
Mi trauma no fue únicamente que mi padrastro abusara sexualmente de mí. El verdadero desgarro ocurrió un instante después, cuando mi madre al verme sentada en su falda mientras él me manoseaba, me miró y empezó a gritarme. A mí. Como si con mis doce años hubiera sido yo quien lo hubiera seducido.
Aquel día no solo conocí el abuso. Descubrí algo todavía más devastador: estaba sola. No había un lugar seguro, ningún adulto dispuesto a protegerme. Ni siquiera podía confiar en la persona que más debía cuidarme. Mi propia madre, en lugar de defenderme, me hizo sentir culpable. Creo que ahí empezó todo.
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Porque el trauma no siempre nace de lo que nos ocurre. Muchas veces surge de atravesar ese dolor completamente solos, sin una mirada que nos sostenga, un abrazo contenedor, unas palabras serenas.
Mi adolescencia fue un largo derrotero con esa soledad. Nunca supe demasiado bien cómo vincularme con los demás. ¿Cómo iba a confiar en alguien si la primera persona en la que debía hacerlo me había traicionado?
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A los diecinueve años apareció el amor y, por un tiempo, sentí que la vida se pintaba de colores. Alguien venía a rescatarme. Creo que casi todos conocemos la ilusión de creer que otra persona va a reparar aquello que la vida rompió mucho antes de conocerla. Pero el enamoramiento siempre tiene fecha de vencimiento y, cuando las mariposas se fueron, los fantasmas seguían esperándome exactamente donde los había dejado.
Tuve un matrimonio tan cambiante como nosotros. Éramos dos personas profundamente heridas tironeando para obtener del otro aquello que ninguno tenía. Durante mucho tiempo creí que nuestro problema era que no sabíamos amarnos. Hoy sospecho que, antes de eso, ninguno había aprendido a sentirse realmente digno de ser amado.
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De esa historia nació Martina, que hoy tiene dieciséis años. A veces me parte el alma pensar que fue testigo involuntaria de tantos de mis derrumbes y que tuvo que convivir con una madre que muchas veces no podía sostenerse a sí misma.
Después de separarme, cuando tenía treinta y siete años, empecé a deslizarme hacia el alcohol. En mi familia creen que bebo porque soy idiota. O porque no tengo suficiente voluntad. Me dicen que, si realmente me lo propusiera, dejaría de tomar. Como si yo no quisiera.
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También me recuerdan que el alcohol está destruyendo mi vida.
Lo sé.
Lo que a ellos les cuesta entender es que, durante mucho tiempo, el alcohol fue lo único que me ayudaba a silenciar el dolor por un rato. Nadie busca una anestesia cuando no le duele nada. Nadie se aferra desesperadamente a algo que lo destruye si antes ese mismo algo no le ofreció, aunque fuera por unos minutos, un poco de paz.
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Yo no tomaba porque quisiera destruirme. Tomaba porque no encontraba otra forma de descansar de mí misma. Cuando el dolor aprieta mucho, el largo plazo deja de existir. Lo único que importa es llegar como sea al final del día.
Por eso, cuando alguien me decía: “Pensá en tu hija”, yo sentía que me estaban agregando otro peso sobre los hombros. Como si la culpa pudiera hacer el trabajo que nunca pudo hacer el amor.
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Mis intentos de suicidio tampoco fueron un deseo de morir. Fueron una desesperada necesidad de dejar de sufrir. Hay una diferencia enorme entre querer terminar con la vida y querer terminar con un dolor que parece no tener fin.
Durante años pensé que el alcohol era mi enemigo. Después entendí que, antes de convertirse en mi prisión, había sido mi salvavidas. El problema es que un salvavidas sirve para atravesar una tormenta, no para vivir abrazado a él toda la vida. Pero tampoco es fácil soltarlo mientras uno sigue sintiendo que todavía se está ahogando.
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Y fue entonces cuando empecé a mirar mi vida de otra manera.
Durante años me pregunté cómo había podido enamorarme de determinadas personas, por qué había soportado situaciones que hoy me resultan incomprensibles o por qué había terminado dependiendo de una botella para atravesar mis días. Miraba mi historia con vergüenza, como si todas aquellas decisiones hablaran de una mujer débil o incapaz.
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Hoy ya no estoy tan segura.
Porque no solo elegí el alcohol desde aquella soledad. También elegí a quién amar, cuánto soportar, cuándo callarme, de quién depender y hasta cuánto creer que valía. Durante mucho tiempo pensé que todas esas habían sido malas decisiones. Hoy creo que fueron las únicas decisiones que podía tomar la mujer en la que se había convertido aquella nena de doce años.
Tal vez por eso cada vez me cuesta más escuchar esa frase que asegura que querer es poder.
Si fuera verdad, nadie seguiría fumando después de un infarto. Nadie volvería una y otra vez con quien lo humilla. Nadie permanecería durante años en un trabajo que lo apaga ni viviría anestesiándose con comida, con alcohol, con el trabajo, con las redes sociales o con relaciones que hace tiempo dejaron de hacerle bien.
Claro que la voluntad existe. Pero hay dolores que son mucho más antiguos -y en cierto sentido poderosos- que nuestra voluntad.
Y tal vez eso no solo me haya pasado a mí.
Quizás todos creemos que tomamos decisiones libres cuando, en realidad, es nuestra propia historia la que elige por nosotros. Elegimos con el amor que recibimos, con los miedos que aprendimos, con las ausencias que nos marcaron y con las estrategias que alguna vez inventamos para sobrevivir.
Por eso me pregunto si muchas de las decisiones que hoy más nos avergüenzan no serán, en realidad, el mapa exacto de las heridas que todavía nadie tocó.
¿Y si, en lugar de seguir preguntándonos por qué elegimos mal, empezáramos a preguntarnos qué parte de nuestra historia fue la que eligió por nosotros?
Tal vez sanar no sea borrar el pasado. Tal vez sea dejar de seguir juzgando a la persona que fuimos cuando solo estaba intentando sobrevivir con las herramientas que tenía.
Y tal vez también sea descubrir, por primera vez, una presencia segura que nos acompañe allí donde alguna vez estuvimos completamente solos.
Porque el trauma no nació únicamente del dolor. Nació de atravesar ese dolor sin nadie.
Y muchas veces la reparación también empieza así: el día en que por fin, dejamos de estar solos.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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