se atribuye a una preocupación o al estrés laboral. El cuarto es el despertar temprano, con un pico máximo de histamina que la despierta a las cinco o cinco y media sin poder volver a dormir. Los cuatro pueden aparecer por separado o todos juntos”.

Dotto añadie: “La pregunta más útil no es qué pasó esa semana, sino qué se cenó: si el episodio aparece después de pescado, quesos estacionados, tomate, palta o vino, y viene acompañado de picazón, congestión nasal o panza hinchada, la histamina entra en la conversación. El estrés y las emociones estimulan los síntomas, pero en estas personas no son la causa”.

El autor incorpora investigaciones experimentales en animales sobre mastocitos —células del sistema inmunológico— y sus ritmos circadianos. Esos trabajos analizaron el papel de la proteína OCT3 en el transporte de histamina. La extrapolación de esos mecanismos a casos clínicos en humanos requiere más investigación.

Por eso los expertos recomiendan cenar al menos tres horas antes de acostarse y mantener horarios de sueño regulares. “Dormir siempre a distinta hora es más perjudicial que dormir poco”, resume Dotto al referirse a la irregularidad horaria.

Cuando el pan, pizza y cerveza comparten factores más allá del gluten

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El autor sostiene que algunas personas que dejan el gluten también eliminan panes, pizzas, pastas y cerveza, alimentos que comparten fermentación y otros posibles factores desencadenantes (Imagen Ilustrativa Infoabe)

Otro de los tramos del trabajo se llama. “La intolerancia al gluten no existe”. La afirmación no cuestiona la enfermedad celíaca ni la alergia al trigo, dos diagnósticos con criterios definidos. El foco de la discusión es la llamada sensibilidad al gluten no celíaca.

El manuscrito señala que entre el 10 % y el 15 % de los adultos refiere síntomas tras consumir trigo y que cerca del 20 % de la población evita el gluten sin tener celiaquía. Sin embargo, cita estudios controlados en los que solo entre el 16 % y el 30 % de quienes se consideran sensibles reacciona al gluten. En otro grupo, entre el 40 % y el 56 % manifestó síntomas aunque no había consumido gluten, sino que creía haberlo hecho.

“Lancet acaba de reconocer que no sabemos qué causa la sensibilidad al gluten. Mi hipótesis es que en muchos casos es histamina. La revisión que publicó The Lancet en octubre de 2025 dice tres cosas: que solo entre el 16 y el 30% de quienes se dicen sensibles reacciona realmente al gluten en estudios controlados, que el disparador preciso sigue sin identificarse y que, sin biomarcadores, la condición continúa siendo un diagnóstico de exclusión”, apunta Dotto.

Sobre la mejora que algunas personas perciben al dejar el gluten, añadie: “Cuando alguien deja el gluten no saca una proteína, saca pan, pizza, pasta y cerveza, que comparten fermentación, levaduras y compañeros de plato ricos en histamina. Eso ya fue planteado en la literatura: un grupo de la Universidad Médica de Graz, en Austria, publicó en Inflammation Research que los síntomas de la sensibilidad al gluten son muy similares a los de la intolerancia a la histamina, los mapeó uno por uno con los receptores H1 a H4, y propuso que retirar el trigo baja en paralelo la carga de histamina. Cualquiera puede hacer la comparación: las listas de síntomas que publica la Cleveland Clinic para una y otra condición comparten hinchazón, diarrea, náuseas, dolor de cabeza, niebla mental, fatiga y erupciones en la piel. Y hay un dato que para mí es el más fuerte: en la sensibilidad al gluten solo el 5% de las personas tiene síntomas inmediatos, el 37% los tiene entre una y cuatro horas después y el 17% entre cinco y ocho horas. Ese retraso no es el de una reacción inmune, es el de una acumulación”.

También señaló los límites de su hipótesis: “Aclaro los límites, porque son parte del planteo: Lancet propone otros candidatos —los FODMAP, los inhibidores de amilasa-tripsina del trigo y el efecto nocebo—, y la celiaquía y la alergia al trigo se descartan primero y con estudios. Lo que yo sostengo viene de haber diagnosticado a miles de personas que llegaban con un diagnóstico previo de intolerancia al gluten, seguían con síntomas y en realidad tenían intolerancia a la histamina. Nosotros nos dedicamos a analizar los mecanismos genético-moleculares que están detrás de esos síntomas, y cuando se los mira de cerca, la explicación cierra”.

Para Dotto, el problema puede estar en alimentos que suelen acompañar al trigo. Panes, pizzas, pastas, cerveza y quesos combinan fermentación, levaduras, maduración y, en ocasiones, ingredientes con alto contenido de histamina.

