Muchas veces, cuando se habla del cuidado del corazón, lo primero que surge en la mente es la hipertensión, el colesterol o el azúcar en sangre. En mi experiencia profesional y personal, estos factores siempre ocupan un lugar central en la prevención cardiovascular. Sin embargo, hay un aspecto que suele pasar desapercibido y que insisto en resaltar en cada consulta: la salud bucal. No se trata de un detalle menor ni de una recomendación superficial. Cuidar la boca es, en realidad, una estrategia clave para proteger el corazón y el bienestar general.
En el consultorio, suelo preguntar a mis pacientes por sus hábitos de higiene bucal. La reacción habitual es de sorpresa: esperan que indague sobre antecedentes familiares de infarto o sobre la presión arterial, pero rara vez se imaginan que hablar de encías puede tener algo que ver con el corazón. Sin embargo, la relación está demostrada y la observo cada vez con más claridad. La boca alberga una microbiota compleja, un equilibrio de bacterias que, cuando se altera por una higiene deficiente, puede desencadenar una serie de problemas en cadena.
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Sangrado de encías: una señal de alarma
El primer síntoma que advierto, tanto en mí como en quienes me consultan, es la inflamación de las encías. Al principio, puede pasar inadvertida: las encías se ponen rojas, un poco sensibles, hasta que un día aparece el sangrado al cepillarse. Muchos minimizan este sangrado, lo atribuyen al cepillo duro o a un movimiento brusco. Sin embargo, siempre explico que la encía sana no sangra. Ese sangrado, aunque sea mínimo, es una señal de alarma: indica una herida abierta, una puerta de entrada para bacterias que pueden migrar hacia el torrente sanguíneo.
Cuando la inflamación persiste, lo que comenzó como una simple gingivitis puede evolucionar a periodontitis. Esa inflamación crónica daña el hueso y los tejidos que sostienen los dientes, genera retracción de las encías y debilita la base de las piezas dentales. Pero el problema no termina en la boca. Las bacterias y toxinas liberadas por estas infecciones pueden acceder al sistema circulatorio y, desde allí, alcanzar órganos tan importantes como el corazón.
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Riesgos para el corazón por infecciones bucales

En varias ocasiones, he visto cómo infecciones bucales mal controladas desencadenan endocarditis, una inflamación de las válvulas cardíacas que puede comprometer gravemente la función del corazón. Además, la inflamación crónica favorece la formación de placas de ateroma en las arterias, lo que incrementa el riesgo de infarto agudo de miocardio y accidente cerebrovascular. Lo que sucede en la boca, entonces, no se queda solo en la boca: tiene impacto directo sobre la salud cardiovascular.
Por eso, mi recomendación siempre es clara: la higiene bucal debe ser parte de la rutina diaria de prevención, al mismo nivel que el control de la presión o del colesterol. En mi caso, incorporé el cepillado dos veces al día y el uso de hilo dental como hábitos innegociables. Además, las visitas regulares al odontólogo permiten detectar cualquier alteración a tiempo y evitar complicaciones futuras.
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Muchos pacientes me preguntan si el cuidado bucal realmente puede evitar un infarto. Mi respuesta es simple: no es el único factor, pero sí uno de los más fáciles de controlar y, a menudo, uno de los más olvidados. Mantener una microbiota oral equilibrada, prevenir la inflamación y evitar el sangrado de las encías es una forma concreta y accesible de proteger el corazón.

Hábitos cotidianos que marcan la diferencia
En mi día a día, prestar atención a la salud bucal se transformó en un acto de autocuidado que va mucho más allá de la estética o el aliento fresco. Es una inversión en salud global. Cada vez que observo las encías al cepillarme, recuerdo que esa simple acción es una barrera frente a enfermedades graves. Lo transmito en cada consulta: cuidar la boca es cuidar el cuerpo entero.
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La prevención no requiere cambios drásticos ni productos sofisticados. Basta con incorporar estos gestos sencillos a la rutina diaria: cepillado, hilo dental y consulta odontológica. Escuchar las señales, como el sangrado o la inflamación, y actuar en consecuencia puede marcar la diferencia. La salud cardiovascular depende, en gran parte, de estos pequeños hábitos cotidianos que, sumados, construyen una mejor calidad de vida.
* El doctor Daniel López Rosetti es médico (MN 62540) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Presidente de la Sección de Estrés de la World Federation for Mental Health (WFMH). Es autor de libros como: “Emoción y sentimientos” (Ed. Planeta, 2017), “Equilibrio. Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo decidimos. Manual del usuario” (Ed. Planeta, 2019), “Recetas para vivir mejor y más tiempo” (Ed. Planeta, 2025), entre otros.
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