"La lectura nunca me dio veneno sino plenitud enaltecida", escribe en su último libro quien seguramente es la persona más erudita de este rincón del mundo. José Emilio Burucúa (1946), historiador del arte, crítico y autor de diversos libros, tiene en su haber todos los honores académicos y conserva, también, una pulsión docente que lo acompaña en cada frase. Sus ex alumnos siempre lo recuerdan amorosamente, con el agradecimiento que solo se les brinda a quienes nos hicieron felices con el saber.

Su último libro, Excesos lectores, ascetismos iconográficos (Ampersand), fue considerado el libro del año y se alzó con el Premio de la Crítica de la última edición de la Feria del Libro. Allí, Burucúa -quien se formó y ejerció la docencia en la educación pública- hace hablar a su memoria y cuenta los modos en que fue llegando a la lectura, al tiempo que revela cuáles fueron los títulos que marcaron sus días, su pensamiento y su gusto. Para cualquier lector pertinaz su libro es un oasis, un espacio de placer y regocijo en el marco de un tiempo que amenaza con la deshumanización.

Apasionado por la ciencia, la filosofía y el arte (y con curiosidad por todo lo que ocurre en el universo, "para disipar las nieblas espesas y el ombliguismo de nuestra mirada", escribe), el profesor Burucúa consigue hacer sencillo lo imposible y posee el don de los que saben mucho y de verdad: nunca hace sentir al otro en falta y siempre entrega a cambio fervor por el conocimiento. Es imposible no pensar en él con gratitud. Lo que sigue es la reproducción de una charla que mantuvimos en el estudio de Infobae TV en la que conversamos entre otros temas sobre su vida entre libros, las ausencias queridas, su discusión tenaz con el peronismo y también sobre la incertidumbre del presente.

— Es un placer recibirlo en Infobae y es realmente un placer leerlo. Acabo de terminar su libro, Excesos lectores, ascetismos iconográficos. Me quedo con lo de excesos lectores: ¿se puede leer en exceso?
— (Risas) Y, yo creo que sí, claro. Cuando uno a veces deja de hacer cosas que debiera de hacer por su condición humana y las hace a un lado por leer. Deja de hacer cosas fundamentales. Y bueno, por ahí supedita u olvida el amor de los otros por leer.

— ¿Su familia le reclamó eso?
— Sí, creo que sí, pero nunca son reclamos explícitos, pero me doy cuenta ahora, ¿no?, al haber pasado los años. Yo he sido un hombre de mucha suerte, porque a mí me han amado tres mujeres, mi madre, mi mujer y mi hija. Y yo creo que me han querido en demasía. Tengo un hijo también, eh…

(Risas) Estamos hablando de las mujeres.
— Pero ellas me han querido en demasía me parece. Y yo las he querido a ellas sí, pero ellas me han querido más.

— Lo malcriaron.
— Me han querido más… Hay un autor ruso, creo que Chejov, que dice que en toda relación de amor hay uno que sufre más, que es el que quiere más. Entonces yo supongo que eso ha sido así porque yo leía.

— Pero su madre era una lectora.
— Mi madre era una lectora, mi mujer es una lectora, mi hija lo es también, sí. Pero ellas nunca leyeron en demasía cuando yo las necesitaba.

— Nunca le faltaron.
— Nunca, no. A mí me parece que yo sí.

— Es más, usted cuenta en este libro que muchas veces, en su ansiedad por querer leerlo todo, le pedía era Aurora, su esposa, que le contara lo que leía.
— Exactamente. Eso empezó en el viaje de bodas, porque nosotros teníamos un Citroën dos caballos y nos fuimos, en el año 1970, a la Patagonia. Con el Citroën, más de 70 kilómetros por hora no daba (risas), tardamos como cuatro días en llegar a destino. Entonces ella me contó un montón de novelas que había leído y que yo no conocía, me las contó en el trayecto. Y fue fantástico.

— ¿Y a partir de ese entonces quedó como una especie de pacto entre ustedes?
— Exactamente.

— ¿Y leen lo mismo también?
— También leemos lo mismo, sí.