El libro cita investigaciones según las cuales nueve de cada diez personas con sensibilidad al gluten no celíaca presentaban DAO reducida en sangre. Antes de excluir el gluten, el texto recomienda descartar la celiaquía y la alergia al trigo mediante evaluación médica, ya que retirar esos alimentos sin una consulta previa puede alterar estudios diagnósticos.

Celiaquía, gluten free, sin tacc, Trigo, Avena, Cebada y Centeno, proteína gluten, enfermedad autoinmune, intolerancia (Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La pérdida de lactasa en la adultez es frecuente y no implica una enfermedad

La intolerancia a la lactosa es otro de los ejes. El 65 % de la población mundial pierde la capacidad de digerir lactosa después de la infancia, una proporción que supera los 5.400 millones de personas. La prevalencia varía de forma marcada según el origen poblacional: en Asia oriental puede alcanzar entre el 70 % y el 100 %, mientras que en el norte de Europa ronda el 5 %.

La explicación está vinculada con la persistencia o disminución de la producción de lactasa, la enzima que permite digerir el azúcar de la leche. El libro se refiere al gen LCT y a variantes reguladoras asociadas con el gen MCM6, que se relacionan con la continuidad de esa producción durante la adultez.

Dotto cuestiona la idea de que los lácteos sean indispensables para todos los adultos y revisa investigaciones sobre calcio, densidad ósea y riesgo de fractura. También plantea que las reacciones a los lácteos no siempre responden a la lactosa: mientras el contenido de ese azúcar baja con la maduración de los quesos, la histamina puede aumentar.

“Nada prohibido, nada obligado. Ni perfecto ni robot. Lo digo desde mi propia experiencia: hace más de diez años me autodiagnostiqué intolerancia a la lactosa analizando mi gen MCM6, y me cambió la vida. No me prohíbo una provoleta, un chocolate con leche o un helado. De ahí salió el concepto con el que trabajamos, producto y dosis: no alcanza con saber que un alimento tiene lactosa o histamina, hay que saber qué pasa con esa cantidad, en esa preparación y en ese momento. Cuando empecé a hablar de esto en público, algunos me decían que la intolerancia a la lactosa no existía. Hoy entrás a cualquier supermercado del mundo y hay más productos sin lactosa que con lactosa. La intolerancia a la lactosa es la condición original del ser humano y lo llamativo es seguir tolerándola de adulto”, afirmó Dotto.

Frascos de vidrio con yogurt y trozos de durazno, junto a duraznos enteros y rebanados sobre una superficie de madera.
La intolerancia a la lactosa afecta al 65% de la población mundial: ocurre cuando disminuye la producción de lactasa, la enzima que permite digerir el azúcar de la leche (Imagen Ilustrativa Infobae)

Luego explicó: “Ahora, la secuencia que más veo es esta: la leche le cae mal, entonces sospecha de la lactosa y compra deslactosada, pero la leche también aporta histamina, así que el alivio no llega; después se pasa a la leche de almendras, y las almendras son uno de los alimentos con mayor carga histamínica, así que el cuadro sigue. Para orientarse conviene mirar los síntomas, pero con un cuidado: la histamina puede dar un cuadro digestivo idéntico al de la lactosa —distensión, gases, dolor, diarrea—, así que por ahí solos no se distinguen. Lo que suele inclinar la balanza es que en la histamina ese cuadro viene acompañado de síntomas fuera del intestino, como migraña, picazón o erupciones en la piel, congestión nasal o palpitaciones, y que aparece horas después de comer. En la lactosa pesa mucho la dosis en una sola toma. Y la alergia a la proteína de la leche es otra cosa: es inmune, inmediata y mucho más frecuente en bebés. Para la lactosa analizamos la variante del gen MCM6, y para la histamina, el perfil genético más la eliminación y la reintroducción. En muchos casos la persona tiene solo intolerancia a la lactosa, en otros solo histamina, y es bastante habitual que tenga las dos”.

Dotto agregó: “Por eso el diagnóstico es lo que ordena todo lo que viene después: el manejo nutricional que le enseña la nutricionista y, sobre todo, la autonomía, que es nuestro objetivo máximo: que esa persona aprenda a gestionar sus propias dosis. Sin restricciones ni prohibiciones de por vida”.

Esa diferencia permitiría entender por qué algunas personas toleran leche o quesos frescos, pero presentan molestias tras consumir variedades estacionadas. “El problema no es la leche en sí, sino la idea de que es indispensable”, afirma el genetista para cerrar, quien propone que toda restricción alimentaria se realice con acompañamiento profesional y después de descartar diagnósticos que requieren tratamientos específicos.

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