Random está reeditando su obra. “Trances” fue publicado por Ampersand
Random está reeditando su obra. “Trances” fue publicado por Ampersand

Cuando llegó al estudio de radio Nacional, Alan Pauls estaba a días de iniciar un viaje largo, muy largo, que acaba de llevarlo a Berlín, donde vivirá con su familia -su mujer, la directora teatral Lola Arias y su pequeño hijo Remo- durante casi un año en función de una beca que obtuvo. Los libros de el escritor argentino, autor de una obra sólida y elogiada, están siendo reeditados por Random House de modo que ya tienen nuevas ediciones clásicos como su novela El pasado (ganadora de un premio Anagrama) y La vida descalzo, una suerte de mirada sentimental y antropológica de la playa, un libro delicado y singular que cruza memorias de infancia y adolescencia pre internet con reflexiones sobre la lectura y la escritura.

También hay lugar para la memoria y el trazo autobiográfico en su último libro, Trance, que pertenece a la colección "Lectores" de la editorial AmpersandSe trata de un tomo pequeño, que ofrece reflexiones sobre la lectura, esa adicción pertinaz, y lo hace a través de un glosario y a la manera de breves resplandores: haces de luz en abanico que iluminan y pueden también actuar como relámpagos o fogonazos.

Sobre este libro en particular habló Alan Pauls en la última emisión de Vidas Prestadas. A continuación, transcribimos esa charla.

-Decidiste describir tu experiencia como lector a través de una especie de diccionario, en los que aparecen ciertos términos con los que vas dibujando lo que fue esa vida lectora. ¿Cómo decidiste armar un libro así?
— Me resultaba muy difícil reconstruir una especie de trayectoria lineal de mí como lector y en cambio lo que se me aparecían eran como pedazos de cosas, episodios, escenas, ideas, ideas fijas.

— Postales.
— Sí, cosas muy dispersas que me representaban en cierto sentido, que tenían como un factor de verdad importante en relación a mi vida como lector y que, al mismo tiempo, no componían una biografía de lector. Hay otros libros de la colección, estoy pensando en el de Daniel Link por ejemplo, en el de Burucúa, que son como verdaderas autobiografías intelectuales que empiezan desde la niñez y terminan en la madurez. A mí eso me resultaba muy difícil. Me parece que la vida, incluso mi vida o sobre todo mi vida, en todo sentido, es algo que todavía por lo menos a mi edad no es unificable. Y la estructura glosario, la estructura diccionario, me parecía muy idónea para dar un poco cuenta de esta especie de mosaico de experiencias que para mí es mi vida como lector.

— Uno sabe la influencia que tuvo Roland Barthes en tu vida como lector y hay algo de los Fragmentos de un discurso amoroso que aparece también en esa idea.
-Sí, sí, Barthes es todo para mí. Además de hecho cuando escribí Trance acababa de terminar de traducir el Barthes por Barthes para Eterna Cadencia, que fue una especie de don milagroso que me dio Leonora Djament, porque es un libro que siempre quise traducir, me resultaba inexplicable que no tuviera una buena traducción al español, y acababa de prologarlo también. O sea que cuando escribí Trance estaba totalmente sumergido, digamos, orbitando en la esfera Barthes. Pero sí, es alguien que no puedo… Soy una especie de sombra de Barthes ¿no?

— Hay varios nombres de varones importantes de la literatura en el libro y entre ellos hay uno que es como el del gran proveedor, quien empieza siendo tu dealer de literatura, que es Jorge Panesi, que fue tu profesor en el Liceo Francés, además.
— Sí, bueno, sí, ahora que decís varones, sí. Está Josefina Ludmer también, que es la madre nutricia podríamos decir (risas).

— Si, pero son más los hombres: aparece Fogwill, aparece Piglia, aparece Panesi, Barthes.
— Bueno, es un machirulismo veteado yo diría de una sensibilidad muy gay también… Me acuerdo de que hace muchos años Hernán Ferreirós, un periodista muy bueno, me invitó a un programa de radio y me pidió que compusiera una especie de playlist para musicalizar el programa y llevé la playlist y empezaron a poner las canciones y cuando terminó Hernán me dijo: "Pero son todos gays, son todos hombres gays. ¿ Qué querrá decir?" Yo dije: "No sé, o sea me gusta eso, me gusta mucho eso." Soy muy afín a esa sensibilidad y me parece que hay algo de mi trabajo que se fue volviendo, sobre todo a medida que empezó a tener una relación fuerte con lo sentimental, que yo creo que es con Wasabi y El pasado más o menos, que empezó como a alimentarse mucho de eso. Digamos que mi tráfico es con ese tipo de materiales. Barthes, Puig. Hay algo ahí como muy afín, me parece que hay una sincronía…

— Fogwill y Piglia estarían en otra línea.
— Bueno, ellos son como el machirulismo total pero para mí son dos escritores extraordinarios. Yo diría que Ricardo fue más una figura de mentor, como un padre literario. Fogwill fue como una especie de antipadre, como el Anticristo, digamos. Mucho menos que una especie de tío perverso.