— ¿Y cómo es eso, esa lectura compartida?
— Puede ir en los dos sentidos, es decir anticipármele o que ella se me anticipe. Y bueno, es muy interesante porque son dos visiones tan distintas, tan distintas, que nos pasa mucho eso en la vida cotidiana, y nos pasa también en los viajes, ¿no? Que ella cuenta cosas de los viajes y yo digo: pero yo fui con una copia holográfica tuya de viaje porque no vi eso (risas). Ella me dice "llovía ese día", y yo digo "no, no llovía". Con la lectura es lo mismo.

Burucúa se formó en la educación pública y fue docente de la universidad pública, también
Burucúa se formó en la educación pública y fue docente de la universidad pública, también

— Al mismo tiempo están esos libros que circulan no solo en las parejas sino en las familias, porque de pronto un mismo libro pasa después a manos de los hijos. Creo que era en Rayuela en donde pasaban los sueños de uno al otro a través de la almohada…
— Claro, exactamente. Después en el libro Léxico familiar, de Natalia Guinzburg, eso se lee también ¿no? Es una lectura que da vuelta y que se convierte no solo en tema de conversación sino en una cierta complicidad.

— Se instala como complicidad y se instalan historias que se inscriben en el relato familiar, ¿no?
— Exactamente. Por ejemplo, mi madre me contaba historias que ella cambiaba, ella modificaba. Y nunca supe si ella las confundía, cosa que podía ser de tanto que leía y de tanto que contaba, por eso yo aprecio tantísimo la narración y la transmisión oral, porque recuerdo a mi madre, hasta bien grande ella me contaba. Y entonces ella modificaba. Por ejemplo, ella me contó La Divina Comedia, yo todavía no sabía leer. Los niños teníamos esa cosa de… lo tienen ahora también, esa cosa del cielo, el Infierno, el castigo. Entonces yo le preguntaba mucho y ella me contó la historia de este hombre que consigue transitar los mundos, Infierno, Purgatorio y Paraíso. Y ella me decía que él había buscado a Beatriz pero que no sabía en dónde estaba, ¿no? Finalmente la había encontrado en el Paraíso. Pero claro, no es así, desde el comienzo él sabe que es un alma bendita en el Paraíso.

— ¿Pero lo cuidaba o qué?
— No lo sé por qué lo hacía. Pero fue fascinante para mí, ¿no? Esa idea de que Dante buscaba, de que no estaba seguro sobre el lugar en donde encontraría a la mujer que él había amado.

— Esto era además en un tiempo en donde la religión católica tenía peso en su casa.
— Sí, sí, por supuesto, nosotros tomamos todos la comunión, claro. Pero mi madre nos preservaba mucho, era muy laica ella. Creyente pero muy laica. Y siempre tanto ella como mi padre nos mandaron a escuela pública, del Estado.

— Usted tuvo una educación pública y para no quedarse solo con una carrera en la Universidad pública, pasó por varias.
— Por varias, sí, sí. Empecé por Medicina, luego seguí por Ciencias Exactas y terminé recalando en Filosofía y Letras claro, que era como una especie de, cómo decir, de refugium peccatorum ¿no? Me sentí muy bien yo en Filosofía y Letras.

— Llegó más grande.
— Llegué más grande, sí, ya tenía 20. Es decir no era un recién salido de la escuela secundaria, tenía experiencia de vida, claro. Era diferente, fue completamente distinto.

— ¿Hizo la carrera rápido?
— Sí, sí, habrán sido cuatro años y medio, una cosa así.

“Excesos lectores, ascetismos iconográficos” fue publicado en la colección Lectores de la editorial Ampersand.
“Excesos lectores, ascetismos iconográficos” fue publicado en la colección Lectores de la editorial Ampersand.

— En su libro, además de contar lo que tiene que ver con sus lecturas y con su vida familiar, con su esposa, con sus hijos y con sus padres, en un momento habla de un hermano.
— Así es.

— De un hermano que estaba en el ERP. Apenas lo desliza.
— Sí, sí. Yo escribí una biografía de él, no estoy muy conforme con ella, probablemente la modifique. Pero sí.

— ¿Un hermano mayor, un hermano menor?
— Menor. Yo no sé si ahí hablo de cómo en el final de su vida nos unió un libro.

— Claro, lo menciona a partir de una lectura. Pero es apenas una pincelada.
— Sí. Pero bueno, es un tema tan triste, tan triste. Y tan difícil de concebir.

— Ustedes se habían alejado…
— No, no. Lo que pasa es que él tenía siete años menos que yo. Entonces no compartíamos amistades.

