
Claro, dirá Ariana Harwicz, claro que hay algo imponente en el Teatro Colón. Lo dirá porque este domingo en la gran sala lírica de la Ciudad de Buenos Aires, en ese escenario imponente, se estrena Dementia, una ópera cuyo texto escribió esta autora de 48 años que nació en Buenos Aires, que vive en Francia, que empezó autopublicando, en 2012, una novela que se llamaba Matate, amor y que, el año pasado, se filmó en Hollywood.
En el medio, Harwicz se convirtió en parte del “boom” actual de escritoras latinoamericanas. En 2022 el entonces director del Colón, Jorge Telerman, le propuso al compositor Oscar Strasnoy algo original, único: hacer una ópera con un autor contemporáneo, vivo. Barajaron nombres, llegó Harwicz. Que suele trabajar sobre lo difícil del amor, la intensidad, cierto salvajismo del deseo y también de la maternidad. Resultó.
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Dementia tendrá cuatro funciones. Se trata de tres parejas que son la misma: una escritora y su traductor a los 25 años, a los 50, a los 75. Una casa. Pasiones. El tiempo, la literatura.

El texto se reconoce como escritura de Harwicz: “Todo lo que se entiende y se explica del amor está mal porque nadie lee lo que el amor es; unos tipos sudados agachados espiando por la cerradura a mujeres que van a orinar en posición musulmana”, dice, por ejemplo: no esperen mermelada, pétalos de rosa y voladitos. “Una escritora nunca está descargada”, advierte el texto. “La vida solo sirve para que la robe la escritura”.
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Desde Francia, a poco de salir para Buenos Aires, Harwiz dialogó con Infobae.
-¿Qué diferencia hubo en saber que escribías para ópera?
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-Escribir para ópera fue entender que la palabra sola no alcanza. En literatura una frase puede vivir en silencio. En la ópera tiene que atravesar una orquesta, un cuerpo, una respiración, un espacio enorme. Tiene que sobrevivir. Ahí entendí algo muy simple: escribir para ópera es escribir para el aire.
Y además hay una crueldad particular. En una novela podés sostener una idea durante páginas. En la ópera una frase tarda segundos en volverse ridícula o inolvidable. Pensaba mucho en ciertas óperas de Verdi o de Wagner: personajes al borde del abismo diciendo una frase elemental. El problema no es decir algo inteligente. El problema es producir intensidad.
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-¿Te enseñaron cómo hacerlo, te guiaron?
-No tuve una formación técnica. Nadie me enseñó “cómo escribir una ópera”. Mejor. Porque la ópera también necesita algo salvaje, algo que no sea del todo domesticable.
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-¿Viste ensayos? ¿Se siente raro un texto tuyo cantado?
-Sí, vi ensayos. Y fue perturbador. La literatura es un arte bastante humillante, pero la ópera lo es todavía más. Porque ves a otras personas respirando tus obsesiones. Y además cantándolas. Una frase escrita en una madrugada, sola, de pronto aparece amplificada por una soprano frente a dos mil personas. Es casi monstruoso.
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Y sí, a veces se siente raro. O incluso falso. Hay frases que funcionan en la página y mueren cantadas. Y otras, muy simples, adquieren una violencia inesperada cuando una voz las sostiene. La ópera te obliga a aceptar que la música puede destruir o revelar tu escritura.
-No hay manera de no pensarte en el centro de ese texto, alguien que mira su vida y su obra desde la mediana edad. ¿Cómo es para vos ese paso del tiempo?
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-La mediana edad tiene algo poco romántico: ya no podés mentirte igual. El cuerpo empieza a volverse un archivo. Todo queda escrito ahí. El tiempo deja de ser una abstracción filosófica y se convierte en materia.
-¿Te gusta lo que ves atrás? ¿Lo que te imaginás adelante?
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-No miro atrás con nostalgia. La nostalgia suele ser una forma elegante de falsificación. Veo errores, deseo, libros escritos desde un lugar bastante extremo. También cierta ferocidad que no quisiera perder.