— ¿Y qué te pasa con la literatura de Fogwill?
— A mí me gusta mucho Vivir afuera, es una novela que me parece realmente muy notable, no sé si en un sentido que a Fogwill le interesaría pero para mí es como el Fogwill balzaciano, como un Fogwill más siglo XIX. Y Fogwill, que se jactaba de ser un híper contemporáneo, probablemente me hubiera matado por decir eso. Pero para mí es como si hubiera habido un Balzac argentino en un momento en el que la literatura no encontraba una manera copada de hablar de lo que pasaba en los 90, menemismo, etcétera, y me parece que ahí Fogwill entra con los tapones de punta, como sabía hacer él, pero la novela tiene una especie de mundo que es extraordinario. Un mundo, voces, tiene una arquitectura de novela genial. Después hay textos que me interesan más, otros que me interesan menos. El personaje Fogwill me seduce menos que a la mayoría de mis compatriotas.

— De tus compatriotas varones, dirás.
— Sí. No sé muy bien qué relación tienen las chicas con Fogwill.

— Y…, era y sigue siendo un poco difícil tener una buena relación.
— No lo quieren.

— No, no, a ver, era una relación complicada; vos señalas la cuestión machirula y lo que se podría decir es que hoy Fogwill no sobreviviría: las chicas, las mujeres en general, se lo comerían crudo.
— A Fogwill le hubiera encantado que se lo comieran crudo (risas). Digo, es un escritor que obviamente trabaja siempre en tensión con algo, y en tensión agresiva, no en una tensión confortable. Es un escritor de la incomodidad, un escritor de la provocación.

— Igual, una cosa es el personaje Fogwill en términos sociales y otra su literatura. Se me hace difícil pensar que una mujer, por más incómoda que se haya sentido con Fogwill en la vida real, pueda no ver lo que era como escritor y lo que significó en términos de influencia en la literatura argentina.
— A mí me parece que es obviamente un escritor muy importante. Y me parece muy importante sobre todo, y eso es quizás lo que más lamento, por su influencia personal. Digamos, la influencia de su mito personal, al cual soy menos sensible. Los escritores así como patoteros la verdad que mucho no me interesan. No me interesa ese mito de escritor patotero, me parece que es un mito muy cortado por ciertas pasiones argentinas que no me gustan como el resentimiento, la venganza, cierta insatisfacción neurótica. Me molesta un poquito eso y entro en un diálogo difícil con eso. Pero me parece que, por ejemplo, un texto como Memoria de paso, es por ahí lo menos machirulo que escribió Fogwill…

Fogwill, retratado por Alejandra López. “Un anti padre, un anti Cristo”, dice Pauls
Fogwill, retratado por Alejandra López. “Un anti padre, un anti Cristo”, dice Pauls

— Y que es hermoso.
— Es un texto extraordinario. Y hay muchas cosas de su poesía que me gustan, aunque sé que no era un gran poeta. Pero bueno, yo tuve una relación personal con él.

— Trabajaste con él, ¿no?
— Claro, trabajé en su agencia de publicidad, que era como una especie de experimento disparatado, como no podía ser de otra manera. Entonces para mí era muy rara la relación porque él fue alguien muy importante cuando yo me convertí en escritor. Fogwill fue un escritor tardío, muy tardío. Empezamos un poco juntos. De hecho competimos en un premio, en el primer premio al cual yo presenté mis cosas, que era un premio organizado por Círculo de Lectores, donde los dos sacamos una mención. Un premio que tenía un jurado genial, estaba Enrique Pezzoni, estaba Borges, estaba José Donoso, yo tenía, no sé, 20, Fogwill tenía 40. Y Fogwill usaba su agencia de publicidad como una especie de pequeño cenáculo literario donde sus empleados funcionaban como su público, entonces se sentaba en el piso descalzo y nos leía lo que acababa de escribir y por supuesto no había campañas publicitarias en curso, no había clientes, no había nada. Era la época próspera de Fogwill, de todos modos. O sea que, en cierto sentido, fui contemporáneo de su formación de escritor y al mismo tiempo él era medio contemporáneo de la mía. Pero digamos que cuando empezó a escribir era un escritor notablemente formado. Era muy raro.

