El estrés laboral o académico, producido por la sobreexigencia en las actividades, es el más fácil de detectar. Una jornada de mucho trabajo, la previa de un examen o un día cargado de obligaciones son escenarios comunes que pueden desencadenar un alto nivel de estrés y ansiedad. Sin embargo, en otros casos es difícil detectar tanto la situación que lo provocó como el estrés en sí mismo. Y, sin saberlo, el estrés se apodera del bienestar físico y mental, pudiendo provocar graves alteraciones en la salud.
"Imagine que su cuerpo y su mente funcionan al igual que un sistema de alarmas instalado en una casa", propone Celia Antonini, psicóloga y escritora. "El sistema no interpreta, solamente responde a lo que está programado. Le da lo mismo que sea un ladrón el que entra a su casa o el gato del vecino. De la misma manera funcionamos nosotros".
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La especialista explicó a Infobae que, cuando esa "alarma" se enciende, se desencadena una serie de procesos fisiológicos que liberan hormonas y preparan el cuerpo para darle la energía necesaria para poder luchar contra la situación que cree amenazante. "Estas continuas alertas si se suceden día tras día y se mantienen por tiempos muy prolongados, nos llevarán a que el estrés se transforme en estrés crónico", indicó Antonini. "La manera en que experimentamos las situaciones que vivimos determina la forma en que reaccionamos. Pero para cada uno de nosotros, los factores que nos estresan (los que nos hacen sonar nuestra alarma) son diferentes".
Según Sonia Lupien, neurocientífica canadiense de la Universidad de McGill en Montreal, hay cuatro características de una situación que disparan la alarma del estrés en el cuerpo: novedad, impredecibilidad, descontrol y amenaza. "Cuantas más características se cumplan, mayor será el estrés que experimentamos", explicó Celia Antonini.
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Lupien divide a su vez el estrés en tres fases para entender cómo funciona y poder reconocerlas: "La primera fase cuando el estrés comienza a cronificarse, la digestión cambia. Es la primera señal de que algo está funcionando mal. En la segunda fase el cerebro comienza a pedir algo bueno; en este punto se bebe más alcohol, o se fuma más o se come más. Cualquier cosa que nos guste empezaremos a usarla más porque el cerebro necesita algo que le guste para calmarse", desarolló la especialista sobre la teoría de Lupien. Y agregó: "En la tercera fase es cuando enfermamos. Ahora se hacen presentes los problemas de memoria, cambios en la personalidad, nos enojamos más rápidamente; aquí, en esta fase aparece la sensación de estar 'quemado' y la depresión".
Lo importante de esa simplificación de los estadios del estrés es que, de esa manera, es fácil reconocer las fases y poder combatirlas a tiempo. "Identificar cuándo estamos excesivamente estresados es la clave para detener a tiempo el proceso. Debemos estar atentos y aprender a detectar cuántas veces hacemos sonar la alarma y buscar un plan B para comenzar a desactivarla", concluyó Antonini.
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