
Aunque experiencias con el dolor y el placer son entendidas como sensaciones opuestas, ambos comparten una raíz común: el procesamiento neurológico de señales físicas e interpretaciones subjetivas. Los avances en neurociencia demostraron que estas sensaciones no dependen únicamente del cuerpo, sino de cómo el cerebro las interpreta, anticipa y modula a lo largo de la vida.
Las emociones, el entorno, el estado hormonal e incluso la hora en que se produce un estímulo afectan la manera en que el organismo percibe qué puede doler o resultar gratificante. Según explicó el neurocientífico Andrew Huberman para un capítulo de su podcast —Huberman Lab—, el cerebro humano es capaz de transformar una señal eléctrica originada en la piel en una experiencia compleja, influenciada por diversos factores.
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Cómo la piel y el cerebro procesan las experiencias
De acuerdo con Huberman, la piel como el órgano más grande y multifuncional del cuerpo, cumple un papel fundamental en la percepción sensorial. “No solo actúa como barrera protectora, sino que contiene una amplia red de neuronas sensoriales capaces de detectar desde un leve contacto hasta cambios extremos de temperatura o presión”, explicó el especialistas.
Estas neuronas, cuyos cuerpos celulares se encuentran en los ganglios de la raíz dorsal, conectan la piel con el cerebro y la médula espinal, estableciendo así una vía directa de transmisión sensorial. Es así que cada tipo de estímulo —como un toque suave, una presión intensa, calor, frío o ciertos químicos— activa receptores específicos en la piel.
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Sin embargo, todas estas señales se transmiten como impulsos eléctricos, un lenguaje común para las neuronas. Aunque la señal sea similar, el cerebro puede distinguir claramente entre un cubo de hielo y un ají picante gracias a la interpretación que realiza la corteza somatosensorial.
En dicha región cerebral se encuentra una representación detallada del cuerpo, conocida como el homúnculo sensorial. Zonas con alta densidad de receptores, como los labios, los dedos, la cara, los pies y los genitales, ocupan una proporción mayor en este mapa. Esta organización explica por qué algunas partes del cuerpo son más sensibles al dolor o al placer que otras.
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Factores que influyen en la percepción del dolor y el placer
La experiencia del dolor y el placer varía entre personas y situaciones. Según el neurobiólogo, factores como la expectativa, la ansiedad, el ritmo circadiano y la genética pueden influir notablemente en estas sensaciones.
Por su parte, la expectativa desempeña un papel relevante. Una persona que anticipa un estímulo doloroso, como una inyección, puede percibir menos dolor si tiene entre veinte y cuarenta segundos para prepararse. En cambio, si el aviso llega solo dos segundos antes, la ansiedad puede intensificar la percepción.
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El ritmo circadiano, que regula los ciclos diarios del cuerpo, también afecta la tolerancia al dolor. Durante el día, las personas suelen ser más resistentes y experimentan placer con mayor facilidad. En la noche, especialmente entre medianoche y las cinco de la mañana, el umbral de dolor disminuye, por lo que estímulos tolerables durante el día pueden resultar más intensos.
Mientras que la genética influye de forma determinante. Huberman mencionó estudios que señalaron que “las personas pelirrojas, debido a una variante en el gen MC1R, presentan un umbral de dolor más alto”. Esta condición se asocia con una mayor producción de endorfinas endógenas, sustancias que actúan como analgésicos naturales del organismo.
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Ejemplos y experimentos ilustrativos
Para mostrar la subjetividad del dolor, Huberman citó experimentos realizados en la Universidad de Stanford y otras instituciones. En una prueba, se pidió a participantes sumergir la mano en agua fría y calificar la intensidad del dolor del 1 al 10. Los resultados variaron ampliamente: algunos calificaron la experiencia como muy dolorosa, mientras que otros apenas la notaron.
Un caso publicado en el British Journal of Medicine, y mencionado en Huberman Lab, describió a un obrero que creyó haber perforado su pie con un clavo. El dolor fue tan intenso que necesitó atención hospitalaria. No obstante, al quitar la bota, se comprobó que el clavo había atravesado entre los dedos sin causar daño físico. La creencia de estar herido generó una respuesta de dolor real.
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Otro experimento simple propuesto por Huberman se basa en la discriminación de dos puntos. Si una persona con los ojos cerrados recibe dos estímulos en la yema del dedo, los distingue como puntos separados. En cambio, si se aplican en la espalda, puede percibir solo un punto, debido a la menor densidad de receptores en esa zona.
Herramientas y tratamientos para modular el dolor
Existen diversas estrategias para modular el dolor, que van desde medicamentos hasta técnicas tradicionales. Según lo difundido en Huberman Lab, uno de los fármacos utilizados para tratar la fibromialgia y el dolor crónico es la naltrexona en dosis bajas. Aunque originalmente fue diseñada para tratar adicciones a opioides, actúa bloqueando receptores en las células gliales, reduciendo la sensación de dolor generalizado.
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Asimismo, la acetil L-carnitina en dosis de 1 a 4 gramos diarios, demostró eficacia en la reducción de síntomas de dolor crónico y en la aceleración de la cicatrización. Huberman destacó que “estos efectos están respaldados por estudios científicos y no deben considerarse recomendaciones médicas sin consulta profesional”.

Entre los tratamientos no farmacológicos, la acupuntura recibió creciente atención científica. Investigaciones del laboratorio de Chuchu Mars, en la Harvard Medical School, exploraron la electroacupuntura, que combina agujas con estimulación eléctrica. Según Huberman, estimular zonas como el abdomen o las piernas puede activar circuitos neuronales que modulan la inflamación y el dolor.
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El doctor John Mackey, jefe de la división de dolor en la Universidad de Stanford, citado por Huberman, señaló que la acupuntura ofrece alivio a una parte de los pacientes, aunque en otros su efecto es limitado. Esta diferencia podría deberse a variaciones individuales en la respuesta biológica a la estimulación.
Placer, neurotransmisores y el riesgo de adicción
El placer, al igual que el dolor, surge de la interacción entre la piel, el cerebro y los neurotransmisores. Huberman explicó que la dopamina y la serotonina son los principales mediadores químicos del placer. La dopamina se relaciona con la motivación y la búsqueda de recompensas, mientras que la serotonina se vincula al bienestar y la satisfacción inmediata.
También, el equilibrio entre ambos neurotransmisores es esencial. Cuando sus niveles están bajos, se dificulta experimentar placer, condición conocida como anhedonia, común en la depresión. Medicamentos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) o el bupropión ayudan a elevar estos niveles y mejorar el estado anímico.

No obstante, Huberman advirtió sobre el riesgo de estimular de forma excesiva la dopamina, ya sea mediante sustancias o comportamientos adictivos. “Cada vez que se activa intensamente el sistema de recompensa, el cerebro ajusta su sensibilidad, lo que puede reducir la capacidad de sentir placer y aumentar la percepción del dolor”, apuntó.
Estos fenómenos explican el ciclo neurobiológico de muchas adicciones, donde la búsqueda constante de placer termina por deteriorar el propio sistema que lo regula. De este modo, la ciencia continúa avanzando con el objetivo de ofrecer soluciones personalizadas y basadas en evidencia para elevar la calidad de vida.
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