
No me costó encontrar el parque. Me costó encontrar la entrada. El GPS me marcaba que estaba justo enfrente, pero enfrente solo había la estación del tren. Cada vez que me daba vuelta, la flecha enloquecía y empezaba a señalar callejones sin salida. Llevo un rato dando vueltas mirando el teléfono, el tren, la rambla, de nuevo el teléfono. Los cuatro bancos de este lado se fueron poblando de viejos y viejas que me miran, cuchichean y se ríen hasta que me rindo y les pregunto si es cierto que hay un parque por allí, que por qué no veo la entrada. “Está allí enfrente, ¿no la ves? Justo detrás de esos árboles, pero hay que dar la vuelta y cruzar por ese costado para poder llegar”. No sé cuál de todos escuché, porque era un coro de voces enseñándome y señalándome lugares entre trenes y árboles y mesas pobladas de jóvenes tomando cervezas.
Hasta hace algunos años habría pensado que simplemente había tenido suerte. Mientras camino hacia el parque entiendo que nadie dibuja en un plano ese coro de desconocidos que termina orientando a quien se perdió. Los urbanistas hablan de accesibilidad, de movilidad, de seguridad vial. Los arquitectos discuten materiales, sombras y pendientes. Pero en ese coro de voces estaba ocurriendo algo que ninguno de esos planos sabe cómo medir: una parte de la salud pública del siglo XXI.
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Durante mucho tiempo buscamos las respuestas al envejecimiento casi exclusivamente dentro del cuerpo: hospitales, medicamentos, gimnasios, suplementos, genética. Todo eso importa. Pero a medida que las sociedades envejecen aparece otra pregunta: ¿qué papel juega la ciudad en la posibilidad de seguir perteneciendo al mundo? No solo de caminar por él, sino de formar parte.
Durante décadas hablamos de ciudades “amigables con los mayores”. Era un avance respecto de ciudades pensadas únicamente para adultos jóvenes, pero seguía encerrando una lógica de compartimentos: aquí juegan los chicos, allá hacen gimnasia los mayores, más allá están los adolescentes, en otro edificio los jubilados. Una sociedad que va a convivir durante décadas con cuatro o cinco generaciones vivas al mismo tiempo necesita otra cosa: lugares donde esas generaciones no sean invitadas ocasionales unas de otras, sino vecinas cotidianas.
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La evidencia empieza a ir en esa dirección. Investigadores de Barcelona siguieron durante días a personas mayores mediante dispositivos GPS y acelerómetros para observar cómo usaban la ciudad. Descubrieron que la presencia de espacios verdes, árboles y bancos se asociaba con más tiempo fuera del hogar y con mayores niveles de actividad física. Un banco deja de ser entonces un simple mueble urbano. Es un permiso para salir. Para alguien que teme cansarse, saber que podrá sentarse cada doscientos metros agranda el barrio. El territorio ya no termina donde empiezan las piernas: termina donde desaparece la posibilidad de descansar.

Pero la investigación también encontró algo más incómodo. No alcanza con poner bancos. No cualquier banco produce comunidad. Un asiento perdido frente a una avenida no funciona igual que uno junto a una rambla, un mercado, una escuela o una plaza donde pasan cosas. La arquitectura no fabrica amistades, pero puede reducir la distancia entre desconocidos. Puede hacer que sea natural mirar cómo juegan unos chicos, comentar el clima, señalar el camino a alguien que se perdió o simplemente reconocer la cara de quien se sienta todas las mañanas en el mismo lugar.
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Eric Klinenberg, uno de los sociólogos que más trabajó el concepto de infraestructura social, sostiene que las bibliotecas, las plazas, los mercados, los cafés y las veredas no son solamente escenarios donde transcurre la vida colectiva: son parte de la infraestructura que la hace posible. Cuando desaparecen esos lugares, no desaparecen únicamente los bancos o los árboles. Desaparecen miles de interacciones mínimas que sostienen la sensación de pertenecer a un mundo compartido.
Las relaciones no dependen solamente de las personas. También dependen de los lugares donde esas personas tienen oportunidades de encontrarse una y otra vez. Y, al mismo tiempo, el problema no siempre es la falta de plazas. Muchas veces es la falta de tiempo para habitarlas. O la falta de diseño de esos lugares para que inviten a quedarse.