— Era un lector.
— Era un gran lector y yo creo que su influencia, un poco también como la de Borges en cierto sentido, es una influencia de lector, más que de escritor.

— Claro. En Trance relatás una escena en la que él te avisa que posiblemente va a ir a prisión por una estafa, cosa que ocurrió, y recibe esa noticia desde el lado del lector, con una frase que es algo así como "todo el tiempo que voy a tener para leer".
— Sí, era muy buen lector además. Era uno de esos lectores como decían que leía (Oscar) Masotta por ejemplo, que leían una página de un texto que tenía cuatrocientas y entendían la lógica de las cuatrocientas páginas leyendo esa página, subrayándola, detectando su organización interna. Fogwill tenía algo de eso, una especie de mirada, casi leía lo que otros escribían como quien mira un cuadro, ¿no? Como si mirara algo y al mirarlo detectara absolutamente todo lo que había que detectar. Tenía realmente una capacidad, una perspicacia de lector genial. Y a la vez, digo, como lector en el sentido de la industria cultural: era un tipo que leía y recomendaba, leía y hacía circular, leía y contrabandeaba. O sea, era alguien que traficaba mucho la literatura que le interesaba y era extraordinariamente generoso, creo.

Pauls dice que no le interesa el modelo de escritor marcado por ciertas pasiones argentinas como el resentimiento
Pauls dice que no le interesa el modelo de escritor marcado por ciertas pasiones argentinas como el resentimiento

— Una de las palabras que aparecen en el glosario de tu libro es "leído" y aparece con un doble significado; por un lado como el modo entre despectivo y admirativo con que se podían referir en el campo a alguien ilustrado pero también como aquel a quien se le lee y que, por lo general, suele ser un niño.
— Me interesó mucho recuperar esa experiencia de cuando sos lector sin saber leer. Que es, en realidad, como todos empezamos a leer. Como si fuera una especie de lectura y ventriloquía al mismo tiempo: otro te lee y vos sos leído de algún modo por otro y, en ese sentido, me parecía que se podía interpretar también la palabra "leído", que a mí me parece muy linda, que encierra esas paradojas de la lectura. Porque creo que así como sos formado por los primeros libros que leés, sos formado por las primeras voces que te leen cuentos cuando te vas a dormir o que te leen cuentos en general. Hay alguien que cura lo que vos leés, que interpreta lo que vos leés, hay alguien que interpreta bien o que interpreta mal. Hay muchas cosas que te leen cuando sos chico que no te gustan porque te las leyeron mal y que descubrís más tarde. Esa experiencia, ser leído por otro, para mí es una experiencia totalmente originaria, fundante. Y no sé si está muy pensada. O si lo está, está pensada como una especie de momento bucólico de niñez, de infancia, pero no como formación o como experiencia de lectura tercerizada.

— El cine significó para vos también una entrada a la lectura más que a la literatura.
— Sí, bueno, hay una cosa muy básica, que también por ahí perdemos de vista porque es muy básica, y es que nosotros, en Buenos Aires por lo menos, estamos acostumbrados a ver cine subtitulado. Cuando vamos al cine, desde que sabemos leer, leemos en el cine. Y los subtítulos no son inocentes, o sea que uno puede leer buenos subtítulos y leer malos subtítulos. Y después está, por lo menos en mi caso personal, el descubrimiento de cómo se puede filmar la escritura literaria, que es algo que yo descubro con Godard, por supuesto, que es quizás el cineasta que más filmó manos empuñando lapiceras, escribiendo notas en una libreta o en un pedazo de papel. Hay películas de Godard que son como documentales de escritura. Eso para mí fue en su momento, a fines de los años 70, un descubrimiento increíble. Sobre todo porque además todos sabemos que Godard siempre quiso ser escritor; en realidad lo que él soñaba era ver su nombre en las tapas de la editorial Gallimard. Entonces, ver que un cineasta que es una especie de escritor frustrado dedica parte de sus películas a filmar manos escribiendo para mí siempre fue una cosa muy hermosa. Hay algo muy emocionante en ver una mano, que es la mano de Godard, con la caligrafía de Godard. También hay muy evidente y lo digo en el libro en algún momento, y es que para mí leer es como una práctica o una función, yo la llamo función lectura, que es algo que uno no ejerce solo con libros. No ejerce solo con palabras escritas. Uno lee un cuadro pero también una cara. Uno lee la cara de la persona con la que vive para saber qué carajo le pasa.