Y adelante no imagino serenidad. Me interesa más la lucidez. Hay algo insoportable en la idea contemporánea de “madurar” como si fuera convertirse en alguien emocionalmente higiénico. Prefiero otra cosa: una conciencia más brutal de la finitud.
-La dureza y lo salvaje del amor, la extranjería, la literatura... la ópera parece una condensaión de tus temas.
-Sí, la ópera terminó siendo una condensación muy natural de mis temas porque trabaja justamente con fuerzas extremas. Nadie entra a una ópera para ver equilibrio emocional. Se entra para ver cómo alguien ama hasta destruirse, cómo alguien pierde una patria, una lengua, un cuerpo.
-¿Alguna vez se acaba la extranjería? ¿alguna vez se suaviza el amor?
-La extranjería y el amor tienen algo operístico: siempre son excesivos. Nunca terminan de estabilizarse. Uno nunca pertenece del todo a una lengua, a una pareja, a una vida.
-¿No hay algo imponente en la idea de “En el Teatro Colón”?
No, la extranjería no se acaba. A veces, incluso, empeora. La extranjería es una posición. Uno puede sentirse extranjero en su propia lengua, en su propia familia, en su propio cuerpo envejeciendo.
Y el amor tampoco se suaviza realmente. Lo que se suaviza son ciertas fantasías. El amor sigue teniendo algo salvaje porque implica siempre una amenaza al yo. Amar es aceptar una forma de invasión.

-¿No hay algo imponente en la idea de “En el Teatro Colón”?
- Sí, claro que hay algo imponente en “en el Teatro Colón”. Pero justamente me interesaba entrar ahí sin reverencia. El problema de ciertos grandes teatros es que a veces se convierten en mausoleos culturales. Lugares donde todo está demasiado respetado. La literatura y la ópera deberían hacer lo contrario: perturbar un poco el orden.
-“Nosotros no somos los dueños, solo vinimos a escribir”, dice un personaje. Sentí que hablaba de un lugar de la literatura, de los escritores, más cuando estás poniendo “en el Colón”, justamente.
- “Nosotros no somos los dueños, solo vinimos a escribir” para mí habla de eso. La literatura no pertenece a nadie. Un escritor apenas atraviesa una lengua durante algunos años y después desaparece. La idea de propiedad en arte siempre me pareció un poco ridícula.
Y en la ópera eso se vuelve todavía más evidente porque tu texto deja inmediatamente de ser tuyo. El director lo transforma, los cantantes lo transforman, la música lo transforma. La obra empieza a traicionarte. Y eso está bien.
-Es conmovedor cuando el traductor ya mayor dice: “no sos mi mujer, mi mujer es ella”, y apunta a la joven. ¿Cómo te ves respecto del deseo, comparada con la de los 25? ¿Cómo te ves a los 75?
-Hay algo cruel en comparar el deseo a los 25 y a los 45 o 50 porque la sociedad solo acepta el deseo unido a la juventud. Especialmente en las mujeres. Como si después hubiera que convertirse en una conciencia sabia, moderada, casi desexualizada.
Pero el deseo no desaparece. Se vuelve menos narcisista y más trágico. A los 25 uno todavía cree que el tiempo es infinito. Después deseás sabiendo que el cuerpo termina. Y eso vuelve al deseo mucho más intenso.
A los 75 me imagino todavía deseando. Tal vez con menos ilusión amorosa, pero con más verdad. Porque el deseo no es un atributo de la juventud. Es una forma de resistencia contra la muerte.
Ficha
Dementia
Libreto: Ariana Harwicz
Música: Oscar Strasnoy
Dirección musical: Tito Ceccherini, al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón
Dirección escénica: Mariano Pensotti
Funciones: domingo 31 de mayo a las 17:00; ymartes 2, jueves 4 y sábado 6 de junio a las 20:00.
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