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Vuelvo del parque y me siento en una de las tantas mesas pobladas de jóvenes tomando cañas y parejas cincuentonas con sus vermuts. Me pido una Vichy bien fría y abro el libro que acabo de comprar en la librería cooperativa de la esquina. Delphine de Vigan, Las gratitudes. Michka ya no puede vivir sola y tiene que ir a una residencia. Cada página es un acto de amor y gratitud y también de melancolía y duelo. “Pongo todo mi empeño, pero no funciona, siempre acabo hablándole como si fuera una niña y se me rompe el corazón pues sé muy bien qué tipo de mujer ha sido. Sé que ha leído a Doris Lessing, a Sylvia Plath y a Virginia Woolf, que aún está suscrita a Le Monde y que sigue leyendo el diario de cabo a rabo todos los días”. Descubro a Michka y empiezo a quererla en medio del parloteo de las mesas vecinas y las miradas lentas y las risas pequeñas de los viejos y viejas que han poblado los bancos de alrededor.
Hay una diferencia importante entre interacción y compañía. Durante mucho tiempo medimos la vida social preguntando cuántos amigos tenía alguien, cuántas llamadas recibía, cuántas reuniones mantenía por semana. La investigación más reciente sobre espacio público empieza a mostrar otra dimensión: también hace bien compartir un lugar con otros aunque no medie conversación. Leer rodeado de gente. Mirar pasar la tarde. Reconocer las caras habituales. Sentir que uno forma parte de un paisaje humano.
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La buena ciudad no obliga a relacionarse. Hace posible que la relación ocurra cuando aparece la ocasión.
Jan Gehl, el arquitecto danés que transformó la manera de pensar el espacio público, suele explicar que las ciudades generan primero actividades necesarias: ir al trabajo, hacer compras, llevar a un hijo a la escuela. Si el espacio está bien diseñado aparecen después las actividades opcionales: caminar sin apuro, sentarse, mirar, quedarse. Y solo cuando existen esas actividades opcionales florecen las actividades sociales. Nadie sale de su casa con el objetivo de conversar con un desconocido. Antes tiene que haber un motivo para permanecer.
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Ese argumento ayuda también a entender por qué no alcanza con copiar modelos urbanos exitosos. Una rambla puede parecerse mucho a otra. Una plaza puede tener exactamente los mismos árboles, bancos y farolas. Pero si el alquiler expulsó a los vecinos, si los comercios cotidianos fueron reemplazados por negocios para turistas, si sentarse implica consumir, si nadie tiene tiempo para quedarse, la arquitectura pierde buena parte de su potencia. El espacio público sin vecinos que lo habiten no es espacio público: es escenografía.
Las ciudades del futuro tendrán que aprender una lección incómoda. No alcanza con hacerlas más accesibles. Habrá que hacerlas más habitables. No solo para quienes tienen movilidad reducida, sino para quienes necesitan encontrar un motivo para salir de casa aunque no tengan nada urgente que hacer.
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En Buenos Aires discutimos veredas, bicisendas, plazas, estacionamientos, tránsito. Casi nunca preguntamos si una persona de ochenta años tiene un lugar donde sentarse a mirar jugar a sus nietos sin sentirse de más. Si hay una silla disponible que no obligue a consumir nada para quedarse. Si un jubilado, una madre con un cochecito y un adolescente pueden coincidir en el mismo espacio sin que cada uno tenga asignado un territorio diferente. La pregunta no es si hay plazas. Es si esas plazas tienen razón de ser para quien no tiene apuro.

La longevidad está cambiando la pregunta. Ya no se trata solamente de cuánto vamos a vivir. Se trata de cómo vamos a compartir esos años. Tal vez por eso las ciudades del futuro no necesiten inventar demasiadas cosas nuevas. Tal vez tengan que recordar algo muy antiguo: que una buena ciudad no es la que hace circular personas sino la que consigue que quieran quedarse un rato más. Porque es durante ese rato —mientras alguien lee un libro, otro toma un vermut, un grupo de chicos juega y un coro de desconocidos ayuda a encontrar un parque— cuando una sociedad deja de ser apenas una suma de individuos y vuelve a convertirse en comunidad.
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Cuando vuelvo a la casa donde me estoy quedando, me pierdo en las calles pequeñas de casas bajas del centro donde nació el barrio hace algunos siglos atrás. Un grupo de mujeres charla en el medio de la calle. En el medio justo. Sentadas en tres sillas comunes de cocina, con los pies casi rozándose y los gestos amplios y las risas firmes. Detrás de ellas un grupo de chicos juega a la mancha y se hace difícil caminar entre unos y otros. Tan difícil que invita a quedarse.
Sigo caminando y dudo si habré visto el pasado o son apenas recuerdos del futuro.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
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