— Claro.
— Pero era un tipo tan simpático. Y él quería mucho a mi hija, la quería muchísimo. Pero claro, nosotros vivíamos en Tierra del Fuego, veníamos y a él le encantaba ir a pasear con ella. Pero era complicado porque él ya estaba muy comprometido políticamente. Y entonces le contaba cuentos ideológicos, digamos así. Y nuestra hija llegaba de vuelta a casa y decía: "Les voy a contar una historia que me contó el tío Martín" "¿Ah, sí?" Entonces contaba el desembarco de Fidel en Cuba, por ejemplo. Ese era el cuento. Era un poco peligroso, pero igual, él hasta el final salía con ella. Y mi hija siempre, a pesar de tanto tiempo, ella siempre recuerda a su tío. Con el otro hijo no porque era un bebé, ¿no? Pero bueno, sí, es una historia muy triste, muy triste.

— ¿Y qué piensa que dejó eso como huella en la familia?
— Y… deja un hueco, un vacío que no se llena con nada, con nada. Y, cómo le podría decir, mi madre se murió como consecuencia de la desaparición de mi hermano, o sea que hay toda una cadena de catástrofes en mi familia por esa circunstancia, ¿no? Y fíjese que hace muy poco, hay una historia que tiene que ver con los libros y con mi hermano. Yo estaba en Alemania viviendo en Berlín.

Los dos tomos de las Cartas Berlinesas fueron publicados por Adriana Hidalgo
Los dos tomos de las Cartas Berlinesas fueron publicados por Adriana Hidalgo

De donde escribía las Cartas berlinesas, que luego fueron libros.
— Exactamente. Y la esposa de un querido amigo estaba allí, había obtenido una beca para terminar su tesis doctoral. Yo vivía en un lugar de lo que fue Berlín Oeste, Grunewald, un barrio muy lindo, con mucho verde. Y ella vivía en cambio en lo que había sido Berlín Este. Un día me llama y me dice: "Mira, te llamo porque acabo de ver a un doble tuyo." Y era impresionante porque en ese momento, con Nicolás Kwiatkowski, que es la persona con la que escribimos el libro sobre la representación de las masacres (N. de la R.: se refiere a Cómo sucedieron estas cosas. Representar masacres y genocidios, publicado por Katz), habíamos dado con una fórmula posible para dar cuenta de las masacres de la última parte del siglo XX, sobre todo donde aparece la figura del desaparecido, en Guatemala o la Argentina, por supuesto. Cómo para representar esa masacre se echaba mano, acá se echó mano de la silueta, pero la silueta es una variante del doble en realidad, ¿no? Entonces cuando me dijo eso, "Me he encontrado a tu doble", yo le pregunto cómo era. Mirá, dice, es más joven que vos. Es morocho y un poco más alto. Le juro que el corazón me dio un vuelco porque ese es mi hermano… Bueno, entonces yo le dije: si lo volvés a ver, por favor decime dónde lo viste. Dice: "Lo vi dos veces. Tomamos el desayuno en el mismo lugar." Le digo: "Mira, si lo volvés a ver una tercera le decís que yo voy a conocerlo. De todas maneras yo voy a ir, mañana mismo te acompaño a desayunar." Y fui tres veces, y él nunca más apareció. Pero yo siempre pensé que podía tratarse de mi hermano.

— Pero nunca lo pudo confirmar.
— No, nunca pude…

– José Emilio, le quiero hacer una pregunta que sé que es muy general pero no se me ocurre ninguna otra persona tan apropiada para preguntárselo. Y tiene que ver con qué es la belleza.
— Bueno, yo creo que la belleza es el resplandor… Es un resplandor de algo que nosotros descubrimos en la naturaleza, descubrimos en el otro y somos capaces de replicar y de reproducir, ¿no? De crear objetos que tengan ese resplandor. Pero no podría decir mucho más que eso.

— Se lo pregunto en función de lo que hablábamos antes acerca del punto de vista. Usted dice que viaja con Aurora y ven cosas diferentes. Sin embargo, hay momentos históricos en donde se llega a un consenso acerca de qué es lo bello.
— Sí, eso sí.

