Los cuentos de Facundo Arana: “Le monde”

En esta ocasión, el actor nos comparte un relato sobre la experiencia de pasar a “ese otro mundo”, allí donde todo es tan distinto

Facundo Arana (Foto: Mario Sar)
Facundo Arana (Foto: Mario Sar)
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Pasé a ese mundo por un rato. Ni largo ni corto en cuanto a tiempo; en ese mundo el tiempo no se mide. No hay tiempo. Ese mundo... El de las almas que han dejado el cuerpo. Claro, no era en el cielo. Es acá mismo, pero resulta difícil de explicar. No son dimensiones, ni continuum, ni nada de eso. No se explica tampoco con cuestiones cuánticas, ni siquiera con la fe de ninguna religión. Nos es vedado a nuestros ojos, a nuestro conocimiento, a nuestras posibilidades. Escapa a nuestra comprensión. Escapa a nuestra lógica...

Aunque la fórmula fue sencilla.

Pocos días atrás había estado observando a una babosa comer. Y me pregunté por qué no podía el animalito comprender algo tan simple como: “Pará de comer”, “Seguí comiendo”, “Avanzá”. Del mismo modo, no podemos nosotros comprender el mundo al que va un alma al dejar su cuerpo. Nos excede. Como decirle con la mente a una babosa que avance. La cuestión es que pedí amablemente ir de visita a ese lugar adonde llegan las almas. Quería saber.

Utilicé la misma fórmula para pasar a ese lugar. Acepté que no está en mi rango de percepción ni de la posibilidad. E insistí durante el tiempo suficiente como para llamar la atención de lo que mis ojos y la percepción humana no pueden ver o entender... Me quedé en silencio pensando que quería visitar ese lugar, como si la babosa que veía comer, de golpe se hubiese quedado quieta, deseando que yo la llevara de la mesa hasta el piso. Y para lograrlo simplemente se quedó deseando eso. Pero de pronto, imaginen que yo la levanto y la pongo en efecto en el piso. La felicidad y la sorpresa de la babosa hubieran sido extraordinarias, pero yo no lo notaría. Su idioma y percepción están completamente fuera de mi rango, de mis posibilidades.

Para seguir, es necesario saber que somos tremendamente limitados. Mucho más de lo que creemos. Pero tremendamente más que mucho. Infinitamente más. La palabra posibilidades nos queda inmensa. Como medir la velocidad máxima de la babosa en kilómetros por segundo. Así. Hasta ridícula.

Lo curioso, es que aquello que no puedo nombrar, me llevó. Como yo a la babosa. Pero yo no había pedido ir al piso, sino ir al sitio al que van las almas cuando dejan el cuerpo.

Lo más sencillo sería decir que fue una ensoñación. Me encontré en ese lugar suavemente, en ese mismo momento. Existe. Todo está bien allí. Realmente bien. No es que uno se da cuenta; sencillamente, reina una sensación de plenitud absoluta. Pienso que puede deberse a que los dolores de espalda o de cabeza, o la ansiedad, o las broncas... todas tienen que ver cuestiones del cuerpo. Y el cuerpo ya quedó atrás. La adrenalina, las endorfinas, las hormonas, bla bla bla. Los recuerdos, las emociones, las lágrimas y las carcajadas, la sensación de motor caliente o frío, de auto viejo o nuevo, cuerpo golpeado o entrenado. Las horas transcurridas desde el nacimiento en este cuerpo.

Ahí las cosas son de otra forma. No hay forma. Ahí ya no hay cuerpo que pueda crear. Ni mente. Ni corazón. Las almas no necesitan mucho esfuerzo para habitar un cuerpo. Ni siquiera hacen un esfuerzo para dejarlo.

Está todo bien de aquel lado, en ese mundo que nos habita a nosotros, pero que escapa a nuestras más altas capacidades.

Todos los días se cuentan historias de mensajes, milagros, apariciones. Que si la vida, que si la muerte, que si Dios, que si el Cielo, que si esto, o aquello...

Lo maravilloso es que la prueba es sencilla. En el fondo, en lo más recóndito del conocimiento ancestral más puro que todos tenemos, conocemos la respuesta a todo eso. Cosas de las que no se habla y en las que no se piensan. Pero son respuestas que nos habitan.

Las sabemos todos. ¿Te pusiste a pensar? Hacelo ahora, mientras leés. Si intentás verlos, podés saberlos pero no imaginarlos. Y si los dibujás, no vas a poder. ¡Ja! ¡¿No es genial?! Saludalos, les gusta. Nos siguen queriendo. Y ahora el nivel de su comprensión de multiplicó por infinito. No los vas a ver. Pero sabés que están ahí.

Y sonreís.

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