
La American Heart Association y el American College of Cardiology publicaron en Circulation la primera guía clínica sobre el síndrome CKM (síndrome cardiovascular-renal-metabólico o cardiovascular-kidney-metabolic), un cuadro que vincula enfermedad cardiovascular, daño renal crónico y trastornos metabólicos, y colocaron al exceso de peso, en especial la grasa abdominal, como motor central del problema para impulsar una prevención más temprana y evitar lesiones orgánicas irreversibles.
El cambio llega en un contexto amplio: casi nueve de cada 10 adultos en Estados Unidos tienen al menos un componente de este síndrome. Entre esos componentes figuran hipertensión, alteraciones del colesterol, glucosa elevada, reducción de la función renal y exceso de peso.
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La guía parte de una idea concreta: estas alteraciones no suelen aparecer aisladas. Con frecuencia conviven, se potencian entre sí y empujan un deterioro progresivo que puede comenzar con factores metabólicos y avanzar hacia enfermedad cardíaca y renal si no se controla a tiempo.
La AHA había definido oficialmente el síndrome cardiovascular-renal-metabólico en 2023 para ordenar esa relación entre obesidad, diabetes tipo 2, enfermedad renal crónica y patología cardiovascular. La nueva recomendación clínica da un paso más y deja de tratar el sobrepeso solo como factor de riesgo para presentarlo como un impulsor de la progresión del síndrome.
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La guía sitúa a la grasa visceral como un factor central del daño orgánico

El documento subraya que el peso corporal por sí solo no alcanza para describir el riesgo real de una persona. Dos individuos pueden tener el mismo peso y perfiles de salud muy distintos, según cómo el tejido adiposo altere la función metabólica.
La atención se concentra en la grasa abdominal, en particular la grasa visceral que rodea a los órganos. Ese tejido puede promover inflamación crónica, resistencia a la insulina y lesión de los vasos sanguíneos, con aumento del riesgo de diabetes, enfermedad renal, insuficiencia cardíaca, infarto y accidente cerebrovascular.
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Kevin Shah, cardiólogo certificado y director del programa de extensión de insuficiencia cardíaca del Memorial Care Heart & Vascular Institute at Long Beach Medical Center, explicó Medical News Today que “la grasa visceral actúa como un órgano metabólicamente activo que libera señales inflamatorias que contribuyen a la resistencia a la insulina y a la inflamación crónica con el tiempo”.

Shah añadió que “con el tiempo, estos cambios aumentan el riesgo de diabetes, enfermedad renal, enfermedad cardíaca, insuficiencia cardíaca y CKM”. También señaló que la circunferencia de la cintura puede aportar información de riesgo adicional a la que ofrece el índice de masa corporal.
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La nueva guía reemplaza una recomendación de 2013 centrada en el manejo del sobrepeso y la obesidad. A diferencia de aquel enfoque, el texto actual pone más peso en la prevención y en la intervención temprana, con la idea de frenar, detener o incluso revertir la progresión del síndrome.
El peso como riesgo médico y no como cuestión estética

La respuesta central de la guía es directa: los profesionales de la salud deben abordar el peso como un factor médico asociado al daño de órganos y abrir esa conversación antes de que aparezcan complicaciones graves. Además, pide que ese diálogo sea sensible y colaborativo con los pacientes.
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El objetivo es que las personas entiendan a tiempo de qué manera la obesidad puede contribuir a futuros problemas de diabetes, enfermedad renal y enfermedad cardiovascular. Para los pacientes, el mensaje es que el control del peso debe mirarse cada vez más desde la salud metabólica general y no desde la apariencia.
La base del manejo del síndrome CKM sigue siendo el estilo de vida saludable. La guía recomienda incorporar el marco Los 8 Elementos Esenciales para la Vida (Life’s Essential 8) de la American Heart Association, junto con el manejo del estrés.
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Esos ocho factores modificables incluyen actividad física regular, alimentación cardiosaludable, evitar la exposición a nicotina, hábitos de sueño saludables y mantenimiento de un peso, una glucosa, unos lípidos sanguíneos y una presión arterial en rangos sanos. Shah resumió ese enfoque así: “El paso más importante es reconocer la conexión entre la salud del corazón, del riñón y la metabólica”.
La guía también incorpora fármacos