— Y ese consenso cambia. Ahora, la gente que más sabe de arte, del arte contemporáneo, ve belleza en obras de arte contemporáneo y vienen otros y dicen: ¿pero eso es arte? ¿Eso es bello?
— Claro, lo que pasa es que hay que ahondar y tratar de descubrir ese resplandor. Con el arte contemporáneo yo he tenido graves problemas. Tengo todavía. Pero he hecho muchos esfuerzos para tratar de encontrar esa reverberación en las obras de arte contemporáneo. Y me han ayudado mucho algunos museos. Yo le podría decir por ejemplo que el MALBA me ayudó muchísimo. Que me ayudó muchísimo el guión del MALBA que hizo Andrea Giunta, que me parece realmente espléndido, lo llevaba a uno de la mano para comprender el arte latinoamericano y lo conducía hasta esa esfera del arte contemporáneo que es tan compleja, ¿no? Porque, mire, en muchos aspectos la revolución estética que ha introducido el arte contemporáneo a partir de los 80 con las instalaciones, las performances, lo efímero, esa puesta en acto de lo efímero es tan radical como fue la revolución cubista a comienzos del siglo XX. Yo creo que tiene esa radicalidad, si no más. Entonces, claro, perturba, desorienta. Pero hay que hacer el esfuerzo porque se pueden encontrar cosas realmente importantes. Por ejemplo un tipo como (Gerhard) Richter. Richter, que me costó tanto, pero una vez que le quité, podemos decir, una especie de caparazón, empecé. Y después me sucedió eso también con un argentino en particular que es Guillermo Kuitca. Guillermo Kuitca que, bueno, me desorientó muchísimo al principio. Inclusive dada la gran resonancia crítica que tenía…

Burucúa habló sobre el arte contemporáneo y sus propias dificultades para acercarse a él
Burucúa habló sobre el arte contemporáneo y sus propias dificultades para acercarse a él

— Internacional.
— Internacional. Me parecía un poco un producto, algo… artificial, del mercado. Pero no, he tenido contactos con su obra que me han convencido que no es así y que es un gran artista.

— ¿Por qué cree que, por ejemplo, con el impresionismo sigue habiendo consenso? ¿Por qué en general a todos los que no sabemos mucho de arte las obras del impresionismo nos conmueven?
— Creo que es el último canto…es el canto del cisne. El canto del cisne de la mimesis, ¿no? La mimesis siempre va a ejercer sobre nosotros una enorme seducción. Porque desde niños nosotros tratamos de imitar la naturaleza y representar lo que vemos. Entonces, cómo no… no puede no atraernos la mimesis. Entonces creo que con la mimesis se puede llegar a semejante maravilla, semejante desvelamiento de la belleza, y eso es el impresionismo. Entonces, de ahí su enorme fortuna.

— Lo traigo de nuevo a la política. Juan Sonrisa le dice en un momento, o algo así, a Perón.
— Sí (risas).

En mi vida el peronismo es… un gran equívoco, digamos así. Un gran equívoco con el que, bueno, he aprendido a convivir

— El peronismo aparece siempre en sus escritos y en sus declaraciones. ¿Qué es el peronismo en su vida, José Emilio?
— En mi vida el peronismo es… un gran equívoco, digamos así. Un gran equívoco con el que, bueno, he aprendido a convivir, eh. Nunca fui peronista y ya no creo que lo sea. Ni siquiera en los años 70. En los años 70 yo voté por Balbín, lo digo así, fuerte y claro.

(Risas) Por si había dudas.
— Pero yo después sí he votado por peronistas, voté por Bordón y voté por Lavagna. Pero lo que no puedo yo tolerar del peronismo es el resabio fascistoide que tiene. Porque al general le gustaba, digamos, le gustaba Mussolini, le gustaba… Era así, no demos muchas vueltas, ¿no? Hay grandes esfuerzos por parte de intelectuales peronistas de decir que no, pero esto en realidad ya desde el origen… Después, como Perón era un hombre indudablemente inteligente, él se percató de que no iba a ninguna parte si se ahondaba ese camino, el mundo había cambiado, entonces él cambió. Pero en los primeros tiempos era todo muy parecido al fascismo. Y me acuerdo mi madre fue desde el principio una gran militante contra el peronismo, desde el principio. Cuando fue el festejo que se hace en la Plaza Francia por la Liberación de París el 24 de agosto del 44, ahí la policía carga y se lleva a mucha gente presa, entonces Perón declara en ese momento que el hecho de que no hubiera más que dos obreros entre los presos daba la pauta de cuál era la posición ideológica del pueblo argentino. ¿Se da cuenta? Decir una cosa así, cómo si alguien que hubiera estado atento a la Guerra Civil Española del lado de la República, a la Guerra Mundial del lado de los Aliados y de Rusia, cómo puede ser que cuando él que era en ese momento ministro de Guerra y no sé si ya no era vicepresidente de la República (N. de la R.: sí, lo era), hacía esa declaración. Cómo iba a estar a favor de eso. Era imposible, imposible. Y entonces yo he visto que muchas veces intelectuales peronistas han acusado a los opositores de no haberse dado cuenta de qué es lo que había ahí detrás. Era un poco difícil, el fascismo no era una mera máscara en ese momento.

