
La estabilidad corporal no tiene su origen en la espalda ni en las rodillas, sino en los tobillos. Estas articulaciones, fundamentales y a menudo desatendidas, cumplen un papel central en el movimiento diario y en la prevención de lesiones que pueden afectar otras zonas.
Dolores persistentes, torceduras frecuentes y sensación de inestabilidad al caminar suelen interpretarse como problemas aislados o propios de la edad. No obstante, especialistas citados por The Times señalaron que el origen suele encontrarse en una debilidad estructural del tobillo, una condición progresiva que puede prevenirse con determinados hábitos de movimiento, entrenamiento y elección de calzado.
El tobillo, base del sistema de movimiento
“Los pies y tobillos son la base de todo el sistema de movimiento”, explicó la fisioterapeuta Nell Mead a The Times. Indicó que la debilidad, rigidez o alteración de la propiocepción, la capacidad del cuerpo para identificar la posición del pie en el espacio, obliga a otras articulaciones a compensar esa carencia.
Ese mecanismo de compensación puede provocar desequilibrios. Mead advirtió: “Un arco hundido puede provocar que las rodillas giren hacia adentro, lo que puede causar dolor de cadera o espalda”.

Con el tiempo, el desequilibrio aumenta el riesgo de esguinces, distensiones y fracturas de tobillo, cuya recuperación puede requerir varios meses.
¿Qué define a un tobillo fuerte y funcional?
La fortaleza del tobillo depende de varios factores. La fisioterapeuta sostuvo: “Cualquier articulación sana tiene tres líneas de soporte”. Los ligamentos, que funcionan como estabilizadores pasivos; los músculos, activos y adaptables al terreno; y la forma de los huesos, que representa la última barrera estructural.
“Un tobillo sano necesita que las tres funcionen bien, además de una propiocepción aguda”, afirmó a The Times. Cuando estos elementos trabajan de manera coordinada, el tobillo absorbe impactos, transfiere potencia y soporta cargas sin comprometer el equilibrio. La ausencia de uno de estos componentes debilita todo el sistema.
La importancia de actuar antes de los síntomas
El deterioro muscular es un proceso gradual. Según detalló Mead: “Perdemos masa muscular a partir de los 30 años, hasta un 5% por década, y esto se acelera después de los 60”. Desde los 40, el debilitamiento de las pantorrillas figura entre las principales causas de desgarros del tendón de Aquiles, especialmente en hombres.

A este proceso se suma la pérdida progresiva de propiocepción desde los 50 años. En ese contexto, la fisioterapeuta afirmó que “todas las personas mayores de 30 años deberían trabajar la fuerza de las pantorrillas y los tobillos”.
Entre las señales de alerta temprana mencionó pies que se inclinan hacia adentro al caminar, dificultad para mantenerse en equilibrio sobre una pierna durante 30 segundos y sensación de inestabilidad en superficies irregulares.
También incluyó signos menos evidentes, como el desgaste desigual del calzado o episodios frecuentes en los que el tobillo casi se tuerce. “Estas son las primeras señales de alerta de su cuerpo”, advirtió.
Caminar, equilibrio y fuerza específica
Caminar es uno de los estímulos más eficaces para fortalecer los tobillos. Cada paso constituye un ejercicio de equilibrio sobre una sola pierna, activa los músculos del pie y refuerza la propiocepción. Mead sugirió prestar atención a la técnica: apoyar primero la parte externa del talón y luego impulsarse con el dedo gordo.

También recomendó iniciar en superficies planas y avanzar gradualmente hacia terrenos irregulares, como césped o pendientes suaves. “Tus tobillos se adaptan a lo que les pides, así que la variedad es crucial”, señaló.
Entre los ejercicios más efectivos mencionó mantener el equilibrio sobre una pierna durante 30 segundos por lado y las elevaciones de pantorrillas, con descensos lentos y controlados, primero con ambos pies y luego con uno solo. “Si se hacen a diario, son revolucionarios para la resistencia del tobillo”, indicó.
El calzado y la salud del tobillo
La elección del calzado incide directamente en la estabilidad. Alex Townsend, podólogo musculoesquelético y deportivo de Pure Sports Medicine, recomendó zapatos que permitan el movimiento natural del pie.
“Para el calzado de calle, opte por una base ancha y estable, una puntera amplia y deje aproximadamente un dedo entre el dedo más largo y la punta del zapato”, explicó.

Townsend subrayó la importancia de un contrafuerte firme, un sistema de cordones seguro y una suela con buena tracción. Además, desestimó la idea de una zapatilla universal. “No existe tal cosa”, afirmó, y recomendó rotar distintos modelos para reducir la tensión repetitiva y mejorar la adaptabilidad del tobillo.
En casos de lesiones previas, advirtió que el tipo de zapato debe evaluarse de forma individualizada. “El calzado debe considerarse como una receta médica: hecho a medida y específico, no universal”, sostuvo. También alertó acerca de la dependencia exclusiva de plantillas u ortesis. “Sujetarán el tobillo, pero la fuerza proviene del esfuerzo”, concluyó.
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