
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
En una serie, hay una breve secuencia donde un niño muestra una erudición llamativa en música clásica, como un adulto pequeño. En una escena al pasar, el niño le comparte ese saber al abuelo y la madre, con tono autocomplaciente, dice algo así como: “¿Qué puedo hacer? Le encanta la música”. Es allí cuando el abuelo materno responde con una frase tan simple como demoledora: “A vos te encanta la música; a él le gustás vos.”
Ese instante, entre el comentario de la madre y la respuesta del abuelo, contiene una revelación que interpela. ¿Qué parte del deseo que habitamos es realmente propio? ¿Y cuántas veces los niños hacen, dicen o aprenden para no perder el amor de quienes necesitan?

La infancia, muchas veces, queda atrapada en el narcisismo adulto. Se espera de ella que refleje, que actúe, que devuelva. La precocidad se celebra como una virtud, sin preguntar a qué costo fue adquirida. Porque lo que parece un talento precoz puede ser, en verdad, un síntoma: un niño sobreactuando un deseo que quizás no es del todo ajeno, porque es el de su madre.
Hoy, las redes sociales han intensificado esa transmisión. Lo que antes se quedaba en el ámbito íntimo ahora se vuelve exposición pública. Vemos a diario videos de niñas y niños cocinando, cantando, bailando, maquillándose, explicando recetas o hablando de emociones con una madurez que llama la atención.
Cocineritos de 1 o 2 años, maquilladoras de 8, granjeros de 6. Las imágenes, cargadas de ternura y con alto “gancho” visual, obtienen miles de likes. Pero si una mira más allá del primer video, si sigue la cuenta, empieza a ver la rutina: una edición cuidada, varias tomas, planos pensados. Es decir, hay un trabajo.

Y aunque algunos de esos juegos puedan surgir de un entusiasmo real, de una curiosidad espontánea, muchos están sostenidos —y hasta dirigidos— por el deseo adulto de mostrar, de construir una versión encantadora que pueda volverse viral.
La cámara —presencia constante, invasiva— se convierte en intermediaria entre el gesto infantil y el deseo de aprobación. Filma, recorta, selecciona lo que encaja con una narrativa vendible. Lo que parecía espontáneo se vuelve coreografiado. Y la niñez, que debería ser un espacio de experimentación libre, de ensayo y error sin consecuencias, queda atrapada en la lógica del rendimiento, de la gracia continua, de la imagen perfecta. Como si el juego solo tuviera valor si puede ser visto, validado y viralizado. Pero esto también pasa por fuera de las pantallas.
Desde la clínica, lo que observamos con frecuencia es que cuando el deseo infantil queda absorbido por el deseo adulto, no siempre hay síntomas inmediatos. Pero con el tiempo, eso puede dejar lugar a la desorientación, al desgano, a la angustia. Porque vivir mucho tiempo cumpliendo un deseo ajeno, a cualquier persona, le deja un vacío y tiñe la posibilidad de desear con autenticidad, especialmente a un niño.

El juego, el arte, la exploración de intereses no deberían convertirse en vitrinas para redes sociales ni en vitrinas narcisistas para los adultos. Para un niño o una niña, jugar no necesita cámaras ni likes: necesita tiempo, libertad y la posibilidad de cambiar de rumbo, todas las veces que sea necesario.
El mundo simbólico no se rige por estándares de productividad ni por lógicas de exhibición. No responde a guiones, ni a algoritmos. Responde a marcas, a fantasmas, a silencios. Jugar es una forma de estar en el mundo, no de explicarlo.
Y aunque los sujetos no podamos deshacernos por completo del lugar simbólico que nos asignan desde antes de nacer, sí podemos interrogarnos sobre el deseo que nos habita, y renunciar a imponerlo, incluso si eso implica resignar nuestras propias ilusiones. No obligarlos a encarnar lo que alguna vez soñamos para nosotros.

A veces, lo más amoroso y respetuoso es justamente eso: permitir que el deseo de nuestros hijos no se nos parezca en nada.
A veces el deseo aparece como una obsesión inesperada: aprender los nombres de todos los dinosaurios, juntar piedritas hasta que estallen los bolsillos, rebasar el agua de un frasco a otro.
Tal vez el acto más amoroso consista en eso: mirar sin corregir, sin esperar que eso devenga talento, identidad o logro. Permitir que el deseo infantil se despliegue sin exigencias ni final previsto, como juego que se inventa en el hacer mismo.
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