
Dice Manuel Jabois que en la víspera de algo “todos somos novelistas”. Por eso, antes de que ocurra eso que, supuestamente, está por cambiar el resto de nuestras vidas, caemos en ese vicio tan humano de imaginar cómo será el futuro a partir de ahora. “Creo que es el terreno más fértil para la imaginación, es el terreno del novelista”. En cambio, cuando las cosas ya están ocurriendo o ya han pasado, es el turno de su otra faceta, la del periodista, que es el que levanta acta cuando “todos los escenarios de lo posible se han difuminado y solo queda uno, que es el de los hechos”.
En su nueva novela, titulada justamente como La víspera (Alfaguara), faltan apenas 24 horas para que Amalia, la protagonista, cumpla años. Es 31 de diciembre, y para celebrarlo, deberían reunirse su marido y sus dos hijos (uno de ellos, un exfutbolista famoso por un gol que clasificó a España para el Mundial), pero un siniestro suceso pone patas arriba los planes: la desaparición de dos niños en el pueblo, que concentra a medios y autoridades policiales en el municipio. Por si fuera poco, Amalia se da cuenta de que Mon, su hijo menor, se ha marchado del pueblo al mismo tiempo sin dar explicaciones. A medida que avancen las horas, los acontecimientos caerán por su propio peso. Hasta entonces, la familia solo puede esperar... y especular.
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De este modo, Jabois regresa al suspense coral de Miss Marte sin abandonar por ello la madurez narrativa alcanzada en Mirafiori. La víspera respira humor y ternura, desesperación y culpa. Juega con las perspectivas, pero en ningún momento pierde el tono que acompaña al lector desde el principio: casi el mismo que encontramos en Hora 25 o que leemos en sus columnas de El País. “En la ficción estoy más asalvajado”, matiza el autor cuando Infobae le pregunta al respecto. “Pero es cierto que tengo una voz narrativa hecha a través de los años con muchos autores y lecturas, que ha conseguido (ya lo puedo decir a estas alturas) que lo que escribo se parezca mucho a mí”.
“Antes de escribir un libro, tú estás preparado para una gran obra maestra”
Casi a modo de señuelo, la desesperación de los niños en La víspera sirve como pretexto para abordar lo que no se dice en una casa. La familia queda eviscerada por Jabois, igual que ese conejo al que Amalia destripa en la primera página, precisamente la imagen que dio origen al resto del libro. “Empecé a avanzar sin saber muy bien hacia dónde iba, hasta que empezaron a aparecer los siguientes miembros de la familia, y empecé a comprender lo interesante que podía ser escribir una novela sobre el silencio, sobre la incomunicación de una familia llena de sobreentendidos. Lo que ya sabemos, pero no vamos a hablar”.
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En esa especie de omertà congénita, las preguntas son bastante mal llevadas, advierte Jabois. “Lo peor de las preguntas son las respuestas. Nosotros (los periodistas), que nos dedicamos a esto, sabemos que pueden ser muy delicadas. Preguntar es un arte magnífico, pero tiene un defecto, y es que a veces te dan respuestas que a lo mejor no quieres escuchar”, dice. Se da, de hecho, cierto paralelismo con el proceso de escritura: “Antes de escribir un libro, tú estás preparado para una gran obra maestra. Luego escribes ese libro y te das cuenta de que puedes llegar a entretener, puede tener cierta profundidad. En mi cabeza esto era una cosa bárbara de 500 páginas en la que por fin os iba a contar a todos en qué consiste una familia”, ríe. “Los cojones: no puedo ni explicar la mía”.
Por suerte, para Jabois el tiempo pasa por los escritores “al contrario que el de los futbolistas”. Mientras el cuerpo falla, la mente permite hacer pensar a los escritores que la siguiente novela será mejor. Lo dice por Chami, el hijo mayor de Amalia, un famoso exfutbolista atrapado en una crisis existencial agravada por las adicciones. “Me interesaba ese viaje de vuelta tan complicado de un tipo que ya ha conocido la gloria y que sabe que no volverá. Para los deportistas profesionales, hay que bajar esas escaleras a una edad muy temprana. Pero este chico, más que bajarlas, se cae por ellas, y está todavía, tantísimos años después, tratando de averiguar qué es lo que quiere hacer, qué es lo que tiene que hacer y cómo poder recuperar las emociones de antes”.
