
Durante décadas, los médicos de todo el mundo libraron la batalla contra las enfermedades cardiovasculares con dos frentes bien definidos: reducir el colesterol LDL (malo) y elevar el HDL (bueno). Millones de pacientes recibieron estatinas, ajustaron su dieta y celebraron cuando sus análisis daban resultados dentro del rango normal.
Sin embargo, una advertencia que cobra cada vez más relevancia entre especialistas internacionales señala una limitación de ese enfoque: existe un tercer tipo de colesterol, conocido como remanente, que no suele incluirse en los análisis de rutina y que podría representar un riesgo cardiovascular aún mayor
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El colesterol remanente es una sustancia poco conocida fuera del ámbito científico puede constituir hasta un tercio del colesterol total presente en la sangre. De acuerdo con un informe publicado por Science Focus, especialistas de referencia sostienen que este indicador permaneció durante años fuera de la atención clínica, pese a su posible impacto en personas que consideran controlado su riesgo cardiovascular.
El tercer actor en la historia del colesterol
Para entender qué es el colesterol remanente, primero es necesario comprender cómo el cuerpo transporta las grasas. El colesterol no se disuelve en sangre, por lo que viaja empaquetado en partículas llamadas lipoproteínas.

Las más conocidas son las LDL y las HDL, pero existe otro grupo de transportadores mucho más grandes: los quilomicrones y las lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL), que pueden ser hasta 50 veces más anchas que una partícula LDL. Su función principal es distribuir triglicéridos, grasa energética, por los tejidos del organismo.
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A medida que estas partículas entregan su carga de triglicéridos, se van vaciando y lo que queda es una estructura empobrecida pero concentrada en colesterol. Ese remanente es el que preocupa a los especialistas.
En condiciones normales, el hígado identifica y elimina estas partículas. Sin embargo, cuando el organismo produce más de las que puede procesar, comienzan a acumularse en la sangre y pueden penetrar en las paredes de las arterias.

“El LDL es el malo, pero el colesterol remanente es aún peor. Muchos médicos lo han ignorado prácticamente por completo”, afirmó Børge Nordestgaard, profesor clínico de la Universidad de Copenhague y uno de los principales expertos mundiales en lípidos.
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Por qué es tan peligroso
La razón por la que el colesterol remanente genera tanta preocupación entre los especialistas está vinculada con su concentración. Aunque el colesterol representa apenas entre 1% y 3% de la carga total de esas grandes partículas transportadoras, su volumen absoluto es enorme. Según estimaciones citadas por Science Focus, una partícula remanente puede cargar hasta 40 veces más colesterol que una LDL.
Cuando esa partícula se aloja en una arteria, desencadena una respuesta inmunitaria. Los glóbulos blancos acuden al lugar para intentar eliminar el colesterol, pero no logran digerirlo. Mueren allí, y con el tiempo forman placas de grasa que estrechan y endurecen las arterias.
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Si una placa crece lo suficiente o se rompe de forma súbita, el flujo sanguíneo puede bloquearse por completo, con el consecuente riesgo de infarto o accidente cerebrovascular.

Los datos respaldan esa peligrosidad. Investigaciones señaladas por Science Focus demostraron que las personas con niveles elevados de colesterol remanente y triglicéridos tienen el doble de probabilidades de morir por enfermedades cardiovasculares que quienes los mantienen bajos.
En un estudio con 113.000 participantes, quienes tenían LDL bajo pero colesterol remanente alto presentaban un 15% más de riesgo de ictus. Otro análisis reveló que casi el 12% de los pacientes con enfermedad cardiovascular diagnosticada aún tenían colesterol remanente elevado a pesar de haber alcanzado sus objetivos de LDL: su análisis estándar no detectó el riesgo.
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Qué puede hacer cada persona
Mientras esos tratamientos llegan al mercado, los cambios en el estilo de vida ofrecen resultados concretos. La cardióloga Zoe Astroulakis recomendó reducir el consumo de azúcares y carbohidratos refinados, cuyo exceso el hígado convierte en triglicéridos, moderar el alcohol y adoptar un patrón alimentario mediterráneo: palta, nueces, aceite de oliva, legumbres y pescado azul.
El peso corporal es otro factor determinante. Riyaz Patel, profesor de cardiología del University College de Londres, señaló a Science Focus que en pacientes con obesidad los niveles de colesterol remanente y triglicéridos suelen ser muy altos, y que esos valores descienden cuando se pierde peso.
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La grasa visceral, la que rodea los órganos internos, está particularmente ligada a este marcador, lo que implica que una persona con un índice de masa corporal normal puede igualmente tener niveles de riesgo que solo un análisis de sangre revelaría.
Para quienes quieran estimar sus valores sin esperar un examen específico, Nordestgaard indicó que el mejor indicador disponible es la cifra de triglicéridos: por encima de 150 mg/dL comienzan a considerarse elevados. Quien tenga acceso a sus valores de LDL, HDL y colesterol total puede calcular el remanente por simple diferencia entre esas tres cifras.
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