Dormir ocho horas por noche suele considerarse la fórmula básica para sentirse descansado. Sin embargo, muchas personas experimentan una realidad desconcertante: se acuestan a horario, cumplen con las recomendaciones sobre la cantidad de horas necesarias y, aun así, persiste el cansancio
Este fenómeno tiene múltiples explicaciones que van más allá de la duración del sueño y remiten, fundamentalmente, a su calidad y a una serie de condiciones médicas, ambientales, hormonales y conductuales.
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Una de las razones más frecuentes por las que alguien puede sentirse fatigado tras una noche de sueño aparentemente adecuada es la presencia de trastornos del sueño.
La apnea del sueño, por ejemplo, interrumpe la respiración de forma repetida durante la noche y genera microdespertares que muchas veces no son conscientes, pero que impiden alcanzar un descanso reparador.
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La Clínica Cleveland advierte que este tipo de interrupciones pueden producir una fatiga persistente durante el día, a pesar de haber dormido la cantidad de horas recomendadas. Esta situación se traduce, para decirlo de forma sencilla, en la conocida somnolencia diurna.
Otro trastorno frecuente es el síndrome de piernas inquietas, también conocido como enfermedad de Willis-Ekbom, que se caracteriza por una necesidad imperiosa de mover las piernas, generalmente acompañada de sensaciones incómodas. Según la Clínica Mayo, esta molestia suele presentarse por la tarde o noche, especialmente en reposo, y el movimiento brinda alivio temporal. Asimismo, puede manifestarse a cualquier edad y tiende a empeorar con el tiempo.
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Además, existen condiciones como la narcolepsia, la hipersomnia y el insomnio, que contribuyen al agotamiento diurno por diversas vías, ya sea por una somnolencia excesiva durante el día o por la imposibilidad de sostener un ciclo de sueño normal.

Las alteraciones hormonales pueden afectar profundamente el descanso nocturno, generando dificultad para iniciar o mantener el sueño. Según el Instituto Europeo del Sueño, distintas sustancias reguladoras del cuerpo —como el cortisol, la melatonina, la insulina y las hormonas sexuales— intervienen en funciones clave vinculadas al ritmo biológico, la temperatura corporal, el apetito o la respuesta al estrés. Cuando estos sistemas se desequilibran, pueden surgir trastornos como despertares frecuentes, insomnio o una sensación de descanso insuficiente
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Entre las condiciones más asociadas a este tipo de disfunciones figuran el hipotiroidismo, el síndrome de ovario poliquístico y los cambios hormonales del climaterio. La caída de estrógenos y progesterona en las mujeres —propia de la menopausia— puede provocar sofocos, irritabilidad y sueño fragmentado. En ambos sexos, una baja de testosterona influye sobre la profundidad del descanso. Además, la relación entre insulina y sueño genera un ciclo perjudicial: la falta de descanso puede elevar los niveles de azúcar en sangre, lo que a su vez desregula el apetito y agrava el insomnio. La Clínica Cleveland también advierte que los trastornos tiroideos, especialmente el hipotiroidismo, pueden ralentizar el metabolismo y causar fatiga persistente.
Durante el embarazo, sobre todo en el tercer trimestre, es común que el sueño se vea interrumpido por factores hormonales y físicos: aumento de la necesidad de orinar, reflujo, ronquidos o síndrome de piernas inquietas. Para mejorar la calidad del descanso en esta etapa, se recomienda acostarse siempre a la misma hora, evitar comidas pesadas por la noche, moderar el consumo de líquidos y adoptar posturas cómodas para dormir, preferentemente de lado. Ante síntomas persistentes o señales de desequilibrio hormonal, es fundamental consultar con un profesional especializado.
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La alimentación y el consumo de alcohol también desempeñan un papel relevante. La doctora Marri Horvat, especialista en trastornos del sueño consultada por la Clínica Cleveland, remarca que ingerir una comida abundante o beber alcohol en las horas previas a dormir puede deteriorar la calidad del sueño.
Aunque el alcohol pueda inducir el sueño inicialmente, fragmenta las fases de descanso y altera la proporción de sueño profundo y REM, dos etapas fundamentales para la restauración física y mental.
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Horvart también afirma que estos efectos pueden hacer que una persona se despierte con la sensación de no haber descansado, incluso si ha dormido ocho o más horas.
El entorno también puede ser determinante. La presencia de ruidos, luces intensas o una temperatura inadecuada en la habitación son factores que interrumpen el descanso de forma sutil pero constante.
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Sobre este punto, la doctora Horvat insiste en la necesidad de contar con un espacio oscuro, fresco y silencioso para garantizar un descanso efectivo.
Otra causa médica que puede explicar la fatiga persistente es la anemia. Ella explica que la deficiencia de hierro impide que el cuerpo transporte adecuadamente el oxígeno a los tejidos, lo que produce una sensación de agotamiento continuo.
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Aunque la persona duerma las horas recomendadas, los bajos niveles de hierro pueden impedir una adecuada recuperación energética.
Entre los síntomas que acompañan esta condición se encuentran la palidez, los mareos, la falta de aire y, en algunos casos, una sensación de latido fuerte en los oídos.

Más allá de estas causas clínicas, también existe una dimensión fisiológica del descanso que puede explicar la fatiga.
Según Harvard Health, tanto dormir menos de lo necesario como dormir en exceso puede provocar una mayor percepción de cansancio.
Las alteraciones del patrón de sueño, incluso durante los fines de semana, vacaciones o feriados, pueden alterar los ritmos internos del cuerpo y generar una sensación de letargo.
La estructura del sueño también resulta crucial. Dormir ocho horas no garantiza haber alcanzado la proporción adecuada de sueño profundo y sueño REM, que son las fases que permiten la recuperación del cuerpo y del sistema nervioso.
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