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Por qué siempre pensamos que somos las víctimas y no los verdugos
Esa conquista de la realidad parece unir al hijo y a la madre. Amalia, en cierto momento, muestra su deseo de “seguir ganándose la normalidad”. “Hay gente que hace verdaderas atrocidades para poder ser normal”, comenta Jabois. En el caso de su protagonista, esta vive atravesada por una carencia de emociones. “No me gusta usar la palabra psicópata, porque es una palabra con connotaciones muy negativas para una persona que puede convivir con nosotros tranquilamente, imitando el bien y entendiendo que tiene que hacerlo para ser aceptado. Convivir sin emociones es muy complicado, y ella tiene algo roto en la cabeza, que la familia intuye y sospecha”.
El personaje de Amalia y sus pensamientos sirven, pues, como puerta de entrada a la siguiente pregunta: ¿de qué y de quién hay que tener miedo cuando ocurre algo horroroso? “Existe una tentación muy grande en ser la víctima cuando ocurre algo monstruoso. Creo que era Sánchez Ferlosio el que tenía un artículo en el que dice que pones un pie en la calle y estás deseando ser ofendido para presentarte al papel de víctima. Ser víctima no implica tener razón. Ya sé que no es muy popular decirlo, pero es importante saberlo. Una víctima merece el respeto, la protección y la consideración de cualquiera. Pero a la hora de argumentar, a la hora de tener unas ideas, no te convierte en alguien especial”.
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En el otro extremo, queda la culpa, otro tema que Jabois explora en La víspera. “Cuando ocurre un suceso en mi ciudad, de repente intento chequear dónde estaba yo y con quién estaba por si alguien pudiera pensar que fui yo”, ríe. “Mi raciocinio me dice que estoy loco y, efectivamente, en ese sentido lo estoy, pero es inconsciente”. Esos mismos temores son los que afloran en la mente de algunos personajes de la novela, y que sombrean toda la historia familiar. “A mí la culpa me ha salvado muchas veces. Yo creo que hay muchas taras mías que pueden parecer defectos, pero que en el fondo he conseguido que me ayuden. Un juguito que me pueda servir en el día a día”.

Sobrevivir al juicio de los demás
En la víspera de La víspera, Manuel Jabois era inocente. Ahora, sin embargo, toca someterse al escrutinio de los lectores y a sus críticas. “Me dedico a cosas que están constantemente juzgadas”, razona el autor. “Escribo en el periódico y en la novela, con la voluntad de que me lea mucha gente. Y cuanta más gente me lea, más juicios recibiré, así que no me puede afectar, porque si lo hiciese, tendría que dedicarme a otra cosa. Prácticamente cada día hay un juicio sobre mi trabajo. Una red social, un comentario en un periódico, o alguien que se acerca en una cafetería. Generalmente, todas son positivas en la calle y, generalmente, hay muchas negativas en las redes”.
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Afirma llevarlo bien, que no es lo mismo que acostumbrarse a la calumnia ni a la difamación. “Es feo acostumbrarse a eso”, comenta. Eso sí, con lo que no lidia desde hace tiempo es con el silencio. “Con la falta de juicios, la indiferencia, que alguien te lea y no tenga absolutamente nada que decir sobre ti ni sobre tu trabajo”. Por eso, confiesa que el ruido se ha convertido, en parte, en algo necesario. Y lo importante es ser capaz de relativizarlo. “Me contó en una ocasión Marcos Giralt Torrente (autor de Los ilusionistas) que una vez le dio su manuscrito a Carmen Martín Gaite y a Javier Marías. Todo lo que subrayaba Marías como maravilla, Marías lo tachaba por detestable, y todo lo que subrayaba Marías como virtud, Martín Gaite lo tachaba".
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