Hay noches que el tiempo no consigue apagar. Quedan suspendidas en una dimensión extraña, como una fotografía que todavía respira. Y hay artistas cuya despedida ocurre sin que nadie lo note. Como si el destino eligiera el instante exacto en que una voz, una guitarra y una vida quedan detenidas para siempre en el aire.
Hoy, cuando se cumplen 16 años del último show de Gustavo Cerati, el recuerdo volvió a encenderse desde un lugar profundamente íntimo. Su hermana, Laura, compartió en sus redes sociales una imagen en blanco y negro del músico sobre el escenario, envuelto entre humo y sombras, abrazado a su guitarra con esa elegancia melancólica que parecía convertir cada recital en una escena cinematográfica. No escribió una despedida extensa ni una reflexión pública. Apenas una palabra: “Gus”. Y junto a ella, el símbolo de la eternidad. Como si no hiciera falta nada más para resumir el vacío, el amor y la memoria que todavía lo rodean.
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La fotografía parece contener el espíritu entero de aquella última etapa. Cerati inclinado sobre la guitarra, perdido en la música, ajeno al vértigo del tiempo. Una postal que hoy adquiere una dimensión casi imposible de separar de aquella noche del 15 de mayo de 2010 en Caracas, cuando ofreció el último concierto de su vida sin saber que estaba pronunciando un adiós definitivo.

El recital formaba parte de la gira de Fuerza Natural, el disco más introspectivo y maduro de su carrera solista. Un álbum que sonaba a carretera, a viento, a folk eléctrico y a despedida involuntaria. Un trabajo que lo encontraba reconciliado con su propio universo creativo, lejos de la ansiedad de la industria y más cerca que nunca de sí mismo.
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Aquella noche en Caracas el clima parecía escrito por una película. Había humedad, una llovizna leve que iba y venía sobre el predio universitario, insectos revoloteando alrededor de las luces y una sensación eléctrica en el ambiente. Cerati apareció vestido completamente de blanco. Delgado, elegante, magnético. Caminó hacia el centro del escenario y abrió el concierto con “Fuerza Natural”. La ovación fue inmediata.
A su alrededor estaban sus compañeros de ruta: Richard Coleman en guitarra, Fernando Samalea en batería, Fernando Nalé en bajo, Leandro Fresco en teclados y programación, Gonzalo Córdoba en guitarras y Anita Álvarez de Toledo en coros. Todos recuerdan hoy una noche extraña. Intensa. Hermosa. Como si algo invisible estuviera flotando sobre el escenario.
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Cerati había tomado una decisión artística inflexible para toda la gira: tocar Fuerza Natural casi como una obra conceptual. Por eso, durante el primer tramo del show sonaron “Magia”, “Desastre”, “Deja vú”, “Amor sin rodeos”, “Tracción a sangre” y “Cactus”. Había cambiado incluso el vestuario para diferenciar ese universo del resto del repertorio. Negro para las canciones nuevas. Blanco para los clásicos. Un detalle obsesivo, casi cinematográfico, propio de alguien que entendía el recital como una experiencia total.
Con el correr de la noche empezaron a aparecer las canciones que ya formaban parte de la memoria emocional latinoamericana. “Paseo inmoral”, “Perdonar es divino”, “La excepción”, “Crimen”, “Pulsar”, “Te llevo para que me lleves”. Cada tema parecía generar una pequeña ceremonia colectiva. El público cantaba todo. Caracas vibraba como si quisiera retenerlo allí para siempre.
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En un momento especialmente íntimo, Cerati tomó la guitarra acústica y tocó “A merced” completamente solo. La interpretación era exclusiva de aquel tramo final de la gira. Apenas él, la voz y el silencio reverencial de miles de personas escuchando. Después llegó “Trátame suavemente”, aquel clásico de Soda Stereo escrito por Daniel Melero. Juan Morris contó luego en su biografía que Gustavo había incorporado la canción al setlist porque quería estrenar una guitarra Mosrite de doble cuello. Incluso en sus últimos shows seguía jugando, explorando, buscando nuevos sonidos.

