
La idea de que en el interior humano actúa un “cerebro múltiple” con redes rivales rompe con la visión tradicional de una mente única y racional. El neurocientífico David Eagleman explicó en The Diary Of a CEO que nuestra vida cotidiana está marcada por la competencia entre distintas redes neuronales, lo que genera contradicciones como la pugna entre el autocontrol y el impulso inmediato.
La neuroplasticidad permite crear caminos nuevos, especialmente cuando existe curiosidad o se plantean retos diferentes, y la tecnología puede expandir o limitar nuestras capacidades cognitivas según el modo en que la utilicemos.
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La paradoja del “cerebro múltiple”: redes rivales y contradicciones
“No somos una sola persona racional: nuestro cerebro es un parlamento de redes que compiten entre sí”, afirmó Eagleman en diálogo con el conductor del podcast, Steven Bartlett. Según el especialista, existen aproximadamente 86.000 millones de neuronas organizadas en circuitos que proponen conductas opuestas.
Ante dilemas cotidianos como decidir comer algo por impulso o resistirse para cuidar la salud, describió el proceso como un debate en el que diferentes “sistemas” internos, todos pensando en el bienestar general, luchan por determinar la acción final.
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Por eso, sostiene que estrategias como el “contrato de Ulises”, anticiparse y modificar el entorno para evitar caer en la propia tentación, ayudan a alinear las decisiones con los objetivos personales.
Comprender esta multiplicidad implica abandonar la idea de ser una mente única. Para Eagleman, aceptar la coexistencia de impulsos encontrados permite tomar mejores decisiones y mantener una vida más coherente con los propios valores.
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Qué es la neuroplasticidad y cómo mantener el cerebro joven
La neuroplasticidad es definida por el neurocientífico como la aptitud del cerebro para remodelarse a lo largo del tiempo según las experiencias vividas: “El cerebro es plástico porque mantiene las huellas de lo aprendido”.
Destacó que al nacer, la inteligencia es fluida, lo que permite adaptarse a diferentes lenguas y destrezas. Con la edad, esa plasticidad va dejando paso a una inteligencia cristalizada, eficiente para tareas ya dominadas pero menos flexible ante lo desconocido.
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Sin embargo, recalcó en The Diary Of a CEO que nunca se pierde del todo la capacidad de transformación. “Buscar incomodidad, nuevos desafíos y romper la rutina son claves para que el cerebro siga construyendo nuevas conexiones”, aseguró.
El neurocientífico añadió que la mayor conectividad cerebral ocurre a los dos años de edad, pero conservar rutas mentales robustas depende de la exposición a experiencias novedosas a lo largo de la vida.
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Además, subrayó la importancia del ejercicio físico, la alimentación equilibrada y el descanso para la salud cerebral. Aunque en humanos el debate persiste, estudios en animales muestran que la actividad física favorece la formación de nuevas neuronas.
El impacto de las redes sociales e internet en la inteligencia
Respecto a la tecnología digital, Eagleman sostiene una postura optimista: “Las redes sociales pueden ampliar el potencial cognitivo de los jóvenes al exponerlos a nuevos conocimientos”. Subrayó que en la actualidad, niños y adolescentes acceden a un “menú intelectual” mucho más amplio, lo que estimula un aprendizaje personalizado y motivado.
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No obstante, advirtió sobre los riesgos de las cámaras de eco y los algoritmos que refuerzan creencias previas, los cuales pueden limitar la perspectiva y agravar la polarización. Por este motivo, recomendó que la interacción digital se convierta en un reto intelectual genuino. “El aprendizaje perdura cuando surge del interés real y la búsqueda de respuestas, no solo por acumulación pasiva de datos”, puntualizó.
Sugirió usar la inteligencia artificial como tutor personal, formulando preguntas abiertas y solicitando respuestas honestas. De este modo, la inteligencia artificial puede señalar puntos ciegos en el propio pensamiento y propiciar el desarrollo crítico.
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Sueños: la nueva hipótesis sobre la función cerebral de la corteza visual
Uno de los aportes recientes de Eagleman es la hipótesis de que soñamos para defender la corteza visual durante el sueño. En The Diary Of a CEO, explicó que si esa zona queda inactiva, otros sentidos pueden ocuparla rápidamente; basta cubrir los ojos por 60 minutos para iniciar este proceso.
Detalló que cada 90 minutos durante la fase REM, el cerebro emite actividad aleatoria en la corteza visual para evitar que otras modalidades sensoriales invadan ese espacio. Este patrón se observa también en animales y es más intenso en especies con cerebros más plásticos. Incluso los mamíferos ciegos mantienen el mecanismo, lo que evidencia su origen evolutivo antiguo.
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Para Eagleman, el sentido de los sueños suele ser insustancial: en su mayoría, son simplemente absurdos, resultado de estímulos aleatorios más que de mensajes ocultos.
Comparación entre la inteligencia artificial y el cerebro humano
Eagleman enfatizó las diferencias básicas entre las redes neuronales artificiales y el cerebro humano. Sostiene que, aunque la inteligencia artificial puede ser creativa, carece de emociones y de la experiencia que caracteriza al aprendizaje humano.
Remarcó que la inteligencia artificial imita apenas algunos principios cerebrales, pero a una escala y con mecanismos mucho más simples. Una célula cerebral humana presenta una complejidad comparable a la de una ciudad, muy por encima de los nodos artificiales actuales.
El neurocientífico hizo énfasis en que los humanos pueden captar conceptos complejos con solo una experiencia, mientras que los sistemas artificiales requieren millones de ejemplos y costosos procesos de entrenamiento. Además, solo los seres humanos viven emociones profundas y contextos sociales que enriquecen la memoria y la creatividad.

Considera que la tecnología debe fomentar lo auténticamente humano. “Quizás la inteligencia artificial está impulsándonos a privilegiar la experiencia real, el contacto directo y la creatividad propia de la interacción social”, reflexionó.
La evidencia muestra que el aprendizaje continuo y el desafío intelectual, sin importar la edad o el desgaste cerebral, mantienen vivas las rutas mentales y permiten conservar la capacidad de seguir creciendo y recordando durante toda la vida.
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