Junto con las intervenciones sobre el estilo de vida, el documento reconoce una oferta creciente de medicamentos capaces de mejorar resultados en varios órganos al mismo tiempo. Entre ellos menciona los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2, los tratamientos basados en receptores de GLP-1 y los antagonistas no esteroideos del receptor mineralocorticoide.
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Según la publicación, estos tratamientos mostraron beneficios que van más allá del control de la glucosa en sangre y alcanzan también la protección cardíaca y renal. Ese enfoque refuerza la idea de que las enfermedades conectadas por el síndrome CKM no deben tratarse como compartimentos separados.
La guía también pone el foco en la coordinación entre profesionales. Quienes viven con este síndrome suelen atenderse con cardiólogos, nefrólogos, endocrinólogos y médicos de atención primaria, por lo que la guía recomienda ampliar el uso de coordinadores de atención o navegadores de pacientes para sostener la comunicación clínica y mejorar el seguimiento.
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El modelo que propone es integral: como estas afecciones rara vez aparecen de una en una, los equipos de salud deben trabajar de manera conjunta y con el paciente en el centro de las decisiones. Shah lo resumió de este modo: “Tradicionalmente tratamos la enfermedad cardíaca, la enfermedad renal, la obesidad y la diabetes como afecciones separadas. El marco CKM reconoce que están estrechamente vinculadas”.
Para los médicos, la guía ofrece una estructura para hablar del peso, detectar el síndrome CKM y coordinar atención entre especialidades antes de que aparezcan complicaciones irreversibles. Shah sostuvo que una identificación más temprana puede permitir intervenciones más rápidas con cambios de estilo de vida y terapias cada vez más eficaces para reducir el riesgo a largo plazo de eventos cardiovasculares, falla renal e insuficiencia cardíaca.
Los 8 Elementos Esenciales para la Vida de la American Heart Association

1. Comer mejor. Procurar adoptar un patrón de alimentación saludable en general que incluya alimentos integrales, muchas frutas y verduras, proteínas magras, frutos secos, semillas y cocinar con aceites no tropicales como el de oliva y el de canola.
2. Ser más activo. Los adultos deben realizar 2 horas y media de actividad física moderada o 75 minutos de actividad física intensa por semana. Los niños deben realizar 60 minutos diarios, incluyendo juegos y actividades estructuradas.
3. Dejar de fumar. El uso de productos de administración de nicotina por inhalación, en particular los cigarrillos, es la principal causa de muerte prevenible en Estados Unidos. Si bien los cigarrillos electrónicos y el vapeo son más recientes y sus efectos a largo plazo aún se están estudiando, el tabaquismo tradicional sigue siendo el principal factor de mortalidad prevenible.
4. Lograr un sueño saludable. La mayoría de los adultos necesitan entre 7 y 9 horas de sueño cada noche. Dormir lo suficiente favorece la recuperación, mejora la función cerebral y reduce el riesgo de padecer enfermedades crónicas.

5. Controlar el peso. Alcanzar y mantener un peso saludable tiene muchos beneficios.
6. Controlar el colesterol. Los niveles elevados de colesterol no-HDL, o colesterol “malo”, pueden provocar enfermedades cardíacas.
7. Controlar el nivel de azúcar en sangre. La mayor parte de los alimentos se transforma en glucosa (o azúcar en sangre), que el cuerpo utiliza como energía. Con el tiempo, los niveles elevados de azúcar en sangre pueden dañar el corazón, los riñones, los ojos y los nervios.
8. Controlar la presión arterial. Mantener la presión arterial dentro de rangos aceptables puede ayudar a gozar de buena salud por más tiempo. Los niveles inferiores a 120/80 mm Hg son óptimos.
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