
Está ahí. En el pibe que aprende a escribir su nombre en el cuaderno con letra prolija y esforzada; en el abuelo que se anima a jugar al básquet, desafiando a la artritis y los prejuicios; en la abuela que se concentra en su bordado como si volviera a tener quince abriles. Está ahí, en la cara feliz del nene que se zambulle en la pileta con las antiparras ajustadas; en el médico que atiende, en la maestra que enseña; en el muchacho que aprende un oficio y, de paso, cocina el pan para la merienda. Está ahí, más presente que nunca, sintiendo las constantes manos sobre el mausoleo, los susurros en la capilla del Cristo Caminante, los rezos de la fila interminable, de papelitos con pedidos, de manos entrelazadas, de agradecimientos. Está ahí. En las historias de los sanados en cuerpo y alma, en los testimonios de los que pudieron conocerlo, en esa obra monumental que abarca más de quince mil metros cuadrados.
El padre Mario Pantaleo vive y se multiplica, como un milagro, en lugares, rostros y leyendas.Está ahí, cincuenta años después de que comenzara a pergeñar este sueño. Y la comunidad de González Catán, que lo celebra cada día, lo sabe perfectamente.
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Catán es una extensa localidad de La Matanza –el partido más poblado del Conurbano bonaerense–, ubicada a 34 kilómetros de la Capital Federal. Tiene unos doscientos mil habitantes y se debate entre la pobreza estructural, las toneladas de basura que entierra la CEAMSE en sus "colinas tóxicas" y, claro, el calculado olvido. Hasta allí llegó el padre Mario, aquel que había nacido el 1° de agosto de 1915 en Pistoia, un pueblo de la Toscana italiana, no muy lejano a la renacentista Florencia.

Con sólo nueve años, Marito arribó a la Argentina junto con su familia, que escapaba de las necesidades de la primera posguerra. Se establecieron en Córdoba, donde el muchacho hizo la escuela primaria; luego, por problemas de salud de su madre, volvieron a Italia y allí Mario se ordenó sacerdote, en medio del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
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Habría que esperar hasta 1948 para que decidiera regresar definitivamente a la Argentina: pasó por Rosario, Santa Fe, Rufino, y desde 1958 ofició en la parroquia del Pilar, en Recoleta. Allí, poco a poco, cimentó su fama: el padre Mario escuchaba, diagnosticaba y curaba imponiendo las manos. Se corrió la voz. Enfermos, solitarios, desahuciados, abuelos, niños… Todos iban a visitarlo. El utilizaba un péndulo para detectar el dolor y sus manos (pequeñas, poderosas, santas) hacían el resto. Claro, las pasaba por encima del cuerpo, sin tocarlo, y buscaba ayuda en el "guitarrero". Ese era su latiguillo: "Yo soy la guitarra; el guitarrero está arriba, y es el que verdaderamente hace todo". En la sinfonía celestial de misterios y esperanzas, el padre Mario fue un Stradivarius.
"Lo conocí hace medio siglo, cuando él atendía a mi madre (Perla Gallardo, hoy de 92) por un problema de salud. Un día lo acerqué hasta González Catán, donde ya tenía su casa, modesta y pequeña, y me contó que pensaba levantar una escuela, un centro sanitario y un hogar para la tercera edad. '¿En este yuyal?', pensé yo. Me parecía imposible. Pero él era una persona muy determinada. Y lo hizo", cuenta el doctor Carlos Garavelli, el hombre que, junto a la ya legendaria Perla ("mi brazo derecho", la nombraba el sacerdote), se puso al hombro gran parte de la obra.
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Pantaleo los nombró sus continuadores en el testamento que redactó en 1991, cuando ya estaba enfermo, un año antes de morir. Hoy, el actual presidente se siente satisfecho de "haber cumplido su mandato. Cuando recién comenzaba a construir la obra, me anticipó: 'Esto va a quedar chico'. Como siempre, tuvo razón. En el '91 inauguró el secundario y sólo había una división en primer año. Ahora existen tres de cada año, y no hay más espacio para tantas solicitudes. '¿Cómo vamos a seguir adelante cuando usted no esté?', le pregunté apenas me nombró albacea testamentario. 'Al principio van a sentirse solos, pero luego muchos se van a arrimar para apoyarlos', me tranquilizó. Y así fue. Mi madre se curó gracias al padre y se dedicó enteramente a su obra. Ahora acá trabajan 700 empleados y las dos fundaciones que se constituyeron benefician directamente a 10 mil personas, e indirectamente a más de 25 mil", resume Garavelli.

La obra abarca un jardín de infantes, una escuela primaria y una secundaria, un instituto terciario y universitario (2.600 alumnos, de los cuales 520 reciben becas); un centro donde trescientas personas aprenden oficios, otro centro de formación para chicos con discapacidad, que reciben clases de cocina, jardinería, marroquinería, mosaiquismo y más; un predio para la tercera edad, en el que los abuelos realizan distintas actividades (artes plásticas, computación, deportes); la policlínica Cristo Caminante, que brinda sesenta mil prestaciones anuales, con más de veinte especialidades médicas; y un polideportivo donde, entre otras disciplinas, se practican fútbol, natación, básquet y vóley, con canchas en perfecto estado, bajo techo y al aire libre.
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Así de gigantesca es la estructura que sostiene la figura del padre Mario, aquel que supo recibir hasta presidentes de la República, aquel que en cualquier día normal llegaba a atender a más de dos mil quinientas personas. "Tenía una sobrecarga de trabajo; por ese don que poseía, la gente lo demandaba mucho y eso lo agobiaba", cuenta Garavelli, reconociendo que de alguna forma, Mario Pantaleo renovaba su energía, "y daba, siempre daba más".

Uno de los docentes más queridos de la escuela primaria Nuestra Señora del Hogar (ubicada frente a la casa donde vivía el cura) es Braian Asin. Su historia está enteramente ligada al padre Mario. "A los tres años, después de una fractura, me querían amputar una pierna, porque parecía que tenía cáncer. Mis papás volvieron a recurrir al padre Mario, que había ayudado a mi hermano asmático. 'Llévenlo al médico, pero no dejen que le corten la pierna. El se va a curar', les dijo. Lo que tengo, lo sabemos en la actualidad, se llama esclerodermia. El padre me siguió atendiendo y, de a poco, empecé a mover la pierna, a mostrar avances insólitos para la enfermedad que padezco. Y acá estoy, enseñando en la escuela que él levantó. Acá conocí a mi mujer y me casé en esta iglesia. ¡No me veo en otro lugar! Hasta aprendí guitarra (por eso del 'guitarrero') y armé una banda de rock con mis alumnos… Mis imágenes del padre son difusas: él falleció cuando yo tenía cinco años. Sí recuerdo que, cerca suyo, te sentías tranquilo. No soy un católico devoto, pero tengo un amor enorme hacia él. Creo que todo lo que me pasa es gracias a él".
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Por Eduardo Bejuk
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