
Una aceleración, un salto o incluso un apoyo aparentemente habitual pueden terminar en una lesión capaz de dejar fuera de competencia a un deportista durante meses.
En los últimos años, las roturas del tendón de Aquiles afectaron a figuras de distintas disciplinas y expusieron la vulnerabilidad de una estructura que soporta grandes cargas durante la actividad física.
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Uno de los casos más recientes que volvió a instalar el tema entre los aficionados al deporte fue el de Tyrese Haliburton. El base de Indiana Pacers sufrió una rotura del tendón de Aquiles derecho durante el séptimo partido de las Finales de la NBA de 2025.

La lesión ocurrió cuando apoyó el pie fuera de la línea de tres puntos y derivó en una cirugía, y un período estimado de recuperación de entre ocho y diez meses.
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Haliburton no constituye un episodio aislado. Kevin Durant, Kobe Bryant, Klay Thompson, David Beckham, Sergio Agüero y Fernando Gago también atravesaron roturas del tendón de Aquiles durante sus carreras.
La frecuencia de estos episodios plantea una pregunta relevante para los deportistas profesionales y recreativos: ¿Qué sucede en el organismo antes de que aparezca una ruptura?
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Según una revisión publicada por Men’s Health, existen factores relacionados con la carga física y el estado metabólico que podrían contribuir a la vulnerabilidad de estos tejidos.
Una estructura que necesita tiempo para adaptarse
Los tendones son tejidos fibrosos que conectan los músculos con los huesos y permiten transmitir la fuerza generada durante el movimiento. El cuerpo cuenta con aproximadamente 400 tendones, distribuidos desde los pies hasta los hombros.
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Su capacidad de adaptación es más lenta que la de los músculos. Theresa Lau, fisioterapeuta que trabajó con atletas de las Grandes Ligas de Béisbol, explicó a Men’s Health que los tendones pueden necesitar semanas para recuperarse y adaptarse, mientras que los músculos pueden hacerlo en alrededor de 48 horas.
La diferencia resulta importante cuando una persona entrena con frecuencia. El daño puede acumularse progresivamente y afectar el rendimiento antes de que aparezca una lesión evidente.
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Una investigación publicada en 2026, citada por el medio estadounidense, señala que la frecuencia de las roturas del tendón de Aquiles es tres veces mayor en los hombres que en las mujeres.
La mayor incidencia se registra entre los 30 y los 49 años, y cerca del 60% de las roturas está relacionado con la práctica deportiva. La edad promedio de los afectados se sitúa alrededor de los 38 años.
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El entrenamiento también debe preparar al cuerpo para frenar
Ebenezer Samuel, entrenador y director de fitness de Men’s Health, indicó que muchos programas se concentran en producir fuerza y potencia, mientras prestan menos atención a la capacidad de absorber una carga.
En el caso del tendón de Aquiles, explicó que una lesión puede producirse durante la fase de descenso, cuando el cuerpo debe controlar una fuerza. Por eso recomendó incorporar tres categorías de movimientos durante la semana.
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Una de ellas corresponde a los ejercicios excéntricos pesados, como los descensos lentos en elevaciones de pantorrilla a una pierna.
Otra incluye ejercicios de absorción de fuerza de menor intensidad, entre ellos saltar la soga, realizar saltos a una pierna y rebotes. La tercera comprende movimientos explosivos con profundidad, como los saltos desde una plataforma y ejercicios de caída y recepción.
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El objetivo consiste en preparar progresivamente los tejidos para distintos tipos de carga y no limitar el entrenamiento a movimientos destinados únicamente a generar fuerza.
Colesterol y glucosa bajo la lupa
La investigación también comenzó a prestar mayor atención a la relación entre salud metabólica y lesiones tendinosas. Craig Moore, nutricionista deportivo del Centro de Rendimiento de Atletas de Red Bull en Santa Mónica, señaló que el papel del colesterol y la glucosa en la salud de los tejidos blandos recibe menos atención de la que merece.

Uno de los factores estudiados son las grasas saturadas, debido a su relación con el colesterol LDL. Keith Baar, especialista en fisiología molecular del ejercicio, mencionó experimentos realizados en animales alimentados con dietas ricas en grasas en los que se observó una reducción de la función tendinosa y del colágeno.
La glucosa constituye otro elemento relevante. Cuando permanece elevada en sangre, puede unirse a las proteínas mediante un proceso que genera productos finales de glicación avanzada, conocidos como AGE.
En el colágeno de los tendones, este mecanismo puede aumentar la rigidez de las fibras y hacerlas más susceptibles a romperse bajo carga.

Un estudio citado por Men’s Health encontró que los atletas con niveles elevados de glucosa en sangre presentaban tres veces más riesgo de sufrir lesiones tendinosas que aquellos con valores normales.
Qué indicadores se consideran
Dentro de la evaluación nutricional de los tejidos blandos, los expertos mencionaron parámetros como la hemoglobina glicosilada A1C, la vitamina D y la ferritina. También destacaron minerales como zinc, manganeso y cobre, relacionados con procesos vinculados con la producción de colágeno.
La alimentación no constituye el único factor capaz de modificar estos valores. La genética, la función tiroidea, el estado metabólico y determinados medicamentos también pueden influir en los niveles de colesterol y otros indicadores.

Por último, la fisioterapeuta Lau planteó prestar atención al rendimiento físico durante los períodos de entrenamiento. Una disminución inexplicable de la potencia puede aparecer antes que una lesión, por lo que los cambios en el desempeño pueden aportar información sobre el estado de recuperación del organismo.
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