
El periodista y escritor Ricardo Canaletti recorre en Crímenes políticos de la historia (Sudamericana) una serie de asesinatos con secuestros, atentados, persecuciones, traiciones y el robo de cadáveres, con el foco puesto en cómo la violencia marcó el rumbo de distintos episodios históricos.
La obra incluye figuras como Ernesto “Che” Guevara, Federico García Lorca, Benito Mussolini, Juan Domingo Perón, Martin Luther King, Severino Di Giovanni y Juan Duarte, en una narración que vincula poder y violencia.
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El texto también plantea una definición explícita sobre el límite de la acción política: “Ninguna idea, ningún proyecto justifica la violencia como destino ni como fin”. Y agrega: “Porque cuando la violencia se vuelve argumento, la política deja de ser un espacio de conflicto humano y se transforma en una forma organizada de destrucción”. Infobae Cultura publica un adelanto:

Escarnio
Clara Petacci y Benito Mussolini. Italia, 1945
Había perdido todo, menos la voz. El 27 de abril de 1945, Benito Mussolini, el hombre que durante veinte años había hablado desde balcones con el mentón en alto, escapaba por la llanura lombarda con un capote alemán. Lo escoltaban soldados que no lo querían, conducía un camión que no sabía adónde iba, y a su lado viajaba Clara Petacci, su sombra más fiel. Habían dormido en una escuela abandonada, comido pan duro y cebolla, y cambiado de ropa tres veces para evitar ser reconocidos.
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Después de la caída de Roma en junio de 1944, Mussolini se había refugiado en el norte bajo protección de Hitler, instalando la llamada República Social Italiana en Saló, un estado títere sin soberanía ni destino. Era un cadáver político sostenido por las Schutzstaffel (SS). Pero ahora, en los últimos días de abril, el Tercer Reich se derrumbaba. Hitler ya se escondía en su búnker.
Y Mussolini, sintiendo que el fin se acercaba, intentó escapar a Suiza y una vez allí negociar una salida, tal vez vivir en el exilio. Iba disfrazado de soldado alemán, oculto dentro de una columna del 52º Batallón de la Luftwaffe que se dirigía al paso de Chiavenna. Estaban rodeados. En Dongo, a orillas del hermoso lago de Como, la columna fue detenida por partisanos comunistas de la Brigada Garibaldi. El control fue improvisado pero decisivo. Los partisanos miraban a cada uno. Revisaban bolsillos. Pedían papeles. Y en el último camión, entre soldados demacrados, alguien notó una figura extraña. Una cara conocida. Uno de los partisanos gritó: “¿Quién es ese en el fondo?”.
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Nadie respondió. Hasta que afilaron la vista. No eran los uniformes. Era el silencio. Nadie podía callar como Mussolini. Nadie podía parecer tan derrotado sin decir una palabra. Era él. Fue separado. Con él, Clara Petacci, que había insistido en estar a su lado. Clara podría haberse salvado, podría haber huido con su familia. Pero eligió quedarse. Por amor o por destino.
Los llevaron a una casa de campo en Mezzegra y esperaron órdenes. La decisión llegó desde Milán, por medio de Luigi Longo y Luigi Neri, dirigentes del Comitato di Liberazione Nazionale Alta Italia (CLNAI), dominado por el Partido Comunista Italiano. La orden era clara: ejecutar al Duce. Sin juicio. Sin demora. El futuro presidente de la República Italiana, Sandro Pertini, dijo por radio que Mussolini debía ser fusilado “como un perro rabioso”.
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La versión oficial dice que el encargado de la ejecución ha sido Walter Audisio, alias Colonnello Valerio, partisano comunista. Él mismo contó que entró en la casa con un fusil automático y pidió que lo siguieran hasta el portón del jardín. Mussolini caminaba en silencio. Clara, con la cabeza en alto. Él intentó decir algo. Ella gritó: “¡Muero con él!”.
