Los cuentos de Facundo Arana: “El médano alto. El más alto del mundo”

En esta nueva entrega de sus relatos, el actor nos sumerge en un episodio con su papá que resalta la importancia de valorar los vínculos familiares y también la vida, sin importar los años

Facundo Arana (Foto: Mario Sar)
Facundo Arana (Foto: Mario Sar)

Los personajes somos mi papá y yo. Esta historia ocurre en una ventosa y muy solitaria tarde en una playa alejada. Él y yo. Solos. Estamos sentados en la camioneta frente al médano exquisitamente alto. No es peligroso si se lo encara bien: derecho, sin permitir que un derrape te ponga la camioneta de costado y que la gravedad haga el resto. Nada de eso. Solo encarar derecho, motor alegre, y sabiendo que las gomas tienen las libras adecuadas. Y que después de todo, ese que tengo al lado es mi SuperLeón veterano de mil batallas, al que hace rato le falta sacudir un poco las mañas.

Hace unos años se quebró la espalda. Descubrieron que tenía una osteoporosis galopante en la columna. Y hoy camina sin bastón y sigue dando sus clases en la Universidad. Bueno, porque es un León. Estuvo por morir muchas veces. Muchas son realmente muchas. Muchas.

Este año cumplió los ochenta y le sacaron el registro de conducir. Uno entiende: para no ser un riesgo para otros, por los reflejos, etcétera. No puede manejar más. ¡Con lo que le gustaba!

Y acá estamos, frente al médano. En silencio. Al volante, él. Fuimos a dar una vuelta juntos y aprovechando una parada técnica (!) lo puse a manejar. Con todo lo que le gustaba hacerlo, nunca manejó en la arena; en su época no había vehículos particulares todoterreno. Al principio lo noté incómodo. Es que él nunca jamás hizo nada en contra de las reglas, y mucho menos fuera de la ley. Fueron como diez segundos. Cuando no sabés cuándo acaba la vida, diez segundos de tiempo es un montón. Nosotros aprendimos que no se sabe cuándo se termina. Todos en casa sabemos eso. Lo sabemos de verdad.

Después de esos de diez incómodos y eternos segundos, todo fue una carcajada constante, sacándonos fotos geniales. Él, manejando con la sonrisa de un niño que parecía olvidada.

Sí. Acá estamos. Frente al médano. En silencio.

De golpe, murmura despacio como un chico travieso lo más gracioso de la tarde: “¿Yo puedo hacer eso...?”. Se refiere a si puede arremeter contra el médano exquisitamente alto y poner la camioneta arriba. Alto en serio el médano, ¡eh!

Yo le digo que creo que sí. Le digo así: “Sí. Yo creo que sí”.

Tiene ochenta años y sabe que de aquellas operaciones de espalda y con el estado delicado de sus huesos, si sale algo mal estamos en el horno.

Me pide que lo pensemos bien.

Finalmente dice: “Si volcamos, te podés lastimar.”

Yo: —Tengo 43. Decido por mí. Vamos por todo.

Él: —Tengo 80. Si nos la ponemos de sombrero... no la cuento.

Yo: —Si me das un contrato que dice que termino a los ochenta encarando un médano como ese, muriéndome de risa junto a mi hijo, firmo ya mismo.

Me mira. Mira el médano. Nos reímos mucho. ¡Me doy cuenta que le da nervios! No vamos a hacer eso. No con él al volante.

Me vuelve a mirar con los ojos prendidos fuego.

Qué capo, mi viejo...

Las carcajadas se oyen muy fuerte desde adentro de la chata. Encara como final de película perfecta.

La peli termina ahí...

No recuerdo si trepamos ese médano o no.

Bueno, en realidad sí que me acuerdo. ¡Me acuerdo un montón!

Facundo Arana y su padre, el abogado Jorge Arana Tagle
Facundo Arana y su padre, el abogado Jorge Arana Tagle

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