
Las alergias afectan a más de mil millones de personas en el mundo y su incidencia no deja de crecer. Lo que antes era considerado un problema menor o estacional se convirtió en una preocupación de salud pública a escala global. Factores como la contaminación del aire, el cambio climático y una alimentación pobre en nutrientes esenciales están detrás de este aumento sostenido, según publicó Activa.
Frente a este panorama, el doctor Leo Galland, especialista en medicina funcional y autor del libro El gran libro de las alergias, propone un enfoque preventivo centrado en el fortalecimiento del sistema inmunológico y en una revisión crítica del entorno doméstico y la dieta diaria.
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El cambio climático y la degradación del ambiente, tanto fuera como dentro del hogar, se encuentran entre los principales responsables del incremento en las enfermedades alérgicas. A esto se suma una alimentación cada vez más industrializada, rica en grasas trans, azúcares y aditivos, que afecta de manera directa al sistema inmunológico, debilitando su capacidad de respuesta ante agentes externos.
Alimentación e inmunidad: un vínculo subestimado
Galland insiste en que muchas veces el problema no es un sistema inmune hiperactivo, sino uno desregulado por carencias nutricionales. La insuficiencia de vitamina D, zinc, selenio, magnesio, así como de vitaminas antioxidantes como la C y la E, y la ausencia de ácidos grasos esenciales, se asocia con una mayor incidencia de alergias alimentarias, eccemas, asma y rinitis.
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Una dieta antialérgica, señala el experto, debe incluir diariamente nueve porciones de frutas y verduras variadas, ricas en folato, vitamina A, fibra y antioxidantes.

También, recomienda alimentos como sardinas, salmón, semillas de chía y lino, nueces y frutos secos ricos en magnesio, clave para quienes padecen asma— como plátanos, almendras, higos secos y nueces de Brasil. En cambio, sugiere evitar aceites ricos en omega 6, como los de maíz y girasol.
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La amenaza invisible del aire en casa
Más allá de los factores externos, el hogar puede convertirse en una trampa peligrosa para quienes padecen alergias, recuerda el estudio. La calidad del aire interior, a menudo subestimada, juega un rol determinante.
Productos de limpieza y ambientadores perfumados, así como las fragancias utilizadas en secadoras de ropa, también pueden liberar compuestos químicos nocivos.

Las soluciones pasan por ventilar correctamente los espacios, mantener una humedad relativa entre 30% y 45%, limpiar con paños húmedos y utilizar aspiradoras. La acumulación de objetos favorece la proliferación de polvo y ácaros, especialmente en dormitorios. Allí se recomienda lavar la ropa de cama a más de 55 °C, utilizar fundas antiácaros y reducir textiles innecesarios como alfombras o peluches.
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El moho, otro enemigo común, prolifera en ambientes húmedos, como baños y refrigeradores. Por ello, es fundamental ventilar después de duchas calientes y realizar limpiezas periódicas para evitar su propagación.
Alergias cruzadas: lo que comemos también importa
Las personas alérgicas al moho deben prestar especial atención a su alimentación, ya que ciertos productos fermentados pueden contener trazas invisibles que agravan los síntomas, según menciona el estudio.
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Entre los alimentos más problemáticos, se encuentran: pan, vinagre, cerveza, encurtidos, quesos curados, champiñones, frutos secos, carnes y pescados ahumados, así como frutas como el melón, las uvas y los arándanos.

Un diagnóstico médico preciso puede marcar la diferencia y ayudar a diseñar una dieta que minimice riesgos. En un escenario donde las enfermedades alérgicas ganan terreno, la prevención y la atención a los factores ambientales y nutricionales se convierten en herramientas clave para proteger la salud.
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Como señala Galland, no basta con aliviar los síntomas: es importante fortalecer el cuerpo desde adentro. Y muchas veces, eso empieza con lo que se come y el cuidado en el hogar.
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