– ¿Y el doctor Burucúa, su padre? ¿Cómo era, cómo pensaba?
— No era peronista, para nada. Mi padre era conservador, se había afiliado al Partido Conservador. Mi madre estaba afiliada al Partido Socialista. Pero se llevaban bien (risas). Pero mi madre siempre había salido a la calle, ya desde la época de la Guerra Civil Española ella había participado en los festivales en los que se recaudaba dinero para mandar a España.

— ¿Cómo analiza lo que fue el vínculo entre el kirchnerismo y la cultura, o entre el kirchnerismo y la educación?
— Sí, bueno, mire, en lo que se refiere a la educación, yo fui durante todo el kirchnerismo profesor de la Universidad nacional de San Martín (UNSAM). Una universidad nacional donde la mayoría de mis colegas eran, no sé si kirchneristas pero sí peronistas. Y estaba bastante identificada, ¿no? Y yo le puedo decir que jamás tuve un mínimo problema. Y era manifiesto, público y notorio que yo no comulgaba. Nunca tuve ninguna dificultad. Así que eso dicho en honor de lo que pudo haber sido, porque muchas veces se los acusó de presionar.

— Tenía libertad de pensamiento y libertad de expresión.
— Yo libertad de pensamiento tuve. No vi ningún colega que hubiera tenido presiones. Eso en lo que yo directamente conocí. Ahora, en otros puntos es indudable que esta tentación totalitaria apareció. Apareció en el mundo de la cultura, en los medios. Lo que yo digo es qué necesidad había y hay de hacer esa campaña anti mediática tan fuerte porque si analizamos desapasionadamente el tema de la influencia de los medios, yo creo como historiador me sobrarían los dedos de la mano para decirle "mire, acá en este fenómeno histórico hubo una interferencia de la prensa, más tarde de los mass media, que torció un proceso histórico". Son muy pocos eh, muy pocos. No creo que lo hayan sido nunca aquí entre nosotros. Son muy pocos.

— Termino siendo una pelea muy desgastante para la sociedad en general.
— Sí, una pelea que además instaló la grieta, porque bueno, si uno leía tal cosa. No, no, no, cuando alguien me dice: bueno, pero cómo podés creer esas cosas… Escuchame, les digo, yo tengo 72 pirulos, ¿no te parece que me doy cuenta? ¿No te parece que tengo armas como para darme cuenta de qué es lo que puede haber detrás de la manera en que se presenta una noticia? Yo creo que sí. Pero, digamos, no me trates de esa manera.

— No me subestimes.
— Claro, no me subestimes. Porque ni siquiera un niño, un párvulo, se cree todo lo que dicen los padres con toda su autoridad, muchas veces el niño también busca el revés de la trama.

Burucúa asegura que, como docente, nunca recibió presiones durante el kirchnerismo pese a que siempre se supo que él no acordaba con las ideas del gobierno
Burucúa asegura que, como docente, nunca recibió presiones durante el kirchnerismo pese a que siempre se supo que él no acordaba con las ideas del gobierno

— ¿Y qué siente cuando el gobierno toma la decisión de reestructurar el gabinete y pone a lo que era el Ministerio de Cultura y al de Ciencia y Tecnología dentro del Ministerio de Educación?
— Mire, a mí me preocupa más, le soy sincero, lo del Ministerio de Ciencia y Tecnología, más, que el Ministerio de Cultura. Porque no me parece descabellado que Cultura tenga una fuerte articulación Educación, debiera ser Ministerio de Educación y Cultura. No me parece mal eso. De todas maneras si ya estaba hecha la división uno encuentra razones para lamentar que se convierta eso en una Secretaria. Pero lo otro sí eh, lo de Ciencia y Tecnología… en el estado actual de la civilización y además del mundo al que la Argentina quiere incorporarse de una manera dinámica y activa, me parece que es absolutamente contradictorio. Porque ahí hay un meridiano de cambio, de realmente podríamos decir de creación de una sociedad nueva, más justa y más próspera que transita por la ciencia y por el desarrollo de la ciencia.

