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Un ensayo clínico asocia los fermentados con menor inflamación en adultos sanos

La investigación también registró una mayor diversidad del microbioma intestinal, mientras otros estudios analizan su posible relación con el estado de ánimo, el sueño y el riesgo de depresión

Persona con sistema digestivo y cerebro iluminados. En una mesa, alimentos saludables como brócoli, arándanos, avena, salmón, aguacate y frutos secos.
Los alimentos fermentados modifican el microbioma intestinal y se estudian por sus efectos en la inflamación. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cada vez que alguien elige un yogur, un vaso de kéfir o un plato de kimchi, pone en marcha un mecanismo biológico que va mucho más allá de la digestión.

La ciencia acumula evidencia de que los alimentos fermentados modifican el microbioma intestinal, reducen marcadores de inflamación y regulan la producción de neurotransmisores vinculados al estado de ánimo, según una serie de investigaciones publicadas en los últimos años por instituciones de referencia mundial.

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El eje intestino-cerebro, una autopista bidireccional

Ilustración de un cerebro y un intestino, con flechas que indican conexión. Rodean varios alimentos fermentados como kimchi, kombucha, yogur y chucrut.
El eje intestino-cerebro conecta el sistema nervioso con el intestino mediante rutas biológicas bidireccionales. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El vínculo entre el intestino y cerebro no es metafórico: es anatómico y bioquímico. Lo que los científicos llaman el eje intestino-cerebro (gut-brain axis) es un sistema de comunicación bidireccional que conecta el sistema nervioso central con el sistema nervioso entérico, pasando por el sistema inmune y el torrente sanguíneo.

Las bacterias que habitan el intestino producen neurotransmisores —entre ellos la serotonina y la dopamina— que inciden directamente en la regulación emocional y en la respuesta al estrés.

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Mujer con cabello castaño sonríe. Ilustración del cerebro iluminado y sistema digestivo con microbiota de colores en su torso. Fondo liso beige.
Las bacterias intestinales participan en la producción de neurotransmisores vinculados con la regulación emocional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una revisión publicada en 2024 en Neuroscience & Biobehavioral Reviews por el Instituto Nacional de Investigaciones Biomédicas del Reino Unido señala que la microbiota intestinal interactúa con el cerebro a través de múltiples vías: señalización neuronal directa, modulación de la respuesta inflamatoria, producción de metabolitos bioactivos y síntesis de neurotransmisores.

El estudio identifica a los alimentos fermentados como una de las intervenciones dietéticas más prometedoras para influir en estas rutas.

Fermentados, inmunidad y marcadores de inflamación

Un recipiente con yogur, bayas y miel, una botella de leche, un frasco de kimchi, un plato con kimchi, un cuenco de chucrut, un tarro de pepinillos y un pan.
La diversidad microbiana aumenta cuando se incorporan fermentados de manera sostenida en la dieta. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En 2021, investigadores de la Universidad de Stanford publicaron en la revista Cell los resultados de un ensayo clínico aleatorio que marcó un antes y un después en este campo. El equipo, liderado por Justin Sonnenburg, Erica Sonnenburg y Christopher Gardner, siguió durante 17 semanas a 36 adultos sanos divididos en dos grupos: uno con dieta rica en fibra y otro con dieta rica en alimentos fermentados.

Los resultados fueron elocuentes. El grupo que consumió fermentados —yogur, kéfir, kimchi, chucrut y kombucha— registró un aumento sostenido en la diversidad microbiana y una disminución de 19 proteínas inflamatorias, entre ellas la interleucina-6, asociada a enfermedades como la artritis reumatoide, la diabetes tipo 2 y el estrés crónico.

El grupo con dieta alta en fibra, en cambio, no mostró reducción equivalente en ninguno de esos marcadores. “Los alimentos fermentados pueden ser moduladores poderosos del eje microbioma-sistema inmune”, concluyó el equipo de Stanford.

El impacto en el estado de ánimo y la salud mental

Torso de persona con mano sobre abdomen, que muestra una superposición digital de estómago, intestinos y líneas neuronales sobre la piel, con fondo gris claro.
Los lácteos fermentados se analizan en estudios poblacionales por su relación con el riesgo de depresión. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El intestino es el órgano inmune más grande del cuerpo humano, y su equilibrio tiene consecuencias directas sobre la salud mental.

Un metaanálisis de ocho estudios de cohorte con 83.533 participantes, citado en investigaciones de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés), encontró que el consumo habitual de lácteos fermentados —en particular queso y yogur— se asocia con un menor riesgo de depresión. El yogur, en particular, mostró una reducción del riesgo de 16% (OR = 0,84).

Un estudio separado con trabajadores de la salud demostró que el consumo de yogur con la cepa bacteriana OLL1073R-1 mejoró la calidad de vida psicológica, calidad del sueño y niveles generales de salud y vitalidad en comparación con el grupo de control.

Incorporarlos al día a día

Una tabla de madera con filetes de salmón y pollo, aguacate en rodajas, espinacas, col rizada, bayas variadas, frutos secos, avena, semillas de lino, quinoa y aceite de oliva.
Llevar un registro de alimentación y bienestar ayuda a identificar respuestas individuales a cambios de dieta. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La evidencia científica disponible no exige un cambio radical de hábitos alimentarios. Especialistas de la Universidad de Stanford y del NIH coinciden en que pequeñas incorporaciones graduales —comenzar con un yogur natural sin azúcar, agregar chucrut como guarnición o sustituir una bebida por kombucha— pueden generar beneficios mensurables en pocas semanas.

Llevar un registro de los hábitos alimentarios y los cambios en el estado de ánimo o los niveles de energía permite identificar respuestas individuales y facilitar el diálogo con profesionales de la salud.

Los investigadores advierten que los efectos varían según la cepa bacteriana, el tipo de fermentado y el estado de salud previo de cada persona, por lo que la diversidad en la elección de fermentados —y no la concentración en un solo alimento— parece ser la estrategia más respaldada por la evidencia.

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