
Odiseo nunca dejó de cargar con Troya. Tres mil años después de que Homero pusiera en verso el regreso del rey de Ítaca, algo en esa historia se resiste a cerrarse. El cine y la poesía siguen volviendo a la misma herida: la del hombre que ganó la guerra pero no pudo sobrevivir a lo que hizo para ganarla.
Jorge Luis Borges ya lo intuía. En “Odisea, libro vigésimo tercero”, el escritor argentino eligió detenerse en el único momento del poema homérico en que la épica cede paso a algo más íntimo: dos personas que se amaron con una intensidad que el tiempo y la distancia no borraron, y que después de veinte años tienen que aprender a reconocerse — y a recuperarse — en el cuerpo del otro. Pero antes de llegar a ese poema, conviene detenerse en la versión más reciente — y más perturbadora — de ese mismo regreso.
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En La Odisea de Christopher Nolan, estrenada en julio de 2026 con Matt Damon en el papel principal, Odiseo arrastra una culpa que los dioses no le impusieron: se la fabricó él mismo. El caballo de madera que concibió para infiltrarse en Troya fue, en su propia conciencia, una violación de la xenia, la ley sagrada de hospitalidad de Zeus. Esa traición lo persigue durante una década de vagabundeo, con pesadillas y vergüenza, con la incapacidad de volver a casa. Disfrazado de mendigo ante Penélope, le susurra: “¿Qué pasaría si el Odiseo que conociste perdió el rumbo?” El reconocimiento — ese instante exacto que Borges eligió para su poema — está a punto de ocurrir.

El poema de Borges arranca donde termina la violencia — la espada, los dardos, la sangre de los pretendientes — y en cuatro estrofas recorre todo el arco del regreso hasta dejarlo abierto en una pregunta que no tiene respuesta fácil. Ulises vuelve, recupera el lecho, recupera a Penélope. Pero en el último terceto el soneto da un giro hacia adentro: ¿dónde quedó el hombre que durante años no tuvo nombre, que vagó como un animal, que eligió el anonimato como única forma de sobrevivir? Borges sugiere que el regreso al hogar y al amor no cancela al desterrado — que debajo del rey que abraza a su reina sigue habitando, silencioso, ese otro que aprendió a ser nadie.
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«Odisea», Libro Vigésimo Tercero, por Jorge Luis Borges
Ya la espada de hierro ha ejecutadola debida labor de la venganza;ya los ásperos dardos y la lanzala sangre del perverso han prodigado.
A despecho de un dios y de sus maresa su reino y su reina ha vuelto Ulises,a despecho de un dios y de los grisesvientos y del estrépito de Ares.
Ya en el amor del compartido lechoduerme la clara reina sobre el pechode su rey pero ¿dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierroerraba por el mundo como un perroy decía que Nadie era su nombre?
En El Otro, el Mismo (1964)
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