En el marco del Laboratorio Botánico de IVB Wellness Lab, la nutricionista Melyssa Chang ofreció una valiosa reflexión sobre cómo las decisiones diarias en torno a la alimentación inciden directamente en el metabolismo y, en consecuencia, en la capacidad de mantener un peso saludable.
Bajo el título "Apetito y metabolismo. Cómo mantener el metabolismo activo a través de la alimentación", Chang desmontó mitos y hábitos profundamente arraigados que, lejos de ayudar, entorpecen este objetivo, según publicó Vogue.
De acuerdo con la especialista, el apetito actúa como un mecanismo natural de regulación que informa sobre cuándo y cuánto comer. Sin embargo, la realidad tecnológica y las distracciones constantes alteraron esta conexión esencial.
Comer bajo un exceso de dopamina, por ejemplo, mientras se consulta el móvil o se mira televisión, impide que el cerebro registre adecuadamente las señales de saciedad, lo que lleva a ingerir más alimentos de los necesarios. Para contrarrestar este fenómeno, Chang recomienda eliminar estímulos externos durante las comidas y favorecer un entorno tranquilo.

5 errores comunes que comprometen la relación con la comida
Entre los fallos más habituales que afectan al metabolismo y dificultan una relación sana con la comida, la experta mencionó cinco prácticas especialmente extendidas:
1. El “club del plato vacío”
La costumbre adquirida en la infancia de consumir todo lo que se sirve en el plato, sin escuchar al cuerpo, se traduce en una ingesta automática que ignora la verdadera sensación de saciedad.
2. Dietas restrictivas

Lejos de ser efectivas, estas dietas disminuyen el metabolismo basal y generan una peligrosa fijación por los alimentos prohibidos. Estudios citados por la nutricionista señalan que el 90% de las personas que siguen dietas restrictivas recuperan el peso perdido entre dos y cinco años después, y presentan un 35% más de riesgo de atracones. Además, el cuerpo interpreta la restricción como una amenaza, lo que provoca acumulación de grasa y degradación muscular, un estado del que resulta difícil salir después de 60 días.
3. La falta de “vitamina S” (satisfacción)
Aunque no existe oficialmente, Chang acuñó este término para ilustrar la necesidad de incluir en cada plato elementos que generen placer y satisfacción. Desde añadir una salsa a una ensalada hasta incorporar ingredientes que resulten atractivos al paladar, la búsqueda del disfrute en la comida es clave para una alimentación equilibrada.
4. Consumo insuficiente de grasas saludables

La tendencia a priorizar las proteínas provocó, según Chang, un incremento del 35% por encima del requerimiento recomendado, en detrimento de grasas y carbohidratos de absorción lenta. Sin embargo, las grasas saludables son imprescindibles para el equilibrio hormonal y la absorción de micronutrientes esenciales como la vitamina D y el magnesio.
5. Exceso de huevos y escasez de legumbres
Aunque el huevo es una excelente fuente proteica, su consumo desmedido desplazó a otras fuentes de proteína vegetal. La nutricionista recomienda incluir legumbres entre tres y cuatro veces a la semana para diversificar la ingesta de proteínas y aportar variedad a la dieta.
Además de estos puntos, la experta subrayó la relevancia de recuperar el acto de comer como una experiencia consciente: “Hoy en día hemos convertido las comidas en una actividad secundaria mientras hacemos otras tareas. Comer debe volver a ser un ritual de conexión y cuidado personal”. Esta práctica también favorece una mejor digestión y evita el consumo impulsivo de alimentos ultraprocesados.

Chang también abordó el impacto emocional que genera la presión social por alcanzar determinados estándares corporales. Las dietas extremas y los cambios repentinos de alimentación pueden provocar frustración y desencadenar trastornos alimentarios. Por ello, recomendó optar por un enfoque integrador y sostenible a largo plazo, en el que la flexibilidad y el respeto hacia el propio cuerpo sean prioritarios.
Claves para una relación saludable con la alimentación
El enfoque propuesto por Melyssa Chang destaca la importancia de prestar atención plena a las señales del cuerpo y de huir de la culpa asociada al acto de comer. En sus palabras, la clave está en “evitar distracciones y permitir que el hambre y la saciedad sean las verdaderas guías del comportamiento alimentario”.
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