
Cuando Manuel Vilas escribe en Islandia (2026, Ediciones Destino) que “puede que el teléfono sea la invención más diabólica de la historia, junto con la fotografía”, no está lanzando una proclama ludita ni un berrinche tecnofóbico. Está definiendo, con la precisión quirúrgica que lo caracteriza, la topografía del dolor moderno. En la era de la hiperconectividad, el desamor ya no se transita en el silencio de las cartas que no llegan, sino en el tormento eléctrico de una pantalla que no se enciende.
Para entender esta afirmación, es obligatorio detenerse en el hombre que la firma. Manuel Vilas (Barbastro, 1962) es una de las voces más singulares y magnéticas de las letras hispanas actuales. Licenciado en Filología Hispánica, ejerció la docencia durante décadas antes de que la literatura lo reclamara a tiempo completo. Pero, por sobre todas las cosas, Vilas es un poeta que devoró al novelista. En sus poemarios icónicos está la obsesión por lo cotidiano, el capitalismo, la muerte y el amor sagrado.
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El gran punto de quiebre en su carrera llegó con Ordesa (2018), un fenómeno literario absoluto donde el autor desnudaba el duelo por el fallecimiento de sus padres y las ruinas de su primer divorcio. A aquel hito le siguieron Alegría (2019) —finalista del Premio Planeta— y Nosotros (2023), obra con la que se alzó con el prestigioso Premio Nadal de Novela. En todo este recorrido, la escritura de Vilas se ha consolidado como un ejercicio de autoficción sin red de seguridad: la vida propia como materia prima.

Islandia, su obra más reciente, nace de ese territorio abonado por las cenizas de la realidad. Tras la ruptura amorosa con su expareja, la también celebrada escritora Ana Merino, se encuentra a las puertas de la vejez con un viaje ya contratado: un crucero de lujo por los paisajes gélidos de Islandia. Lo que debía ser una travesía de plenitud se convierte en una expedición de fantasmas. El protagonista (y el propio autor) decide subirse a ese barco junto a la mujer que acaba de decirle que ya no lo ama.
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Islandia rompe el tabú de la vulnerabilidad masculina a los sesenta años. Vilas no escribe desde el orgullo herido o la revancha; escribe desde la intemperie. El paisaje ártico, colmado de volcanes y géiseres, muta rápidamente en una metáfora perfecta de su estado civil: una geografía congelada por fuera, pero hirviente y destructiva por dentro. Es en ese camarote flotante, rodeado de un lujo que subraya la miseria espiritual del abandono, donde la tecnología adquiere su dimensión “diabólica”.
La frase del teléfono y la fotografía funciona como el núcleo civilizatorio de la novela. ¿Por qué estos dos inventos decimonónicos, hoy perfeccionados en el smartphone, representan el mal absoluto para el amante rechazado? Primero, por la ilusión de la presencia. El teléfono permite que la voz de la persona amada viaje miles de kilómetros y se aloje directamente en el oído, generando la fantasía de una cercanía que la realidad desmiente. Es la distancia artificializada, la presencia fantasmgórica.
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En segundo lugar, la fotografía congela un instante de felicidad extinta. Contemplar una imagen vieja en la pantalla del celular no es recordar; es desenterrar un cadáver sonriente. El teléfono celular se transforma, así, en un altar de la ansiedad y el masoquismo digital: la revisión sádica de la última hora de conexión, el escrutinio de las fotos de los viajes idos, la espera infinita de una notificación que certifique que el otro sigue ahí. Esta idea condensa el andamiaje filosófico de toda la obra de Manuel Vilas.
Para el autor de Ordesa, la memoria nunca es un refugio pacífico; es un animal herido que muerde. Los objetos de consumo y los aparatos tecnológicos —un automóvil, un televisor, una marca de gaseosa o un teléfono inteligente— no son decorados de la vida moderna, sino recipientes de la experiencia mística y sentimental humana. Para Vilas, el capitalismo nos ha provisto de herramientas diseñadas para la inmortalidad técnica, pero nos ha dejado biológicamente indefensos ante la pérdida.
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Retener la voz y la imagen de quien ya no nos ama es una condena que los antiguos no conocían. Por eso, en el universo vilasiano, el progreso técnico es indisociable de la tragedia romántica. Islandia demuestra que la literatura sigue siendo el único artefacto capaz de competir con esos inventos diabólicos, de ofrecerles, no solo una resistencia lúdica, sino una interpelación directa, un rabioso signo de pregunta. El teléfono y la foto fijan el dolor; la prosa de Manuel Vilas, en cambio, lo transmuta en belleza.

¿Quién es Manuel Vilas?
Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es uno de los escritores y poetas más destacados de la literatura española contemporánea. Licenciado en Filología Hispánica, ejerció como profesor de secundaria durante más de veinte años en diversos institutos de Aragón antes de dedicarse por completo a la creación literaria. Actualmente el autor vive entre Madrid y Estados Unidos. Su vida personal ha estado muy ligada a su obra a través de la autoficción, un género donde expone sin filtros sus propias vivencias.
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Su literatura es descarnada porque exhibe en clave literaria episodios como su primer divorcio, su relación con el alcoholismo o su posterior vínculo amoroso con la escritora Ana Merino, con quien estuvo casado y de cuya reciente separación nace su última producción literaria. Su trayectoria artística comenzó en el terreno de la poesía, donde consolidó una voz lírica potente que luego trasladó a su narrativa. Entre sus obras poéticas fundamentales se destacan El cielo (2000) y Gran Vilas (2012).
Sin embargo, el fenómeno que lo catapultó a la fama internacional y revolucionó su carrera fue Ordesa (2018), una desgarradora y bellísima novela sobre la muerte de sus padres y la crisis de la mediana edad. A este éxito arrollador le siguieron títulos de gran relevancia como Alegría (2019) —con la que resultó finalista del Premio Planeta—, Nosotros (2023) —obra galardonada con el prestigioso Premio Nadal de Novela— y su más reciente e intensa crónica del desamor, Islandia (2026).
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