Audisio dudó, pero disparó. Dos tiros al pecho de Mussolini. Luego, otro a Clara. Algunos dicen que ella se abalanzó sobre el cuerpo del Duce justo antes del disparo. Otros, que fue ejecutada sin titubeos. En cualquier caso, murieron juntos en el acto. Eran las 16:10 del 28 de abril.
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Los cuerpos fueron cargados en un camión y llevados a Milán, cubiertos con mantas. Al amanecer del 29, en Piazzale Loreto, un lugar elegido con precisión política — allí mismo, en 1944, los fascistas habían colgado los cuerpos de quince partisanos— , los cadáveres de Mussolini, Petacci y varios jerarcas más fueron arrojados sobre el pavimento. Al lado de la pareja estaban los cuerpos de Alessandro Pavolini, secretario del Partido Fascista Republicano, uno de los más fanáticos defensores del régimen hasta el último momento y, por eso, de los más odiados; Achille Starace, exsecretario del Partido Nacional Fascista y figura simbólica del aparato de propaganda, y Nicola Bombacci, antiguo fundador del Partido Comunista Italiano que terminó como ferviente seguidor de Mussolini en la República de Saló. Había otros.
La multitud llegó como una marea. Fue una mañana abominable. Algunos escupieron los cuerpos; otros los patearon, les tiraron piedras y los orinaron. Una mujer descargó una ráfaga de tiros con una metralleta sobre el torso del Duce. Finalmente, colgaron los cadáveres boca abajo de una viga en una estación de servicio, como animales degollados. Volvieron a escupirlos, a pegarles, a tirarles basura. Fue un linchamiento post mortem. Odio.
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Los cadáveres fueron bajados al mediodía y llevados a la morgue de Milán. Mussolini tenía el cráneo estallado, los testículos triturados a patadas, el rostro deformado e irreconocible. La causa de su muerte fue el corte de la arteria aorta a causa de un disparo. Fue enterrado en secreto en una tumba sin nombre, en el cementerio del barrio milanés de Musocco.

La tumba de Mussolini, que carecía de nombre y estaba identificada solo por el número 384, en la sección 6, fue profanada el 23 de abril de 1946 por un grupo de neofascistas, en una acción delirante llamada Operación Gladio Nero. El 7 de mayo, uno de los ladrones, Domenico Leccisi, entregó los restos al padre Parini, del convento milanés de Sant’Angelo. El cadáver estaba metido en una caja diminuta, ya que durante los constantes traslados se perdieron varios dedos y otros fragmentos del cuerpo. El sacerdote informó rápidamente al arzobispo de Milán, por aquel entonces el cardenal Ildefonso Schuster, y este, a su vez, al gobierno. La Iglesia y las autoridades decidieron entonces esconder el cadáver en el convento capuchino de Cerro Maggiore, donde el superior lo ocultó primero bajo un altar y luego, a causa del mal olor, en un armario. Allí estuvo hasta 1957, cuando, por presión de su familia, fue entregado a los suyos. El cuerpo de Benito Mussolini se encuentra en el cementerio de San Cassiano, en Predappio, su pueblo natal. La tumba es un mausoleo.
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A ella la llamaban Claretta no solo por cariño, sino porque era menuda, elegante, casi etérea. Había nacido en 1912 en Roma, hija de un médico personal del Papa. Se crio entre la burguesía culta y la devoción católica, con educación refinada, piano, francés y bordado. Pero a los 19 años ya escribía cartas al Duce. Lo adoraba. Lo leía. Lo había visto pasar en automóvil cuando tenía 12 y quedó hipnotizada por ese mentón proyectado como una promesa de grandeza.
Comenzaron su relación en 1932. Él tenía 49 años, y ella, 20. Era su amante fija, pero no oficial. No tenía poder político ni cargo ni ambición de gabinete. Solo quería estar cerca. Viajar con él. Odiaba a la esposa y a los hijos del Duce, a los aduladores. Ella quería su presencia. Y él la necesitaba como un remanso. Claretta Petacci fue enterrada en el cementerio Campo Verano, Roma, en una sepultura discreta.
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