Pauls reconoce en Ricardo Piglia a un mentor, un padre literario
Pauls reconoce en Ricardo Piglia a un mentor, un padre literario

— Leemos signos.
— Uno lee la ciudad en la que vive. Uno lee comportamientos cotidianos, situaciones. Uno está ejercitando esa función todo el tiempo. Y por eso me da la impresión de que cuando aparecen esas quejas un poco apocalípticas de "la gente no lee, la gente no lee, le encajo a mi hijo libros y mi hijo no los agarra", yo pienso siempre que se toma la lectura en un sentido demasiado acotado, demasiado literal, y por ahí la misma función que uno quiere que un hijo remiso ejerza con un libro podrías desarrollarla con un poquitito más de diversión y de entretenimiento con algún otro objeto de la vida cotidiana que a un chico no le resulte tan intimidante como un libro. Entonces me parece que cuando decimos leer, habría que pensar más en esa función, que es como una especie de principio general, cómo uno lee en la vida que vive, en el mundo en el que vive, los contextos por los que pasa. Y ahí me parece que la lectura se convierte en algo genial, sin dudas. La lectura de libros es una cosa genial para mí y para todos los que leemos y para mucha gente que por ahí no tiene nada que ver con la literatura específicamente pero es acotada. Pero leer en el sentido de descifrar, de entender, en el sentido de conectar o interpretar, es algo que hacemos todo el tiempo aunque no nos demos cuenta. Es como hablar.

— Si te pregunto cuál es el libro que más veces regalaste, ¿sabés?
— Sí, yo creo que es El desierto y su semilla.

— De Jorge Barón Biza.
— Sí, es una novela que me gusta mucho, mucho. Y es un libro muy único, de hecho es el único libro que pudo escribir su autor. Para mí es un libro sensacional, excepcional, incluso para la vida de su autor.

— Me gusta cuando hablás de lo que llamás los libros sorpresa. Porque están aquellos libros que nos elegían para leernos los adultos, están los que elegimos deliberadamente, pero están también aquellos con los que nos encontramos, como lo que describís cuando, por ejemplo, vamos de vacaciones a un lugar y llegamos a una casa que tiene una biblioteca.
— Sí, para mí eso es una experiencia genial y muchas veces los libros que encuentro en esas casas desalojan los libros que llevé para leer. Hay algo muy lindo en la idea de que un libro te elija a vos para leer y no al revés. Y, sobre todo, la situación de extrema contingencia en la que se pueden producir encuentros con libros que no pensabas para nada cruzarte en tu camino. Yo creo que esa situación de contingencia, sobre todo para alguien como yo, que me he dedicado a la literatura, alguien que se supone que elige y desea y sabe lo que quiere leer todo el tiempo, y de repente llegar a una casa de veraneo y encontrarte con una biblioteca muy chiquita, muy heterogénea, elaborada por alguien que sin duda no tiene ninguna relación específica con la literatura y de repente hay ahí una especie de joya…

— De epifanía casi.
— Sí, sí, sí, total. O sea hay algo de descubrimiento, y, sobre todo, como de algo intempestivo que es muy hermoso.

— Es imposible no preguntarte por el tema de los libros con marcas,  hay gente que se molesta con esto. ¿Qué te pasa con tu subrayado y con el subrayado ajeno?
— A mí me encanta. Digamos, no puedo leer sin un lápiz en la mano, soy de esos lectores. Siempre leí así, el momento de subrayar algo es muy importante en la lectura, el momento de anotar en la última página del libro cosas que uno…

— Yo anoto en la primera (risas).
— Bueno, ahí cambian mucho los métodos, cada uno tiene su estilo. Pero para mí es muy difícil leer sin eso. Por eso el kindle se me hace difícil porque se puede subrayar pero no existe una verdadera conexión, yo diría, con el libro como la que se produce cuando uno anota algo. Y no tengo ningún problema con leer libros subrayados por otros; te diría que al revés, me parece que leer un libro subrayado por otro es como acceder a una especie de privilegio. Es como si leyeras dos libros al mismo tiempo: el libro que te prestan y el libro que leyó el que te lo prestó.

