
Los presuntos corruptos también tienen sentimientos. Víctor Manzanares, hombre de Río Gallegos, Santa Cruz, el contador de los Kirchner, pidió declarar como arrepentido en seis ocasiones en Comodoro Py, la última de ellas a comienzos de 2022, investigado por el fiscal Carlos Stornelli, aceptado como imputado colaborador con un acuerdo homologado por el fallecido juez Claudio Bonadio.
Hoy, espera ser en algún momento elevado a juicio, procesado en la trama del lavado de dinero de los cuadernos de las coimas, un esquema supuestamente encabezado por Daniel Muñoz, el fallecido secretario de Néstor Kirchner y su viuda, Carolina Pochetti. El embargo contra de Manzanares fue $15 mil millones, moneda argentina. No parece tanto, de cara a los otros imputados. Pochetti fue embargada por $35 mil millones más.
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El vínculo entre Manzanares, hijo de un conocido contador de Río Gallegos, y Muñoz, fue definido por un fallo de la Sala I de la Cámara Federal, que aseveró que el hombre de los números “constituyó una figura emblemática en el manejo de los negocios” del secretario de Néstor Kirchner. Según la acusación de la Justicia federal, Manzanares integró, por ejemplo, los directorios de sociedades como Madaco y Cayuqueo, empleadas para adquirir propiedades en territorio nacional. En paralelo, con otra estructura offshore de prestanombres y testaferros, 70 millones de dólares fueron supuestamente empleados para comprar 14 departamentos en Miami y New York.

En esas declaraciones, Manzanares -que terminó detenido por varios meses en el marco de la causa Los Sauces, una de tantas investigadas por Bonadio que enfrentó el poder K- llegó a un nivel de intimidad notable. Llegó a decir que Cristina Fernández de Kirchner suspiró en voz alta, cuando Muñoz falleció luego de un largo cáncer el 25 de mayo de 2016: “Menos mal que se murió”.
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El maltrato de Néstor Kirchner hacia Muñoz fue revelado, por ejemplo, por Isidro Bounine, otro ex secretario de CFK, imputado como partícipe necesario en el caso de lavado. Por ejemplo, lo agarraba de la oreja si dormía en el avión o lo despertaba de un cachetazo. Yo no fui muchas veces víctima de maltrato porque mi mamá me enseñó a ser digno, pero si me ha hecho esas cosas como pegarme o agarrarme de la oreja, Kirchner lo hacía en tono de broma”.
A Daniel Muñoz, al parecer, no le parecía tan gracioso. Entonces, Manzanares le ponía el hombro a su viejo amigo de Rio Gallegos con un simple golpe de planilla.
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Andate de shopping y sentite bien
“Hacerlo feliz a Daniel Muñoz era el summum para mí, porque Kirchner lo maltrataba, le pegaba, entonces yo lo llamaba por teléfono desde Río Gallegos y le decía ‘te fabriqué dos o tres millones de pesos de blanco’ y le pedía que vaya de shopping, a gastárselo. Yo disfrutaba esa actividad por la satisfacción que le generaba a Daniel”, aseveró Manzanares en una de sus tantas declaraciones.
En otro testimonio, detalló el vínculo que los unía, una vieja amistad. El contador aseguró que, en 2003, “mientras esperaba para ser atendido por el doctor Kirchner, me lo encuentro a Daniel Muñoz en Casa Rosada. En esa ocasión, me pidió si podía hacerle la declaración jurada, lo que decido hacerlo ad honorem, en razón de la situación de amistad que antes nos había unido".
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Con el tiempo, Manzanares terminaría como maletero, tal como Muñoz mismo.

“En 2005, vuelvo a encontrarlo (a Muñoz) en Rio Gallegos. Él me pidió encontrarnos. Cuando llego a ese lugar, él estaba ya estacionado con Roberto Sosa, quien también había sido secretario de Kirchner. Me pide si le puedo guardar por unos días unos bolsos y mochilas, por razones de seguridad. Según me refiere en el lugar donde estaban guardados esos bolsos alguien había ingresado a robar y por ese motivo me pide que los guarde en un lugar seguro”, continuó.
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“Empezamos a traspasar los bolsos y mochilas a mi camioneta. Eran aproximadamente entre unos 15 y 20 bolsos y mochilas. Yo ingenuamente le pregunto qué es, aunque suponía de que se trataba, y él me responde ‘plata, Polo… ¿qué va a ser?’. Yo quedé asombrado y él me preguntó si quería trabajar con él. Ese trabajo al que me estaba ofreciendo ingresar, que me di cuenta que era ilícito, me tentó. Le dije que si podía pensarlo y él me respondió ‘el tren pasa una sola vez’. Cargué los bolsos y me los llevé a mi casa”.
Luego, lo contó. “Había entre 20 y 30 millones de dólares.
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