— Y como hijo de médico y como persona que ambicionó ser médico, ¿cómo ve que Salud deje de ser ministerio?
— Tampoco, tampoco. Eso tampoco puede ser. Desde ya, bueno, eso ya pasaría a otra esfera que es la de lo social inmediato, ¿no? Que también eso me parece arbitrario, escandaloso, tonto, porque ¿cuánto pueden ahorrar? Es decir, ¿eso va a incidir en la reducción del déficit? No me lo parece.

— Y en términos simbólicos en cambio tiene…
— En términos simbólicos es catastrófico, eso desde ya. Y contraproducente. Qué quiere decir. Qué quiere decir el bienestar social sin una atención primaria al fenómeno de la salud popular. Qué quiere decir, cómo es posible. Porque estos son Ministerios que tendría que ser los prolegómenos, sentar las bases para que fuera posible realmente una buena política de bienestar general, de bienestar social, y una buena política de modernización.

— ¿Por qué se quedó en la Argentina? ¿Por qué volvió siempre?
— ¿Por qué volví? Mire, cuando yo tuve la oportunidad de quedarme, tuvimos mi mujer y yo la oportunidad de quedarnos, en la Argentina estaba mi padre, que había enviudado, le había desaparecido un hijo, y estaban mis suegros, cuya única hija era mi mujer. Y mis suegros habían atravesado el mundo entero, se habían ido de Rumania, donde habían estado a punto de perder la vida en la época del nacionalsocialismo, después se fueron del comunismo, huyeron del comunismo, fueron a Israel, en Israel no se adaptaron, las condiciones eran muy duras, y mi suegra había sido una gran burguesa podríamos decir así, no hubo caso. Entonces partieron a Francia, Francia era una sociedad en crisis que salía de la guerra, tampoco consiguieron implantarse allí. Y vinieron a la Argentina. Para ellos venir a la Argentina en el año 1956, para mis suegros y para mi mujer, fue haber llegado al Paraíso, la tierra prometida. No podían creer lo que era la Argentina en aquella época. Y entonces ellos ese sentimiento, ese amor por la Argentina ellos nunca lo perdieron. Y si nos hubiéramos quedado en Italia -era la posibilidad que teníamos-, mis suegros hubieran tenido que hacer una nueva migración, lo cual no se podía. No, no, no podíamos someterlos a eso. Y de ahí que decidimos volver y bueno, volvimos y después ya nos quedamos porque reencauzamos nuestras vidas acá. Es un lugar muy agradable (risas), a mí me gusta.

— ¿Lo pasa bien?
— Sí, sí. Bueno, muy preocupado, muy angustiado, porque pienso siempre que si a mí, cuando tenía 18 años, me hubieran dicho mirá, en el 2018 la Argentina y el mundo van a ser esto que son ahora hubiera dicho: bah, vos sos un pesimista radical al que no puedo prestarle atención, porque es imposible, el mundo va a tener una evolución…

— Le hago la última pregunta. En su libro cuenta, lo cuenta también en entrevistas, que encontró muchísimo placer en lecturas como Tintín, en sagas como Star Wars y demás y cómo eso lo acercó a sus hijos y lo acerca a sus nietos. Puede sorprender que alguien tan erudito y culto como usted reivinque esas lecturas y esas producciones.
— Sí, porque eso es, cómo le podría decir… Yo creo que la épica como género, la gran pintura asociada a la épica, esos enormes catafalcos de la pintura histórica y la pintura mitológica son extraordinarios como vehículos de educación y de formación espiritual. Y entonces de ahí lo que me atraen tanto. Yo soy un lector impenitente de cartoons, de súper héroes, Nippur de Lagash por ejemplo para mí es una obra maestra del cartoon. Y efectivamente eso me acerca a mis hijos y a mis nietos, ellos lo saben y bueno, yo les digo que es una lectura inmejorable para transmitir un mundo cultural.

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