
Eva es un mito sometido a demasiadas interpretaciones. Hubo tiempos donde el odio a los humildes solía concentrarse en su figura, otros donde terminó inspirando una ópera extranjera. Casi siempre se la describe separada de Perón, como si entre ambos se pudieran marcar diferencias. Hay una Evita de Carpani, con rasgos de revolucionaria, dureza y las infinitas fotos que de ella guardan los humildes. Fueron tiempos de enfrentamientos profundos -en su enfermedad hubo pintadas que decían "Viva el cáncer".
Recuerdo cómo los barrios cada 26 de julio, aniversario de su muerto, ponían su foto en los balcones acompañada de un par de velas. Y mi viejo, colchonero y gorila que me llevó en el 55, a mis trece años, a caminar entre los lujos que la dictadura desnudaba, infinitos pares de zapatos y vestidos instalados en la calle para el regodeo de tantas señoras gordas. Y en un conventillo donde exhibían un enorme reloj detenido a las 20 y 25, que como repetían las radios "fue la hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad".
Evita no solo luchó por los de abajo, ella era uno de ellos ya que de allí venía. En tiempos donde las familias elegantes imponían apellidos y prosapias ella no tenía ni padre, y sus inicios fueron los de una artista de dudosa conducta, una síntesis de lo que la gente de bien despreciaba. Y "La razón de mi vida", aquel libro que invadía nuestra infancia, y el cuento de quien se lo habría escrito, y los discursos, esos que nadie le escribía y expresaban su odio a la injusticia, con la fuerza de todos los que la sufrían y la vivían. Y en su relación con Perón, ella era la polea de trasmisión entre los descamisados y el poder, distribuía justicia con sus manos y enriquecía al peronismo con su intuición.
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Con su muerte en el 52, el peronismo se debilita demasiado, la burocracia ocupa el lugar que ella deja vacío y entonces ya nada será igual. Y su lealtad al General: ella no se imaginaba sin Perón y el pueblo jamás los pensó separados. Un matrimonio que sentía al pueblo como sus hijos. Pero nunca fue ni feminista ni dejó duda alguna sobre su lealtad a la causa, a esa causa que ella veía en Perón y el pueblo depositaba en ellos dos. Y vestía las pieles y los lujos de los ricos a los que combatía, y su pueblo se sentía feliz al ver que uno de ellos se había apropiado de algunos símbolos del poder.
Perón, que era un sabio, había entendido que los intelectuales estaban equivocados al pensar que los ricos querían ideales y los pobres dinero. Perón fue el primero que les dio ideales a los pobres, los hizo responsables del futuro y su causa se convirtió en permanente. Evita escuchaba y ayudaba, y convertía las necesidades en leyes, una relación con el pueblo que no se cortaba nunca.
Hubo un tiempo en que las organizaciones juveniles se enfrentaban en sus consignas que expresaban "si Evita viviera sería peronista" contra "si Evita viviera sería montonera". Aquella mujer tan devaluada por sus contemporáneos mostraría con el tiempo el enorme valor de su legado. La ópera que lleva su nombre terminó imponiendo su presencia más allá de nuestras limitaciones mentales.
Entender el peronismo implica asumir que fue forjado por una pareja, que Perón era la razón pero Evita le imponía la rabia, que la injusticia y el dolor no eran un dato ajeno sino una herida propia. El odio a Evita era la expresión del desprecio a los pobres, a los que tenían que integrarse como obedientes al mundo de los educados. La izquierda y la derecha eran cultas, el mundo de los descamisados y los grasitas era otra cosa.
El peronismo no es solo una mirada política, expresa la identidad cultural de los que estaban afuera del sistema. Y la Argentina terminó siendo todo lo que los ricos odiaban: el tango, el fútbol y el peronismo. Evita era la bronca de una cultura marginada y despreciada. Y será con Perón la responsable de hacer que la justicia se vuelva realidad y el futuro se vuelva peronista. Eso es lo popular, por eso se volvió permanente.
Luego hubo supuestos herederos populistas: es simple diferenciarlos, estos últimos se agotan en poco tiempo. Y ellos nos dejaron como el país más integrado del continente; el resto lo hicieron sus enemigos y sus supuestos herederos, es una decadencia que está a la vista.
Asumir ese ayer es imprescindible para entender nuestra realidad. El peronismo como partido puede estar en riesgo de desaparecer, y hasta puede ser bueno que así sea. El peronismo como identidad cultural, ese peronismo marcó a fuego a nuestra sociedad. Y en consecuencia es imposible gobernar sin entenderlo. Es una parte esencial de nuestra forma de ser.
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