Los cuentos de Facundo Arana: “De investigadores e impostores”

En esta nueva entrega el actor nos acerca un desconcertante relato inspirado en “El cautivo”, de Jorge Luis Borges

Facundo Arana (Mario Sar)
Facundo Arana (Mario Sar)
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"Me desperté de a poco, sin sobresaltos. Mi conciencia se fue acercando lentamente, como siempre. Sin apuro. Le gusta así. Lo que vendría era lo de cada mañana. La claridad tibia sobre la cama pensada desde que dibujé la casa. El sonido propio del día a esa hora, los pájaros que se escuchan siempre de fondo, eventualmente los pasos de...

Nada.

Me sorprendió esa nada. Como haber llegado a la puerta que siempre está allí, y darme cuenta por primera vez en mi vida que la puerta no estaba más.

Es impresionante lo rápido que se acaba el aire cuando no se estaba preparado para no respirar y de golpe no hay nada que respirar.

Oscura negrura absoluta. Nada. Nada de nada. Me quiero despertar, pero no puedo. Y quiero pedir ayuda pero no hay nada. Negro. Negrura absoluta. Inabarcable. Como estar flotando en un Todo de Nada. Negro absoluto. Amo los colores, y los conozco a todos muy bien. Pero este color negro tiene hasta peso. No sabía que se podía sentir semejante ahogo en un espacio tan inmenso. Es que la negrura lo hace como un traje de goma apretada, pegada a mi cuerpo y a cada partícula del universo.

No voy a saber durante un buen rato qué es lo que está pasando”.

Esas fueron las líneas que el niño había escrito con su caligrafía infantil y ni un solo error de ortografía en su cuaderno. El hombre adulto guardaba silencio, el otro papel sobre la mesa le gritaba su contenido escupiendo significados, que por supuesto le quedaban grandes.

De pronto, el adulto habló:

“Tengo dos problemas con esto que escribiste. El primero es que el lenguaje que usás no es propio de un chico de diez años. La forma de decir lo que contás te queda enorme. Incluso si fueses escritor. Pero vamos a dejar pasar ese dato porque parece un detalle menor en comparación a lo segundo. Lo que me tiene abrumado es lo que describiste en la carta".

“¿Por qué llama carta a ese papel que escribí yo mismo y nadie tenía permiso para leer?”, pregunta el niño con la soltura con la que un niño preguntaría por qué el agua hierve a una determinada temperatura. La respuesta, claro, existe. Pero este adulto rara vez tiene a mano esas respuestas cuando las necesita.

“Eso es algo absolutamente personal. Íntimo. Estaba en mi cuaderno. No el de clase, sino en mi diario. Y usted lo tomó. Y ahora yo estoy sentado acá hablando de mi intimidad a la que usted llama carta”.

Hay varios motivos por los que el director de la escuela primaria se siente inquieto: las palabras que hay en ese papel fueron escritas en clase. La maestra vio cómo ese niño sentado en el primer banco tomó su cuaderno de la mochila, abrió esa página en blanco, y comenzó a escribir erráticamente. Ella le pidió que dejara de hacerlo y el chico parecía ido. Según le dijo luego al director, parecía incluso que el chico estaba respirando de una forma extraña que ella no podía describir. Y que al mirarlo, parecía un anciano.

El director cree ver en el niño cosas que no termina de entender, mientras el joven mira despreocupadamente por la ventana hacia el patio.

“Todo nos queda grande. Hasta las preguntas que parecen tener respuesta simple”, dice el chico, sin dejar de mirar al patio. Y sigue: “Por momentos quiero vivir mi vida como con la edad que tengo, pero esa voz no para de dictarme cosas. Al principio me daba miedo... Después, la misma voz me calmó. Dijo que le gustaba sembrar misterio, y que yo me iba a olvidar rápidamente de lo ocurrido, que además no iba a tener importancia más que para su alma buena y más traviesa de lo que todos creían”.

El director se sirve café. Sigue mirando al niño que envalentonado habla como si estuviera prestando su cuerpo a algún misterioso visitante.

“¿Quién cree usted que escribió mejores ensayos? ¿Stevenson o Bioy Casares? Y si es tan amable, responda también: ¿quién de esos sería más travieso? ¿Y quién cree que era el mejor escritor de los dos? Y para terminar: uno de ellos, o algún otro, era un iluminado con las letras, pero pensaba de sí mismo que era un impostor absoluto".

El director se encuentra en un problema..

“No se preocupe. Yo conozco la respuesta pero siempre fui bastante cobarde y no me animaría a decirlo. Ni siquiera ahora”.

El directivo está a punto de intentar esgrimir cuando nota que el niño exhala casi imperceptiblemente a contrarrespiración, tose del mismo modo, y lo mira.

“¿Que pasó?”, pregunta con dulzura e inocencia el pequeño.

Como si de pronto se hubiera roto el hechizo, y aliviado por no tener que lidiar con algo que lo excede tanto, el director se ríe, le pregunta al joven si se siente bien y si quiere un vaso de agua, y luego le pide que vuelva a la clase. Al pasar, mientras el chico camina frente a él, le pregunta con tono amistoso: "¿Querés decirme algo más?”. Y al pasar: “El cuchillito de mango de asta sigue escondido en la campana. Y era en Junín”, dice el niño, o algo así es lo que escucha el directivo, que por desgracia no entiende ni recordará.

Da el tema por terminado. Toma el papel escrito, lo rompe en pedazos y lo tira al cesto.

Solo un día después, el 14 de junio de ese 1986, la respuesta gritaría muda desde los diarios.

La caligrafía sobre el papel pudo ser infantil, o la de un anciano escribiendo sin mirar y con su mano menos hábil, para despistar.

El bendito papel que fue roto y descartado tenía unas líneas escritas en tono conmovedoramente educado, dulcemente sexual dirigidas a una tal “Querida M.”, que fue interpretada como "M" de "Maestra”, por la docente y por el pobre director.

Pero como sea, al final nadie habrá sabido ver. Ni escuchar. Ni entender.

Para eso el director debería haber sido Sherlock Holmes, Hércules Poirot, o incluso Parodi, pero hubiese sido demasiado evidente.

El niño, que hoy tiene cuarenta y tantos años, lee a uno de esos inolvidables escritores sin saber por qué lo apasiona tanto, ya que al final del libro, es siempre poco lo que entiende.

O así dice, mientras asiente imitando imperceptiblemente al maestro, que desde el más allá sonríe junto a él.

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