
El sistema nervioso, compuesto por miles de millones de células nerviosas, desempeña un papel crucial en la regulación de funciones corporales y en la interacción con el entorno.
Según un análisis publicado por el Institute for Quality and Efficiency in Health Care, este sistema se divide en dos componentes principales: el sistema nervioso central (SNC), que incluye el cerebro y la médula espinal, y el sistema nervioso periférico (SNP), que abarca todos los nervios fuera de estas estructuras.

Ambos sistemas trabajan en conjunto para procesar información sensorial, controlar movimientos y regular funciones involuntarias como la respiración y el ritmo cardíaco.
El sistema nervioso autónomo, una subdivisión del SNP, se encarga de las funciones involuntarias del cuerpo y se divide en tres partes: el sistema simpático, el parasimpático y el entérico.
Por otro lado, el simpático prepara al cuerpo para situaciones de “lucha o huida”, mientras que el parasimpático promueve la relajación y la digestión. Finalmente, el sistema entérico regula de manera autónoma la motilidad intestinal.
Estas divisiones no solo trabajan de manera opuesta en muchos casos, sino que también pueden complementarse para mantener el equilibrio interno del organismo.

En situaciones de estrés, el sistema nervioso simpático se activa rápidamente, desencadenando una serie de respuestas fisiológicas conocidas como la reacción de “lucha o huida”.
Según un estudio de la Universidad de Harvard, esta respuesta comienza en el cerebro, específicamente en la amígdala, que interpreta señales de peligro y envía un mensaje al hipotálamo.
Este último activa el sistema nervioso simpático, lo que provoca la liberación de adrenalina por las glándulas suprarrenales. Este proceso aumenta la frecuencia cardíaca, dilata las vías respiratorias y mejora la capacidad de alerta.
Sin embargo, cuando el estrés se vuelve crónico, estas respuestas pueden tener efectos negativos en la salud, como hipertensión, cambios en el cerebro asociados con ansiedad y depresión, y un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares.

El fisioterapeuta Antonio Valenzuela, ha destacado cómo el estrés crónico puede dejar “huellas” físicas en el cuerpo, manifestándose en síntomas como bruxismo, sensibilidad al ruido, insomnio y tensión muscular.
Estos signos, según Valenzuela, son indicativos de un sistema nervioso simpático hiperactivado, incluso en ausencia de un peligro real.
En su intervención en el pódcast Tengo un plan, Valenzuela explicó que muchas personas no son conscientes de estas señales hasta que les son indicadas, como el caso mantener los hombros encogidos o las manos apretadas de manera constante.
El estrés también afecta el sueño, ya que un sistema nervioso sobreestimulado puede dificultar la relajación necesaria para descansar. Valenzuela señaló que algunas personas experimentan despertares tempranos, entre las 4 y las 5 de la mañana, como resultado de un estado de alerta persistente.

Para contrarrestar estos efectos, el fisioterapeuta sugiere activar el sistema nervioso parasimpático, responsable de restaurar la calma y el equilibrio.
Entre las técnicas recomendadas se encuentran la respiración profunda, el canto, las duchas alternantes de agua caliente y fría, y caminar descalzo sobre tierra, todas ellas enfocadas en estimular el nervio vago, un componente clave en la regulación del estrés.
Desde una perspectiva evolutiva, el estrés y la respuesta de “lucha o huida” han sido esenciales para la supervivencia, permitiendo a los humanos reaccionar rápidamente ante amenazas inmediatas.
Sin embargo, en el contexto moderno, donde los estresores suelen ser psicológicos o sociales, esta respuesta puede volverse desadaptativa.
Según el libro Opportunities of Biology, el sistema nervioso humano ha evolucionado para manejar una complejidad de comportamientos y funciones que incluyen la percepción, el aprendizaje y la memoria.

Estas capacidades están respaldadas por una intrincada red de conexiones neuronales, que se estima en cien billones de sinapsis en el cerebro humano.
La neurociencia moderna ha avanzado significativamente en la comprensión de cómo las neuronas generan señales y cómo estas se transmiten a través de sinapsis químicas y eléctricas.
Según ese estudio, los neurotransmisores, como la acetilcolina y la serotonina, desempeñan un papel crucial en la comunicación neuronal.

Además, se ha descubierto que los mensajeros secundarios, como el AMP cíclico, amplifican las señales dentro de las células, lo que permite respuestas más prolongadas y complejas.
En el ámbito clínico, estas investigaciones han tenido aplicaciones prácticas en el tratamiento de trastornos neurológicos y psiquiátricos.
En el campo de la salud mental, los avances en técnicas de imagen cerebral, como la tomografía por emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética (MRI), han permitido identificar anomalías estructurales y funcionales en pacientes con trastornos como la depresión y la esquizofrenia.
Estas herramientas también han facilitado la investigación sobre cómo el cerebro procesa el estrés y cómo las intervenciones terapéuticas pueden modular estas respuestas.
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