Pero hubo un instante que quedó grabado para siempre. “Un lago en el cielo para todos… acá que estamos bien alto. Gracias, Caracas”, dijo antes de comenzar “Lago en el cielo”. La frase hoy tiene algo de testamento poético.
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El solo de guitarra fue distinto al de otras noches. Más largo. Más libre. Más emocional. Coleman recordaría después que Gustavo parecía haberse abandonado por completo a la música, como si estuviera diciendo algo que no podía expresar con palabras. Nadie sabía que esa sería la última canción que tocaría en vivo. El último solo. El último diálogo entre sus dedos y una guitarra frente al público.
Cuando el concierto terminó, Cerati se llevó una mano al corazón. Después lanzó un beso al aire. Levantó los brazos y dijo apenas: “Hasta la próxima, chau”. Ese saludo quedó suspendido para siempre.
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Detrás del escenario todavía había clima de celebración. La gira terminaba. Había abrazos, fotos, fans esperando un saludo, técnicos desarmando equipos lentamente. Había llegado a Caracas apenas un día antes, después de presentarse en Bogotá. Y quienes lo rodeaban ya notaban señales de agotamiento.
Sin embargo, arriba del escenario nada parecía quebrarse. Ahí seguía siendo Cerati: hipnótico, preciso, elegante. La tragedia comenzó lentamente, casi en silencio.
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En el backstage, después del show, los músicos se preparaban para una última foto grupal. El primer disparo salió mal porque el flash no funcionó. Entonces pidieron repetirla. Fue ahí cuando Adrián Taverna, histórico sonidista de Cerati, notó algo raro. Gustavo estaba pálido. Tenía los ojos perdidos. Intentó hablarle, pero las palabras no salían. Su rostro parecía no responder. Caminó como pudo hacia el camarín y se recostó en un sillón. Minutos después lo encontraron descompensado, con la camisa abierta y la boca entreabierta. El ACV ya había comenzado.
Lo trasladaron de urgencia al Centro Médico La Trinidad. La escena era caótica. Según se supo después, al llegar hubo problemas eléctricos en la clínica y debieron moverlo temporalmente a otro centro médico antes de regresar. El diagnóstico fue devastador: infarto extenso en el hemisferio izquierdo del cerebro y daño en el tronco encefálico.
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Durante las primeras horas todavía hubo una pequeña esperanza. Cerati recuperó parcialmente la conciencia. Intentaba comunicarse con gestos. Comió algo asistido y hasta llegó a mirar televisión junto a Taverna desde la cama del hospital. Pero el deterioro fue rapidísimo. El 17 de mayo sufrió una nueva crisis neurológica y el 18 fue operado de urgencia para intentar aliviar la presión cerebral. Nada logró revertir el daño.

El 7 de junio de 2010 fue trasladado en aeroambulancia a Buenos Aires. Comenzaba entonces una de las vigilias más largas y dolorosas de la historia cultural argentina. Durante 1571 días permaneció internado, primero en el Instituto Fleni y luego en la Clínica ALCLA. Afuera, millones de personas siguieron esperando un milagro. Había cadenas de oración, murales, mensajes, velas y canciones sonando en todas partes. La esperanza colectiva parecía negarse a aceptar que el silencio pudiera ser definitivo.
El 4 de septiembre de 2014, finalmente, la noticia paralizó a América Latina: Gustavo Cerati había muerto a los 55 años.
Pero quizá aquel final había comenzado mucho antes, en esa noche tibia de Caracas donde un hombre vestido de blanco tocó la guitarra bajo una lluvia tenue y se despidió diciendo “hasta la próxima” sin saber que estaba pronunciando una frase imposible.
Dieciséis años después, el eco de aquel último show sigue intacto. Porque algunos artistas no terminan nunca de irse. Porque todavía hay miles de personas que escuchan “Lago en el cielo” y vuelven mentalmente a ese instante suspendido en Venezuela. Y porque, a veces, la música tiene la extraña capacidad de convertir una despedida en eternidad.
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