— ¿En lugar de distraerte te enriquece?
— Agrega una situación, una escena, que el libro original no tiene. Es como si desdoblara la lectura, si querés, como si hubiera una escena que sucede al mismo tiempo que uno lee ese libro y me parece súper atractiva, es como un momento voyeurista genial. Me acuerdo de uno de los pocos libros que son primeras ediciones y que me jacto de tener en mi biblioteca -a mí no me importa mucho, no me importa la bibliofilia para nada-, y es la primera edición de Literatura argentina y realidad política, de Viñas. Es un ejemplar del libro que yo le compré a Norma Aleandro cuando ella levantaba su biblioteca porque se iba exiliada a España.

Leer no es solo leer libros, leemos todo el tiempo, explica Pauls
Leer no es solo leer libros, leemos todo el tiempo, explica Pauls

— Vos eras un chico.
— Yo era un chico, tenía 16 años, creo que Norma se fue en el 75, un poco antes del golpe, junto con Alterio y toda esa camada. Y me acuerdo que me enteré de que levantaba la biblioteca y fui porque me pareció que debía ser interesante la biblioteca de Norma Aleandro y encontré este ejemplar, que estaba dedicado por David a Norma y adentro tenía los subrayados de Norma del libro. Entonces, para mí era como tener tres libros: el libro Literatura argentina y realidad política de David Viñas, el libro que Viñas le regaló a la compañera Norma, que tenía una dedicatoria militante-amorosa muy, muy a la Viñas…Y el libro de David que Norma había leído. Entonces, no me obstaculizó para nada la lectura, más bien la erotizó digamos. O sea, me parecía que estaba leyendo con David y con Norma al costado, como una especie de trío raro (risas).

—En las librerías de viejo, uno encuentra dedicatorias o marcas que dan cuenta de una historia para suponer, una historia para imaginar. Uno se pregunta: quién está detrás de este libro, quién se deshizo de este libro. en tu caso, supiste que Norma Aleandro estaba desarmando su biblioteca, pero a veces uno llega a libros que no sabe de quién fueron.
— Bueno, son situaciones igualmente interesantes ¿no? Como cuando comprás un libro en una librería de viejo y adentro del libro encontrás cosas. Cartas, mensajes.

— Rosas secas.
— Textos, plantas, flores. Hay algo… yo creo que el objeto libro es un objeto genial en ese sentido. Sirve para muchas cosas. Sirve de caja fuerte, sirve de vehículo para contrabando, sirve para disimular, sirve para ocultar, sirve para transportar.

— Para esconderse, también.
— Exacto. Pero son todas funciones que el libro, en el sentido de literatura, también cumple para uno. Porque la literatura te transporta, la literatura te cambia, la literatura te contrabandea cosas, te esconde cosas.

— Acá, en la página 67 de Trance, dice: "Leer no es solo una pasión de la imaginación, es una práctica diaria, un trabajo, una misión, una militancia, un ritual de burócrata, un tratamiento, una disciplina, una fe, una costumbre, un pecado, una inversión, un compromiso, una deuda, un hobby, una droga. Todo al mismo tiempo todo el tiempo." Y más tarde dice: "Cómo es que una sofisticada invención de la cultura humana cobra estatuto de apremio orgánico y llega a infiltrarse en el elenco indigno pero impostergable de las llamadas funciones básicas."
— Sí, sí, como respirar o alimentarse. Puedo imaginar perfectamente mi vida sin escribir, me cuesta mucho imaginarla sin leer, muchísimo, realmente muchísimo.

— ¿Escribir fue una excusa para leer más?
— Me parece que fue como la continuación de leer por otros medios, digamos. Hay una cierta pulsión de lector cuando uno empieza a escribir, en el sentido de que todavía se piensa a sí mismo como lector y en realidad solo quiere escribir para poder leer lo que escribió. Me parece que cuando uno sigue escribiendo, un poco eso se abre y ya deja de ser tan solipsista. Pero creo que hay una transición muy natural entre leer y escribir. Creo que aun los escritores que reniegan de su capital literario y dicen o pretenden que escriben lo que viven, o lo que ven o no sé qué, me parece que aun en ellos lo que leyeron, sea poco o mucho, constituye de una manera evidente lo que escriben, o cómo piensan lo que escriben.

Charlie Feiling
Charlie Feiling

— Mencionaste antes a Fogwill como un gran lector, como son o eran muchas de las personas que estábamos nombrando. Me gustaría preguntarte más por el lado de tus pares como grandes lectores. No solo los que viven sino también los que ya no viven. Por ejemplo alguien como Charlie Feiling, a quien conociste muy joven y también venía con una historia lectora muy importante. ¿Qué pasaba cuando quien había sido el gran lector de su entorno siendo chico o adolescente luego se encontraba con grandes lectores al llegar a la carrera de Letras, por ejemplo?

— Bueno, Charlie es un caso muy particular, él era muy excepcional en el sentido de un fuera de norma total. Yo debo confesar que fui muy amigo de él, fuimos muy amigos hasta un punto, después nuestras vidas medio se abrieron, pero siempre tuve una relación muy fuerte con él, pero nunca sintonizamos realmente en términos literarios. Yo tenía una relación diría muy personal con él, no muy literaria. Él era un enfermo de la erudición…

— Más clásica.
— Clásica, ¿no? En principio iba a dedicarse a la papirología y la Guerra de las Malvinas se lo impidió. Pero después combinaba esa inmensa erudición clásica, latín, griego, etcétera, con una especie como de pasión así medio borgeana por la literatura menor muy narrativa, que fue de hecho la que él cultivó como escritor. A mí las novelas de Charlie nunca me interesaron mucho digamos, o sea me parecía que él era genial, me parecía que era un poeta increíble, pero como narrador la verdad que lo que hacía no pegaba mucho con mi interés literario y tampoco su personalidad de lector. Pero a la vez era un tipo de una inteligencia tan extraordinaria que aun viniendo de mundos literarios tan ajenos a mí como los mundos de los que venía, era imposible que el tipo no viera bien. No podía no ver bien Charlie. Pero por ejemplo, no sé, pienso en Luis Chitarroni, que para mí es como el gran lector de nuestra generación, lector también en un sentido de contribución a la industria cultural.

— A lo que leemos todos.
— Exacto. Un editor, un tipo que ha hecho de leer y de leer bien y de leer antes que otros, una profesión y un don social. Luis, que por ejemplo tenía mucho que ver con Charlie en ese imaginario, me parece que tiene una amplitud de horizontes, o sea, yo creo que Luis realmente es el único de todos nosotros que es capaz de leerlo todo y de leerlo bien. Digo, desde Lacan hasta…

— Un teleteatro.
— Cualquier cosa, cualquier cosa. Y lo lee bien, lo lee con una sagacidad y con una lucidez extraordinaria y leyendo exactamente lo que hay que leer y conectando lo que hay que conectar con lo que hay que conectar. O sea que hay unas mentes brillantes.

— Te hago la última. Si te estuvieras yendo, como te estás yendo en este momento de viaje, y tenés que salir corriendo y te tenés que llevar un solo libro, ¿cuál te llevarías?
— Estoy haciéndome esa pregunta desde hace una semana y hasta ahora la respuesta que tengo son los Diarios de Kafka. La segunda, el plan B, es el Facundo, de Sarmiento.

(Risas) O sea: tu isla desierta es ese avión que te vas a tomar.
— Sí, pero me puedo estar equivocando totalmente.

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Pauls está viviendo en Berlín con su familia, por casi un año
Pauls está viviendo en Berlín con su familia, por casi un año

Ya instalado en Berlín, en un breve intercambio de mails, quise saber qué estaba leyendo Alan Pauls, varias semanas después de haber grabado el programa de radio. Me contó que está escribiendo mucho ("y bien") y que la vida cotidiana está resultando más fecunda de lo imaginado. Que todos los días busca cada día a su hijo Remo en el Jardín, que queda en Lichtenberg, en el este profundo, a 40 minutos de su casa . "Voy del Berlín multicultural y canchero al Berlin white trash, homogéneo, donde cualquier lengua no alemana despierta un desprecio instantáneo. Buena experiencia: cero turismo".

Y cuáles son las lecturas que lo acompañan en estos días, le pregunto, curiosa, ávida como todo lector tenaz, siempre con el lápiz a mano dispuesto a agendar nuevas lecturas posibles.

Y me responde: "Leo el diario berlinés de Max Frisch, que pasó un año acá (1973-4) y no habla de otra cosa que de la RDA, de lo raro de ser socialista triste (él lo era) en el capitalismo y visitar a los amigos socialistas alegres en la tierra misma que los espía y reprime. Estoy también con las novelas berlinesas de Nabokov, los ensayos de Joseph Brodsky y un ensayito muy bueno de Boris Groys sobre Ilya Kabakov, un artista conceptual ruso".

Y concluye: "Todo muy ruso-alemán".

*Fotos: Prensa Radio Nacional

 

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