
“Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”, sostiene Malala Yousafzai, activista paquistaní y Nobel de la Paz, quien advirtió durante su última visita a Madrid —en entrevista con el diario español El País— que la comunidad internacional no puede normalizar el borrado sistemático de las mujeres afganas y debe reconocerlo explícitamente como crimen de lesa humanidad. El mensaje de Malala se produce cuando Naciones Unidas discute la redacción de un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad, con la posibilidad de tipificar el “apartheid de género” para llenar el actual vacío legal, lo que permitiría perseguir de manera más eficaz los abusos cometidos contra las mujeres en ese país.
En Madrid, la agenda de Malala fue concentrada: en sólo doce horas mantuvo reuniones institucionales con el presidente Pedro Sánchez y el ministro de Exteriores José Manuel Albares, acompañada por Sahar Halaimzai, directora ejecutiva de Malala Fund. Para Malala, los talibanes representan “el ejemplo más extremo de opresión sistémica contra mujeres y niñas”, privados del derecho a aprender o trabajar y castigados quienes intentan ejercerlos en secreto. Subraya: “Debería alarmar al mundo que tal opresión pueda ocurrir, que la mitad de la población de Afganistán esté siendo borrada de la vida pública”.
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Las restricciones no han dejado de profundizarse en los últimos cinco años bajo el dominio talibán, con la imposición de normas como la que prohíbe que una mujer sea vista desde la ventana de su vivienda o limita su acceso a atención médica. Malala describió las estrategias de resistencia desarrolladas actualmente por las organizaciones afganas, a las que su fundación apoya. Según relató, se sostienen formas alternativas de educación por medio de la televisión, la radio y plataformas online. Dice que las niñas afganas que asisten a escuelas clandestinas tienen esperanza.

Malala comparte que recibe mensajes de niñas afganas que describen la dificultad para conseguir libros y el temor a ser descubiertas. Algunas relatan que deben ocultar los textos entre la ropa o bajo el colchón, y que el simple hecho de abrir un cuaderno constituye un riesgo. Así, la cultura escrita se convierte en un territorio que debe protegerse y resguardarse en secreto. La activista insiste en que la lectura es una herramienta de emancipación. Defender el derecho a leer para las niñas afganas no es solo una demanda educativa, sino también una declaración política frente al “apartheid de género” que denuncia.
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Esa búsqueda de conocimiento no se ha visto truncada, a pesar de un contexto que la activista califica como de “oscuridad”. Malala afirma: “Las niñas afganas no se rinden. Tienen valentía y determinación, pero necesitan que el mundo esté a su lado”.
La biografía de Malala Yousafzai sigue siendo referencia global de la resistencia por la educación de las niñas. A los once años comenzó su activismo después de la prohibición talibán de escolarizar a las niñas en el valle donde vivía en Pakistán: los talibanes bombardearon escuelas e impidieron a las mujeres trabajar. Tras sobrevivir a un atentado a los quince años y convertirse en la persona más joven premiada con el Nobel de la Paz a los diecisiete, reconoce que ha sentido la presión de “una mano gigante” que la empujó a una vida distinta, según testimonia en su libro más reciente, Finding My Way, publicado en octubre.
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Malala subraya en su diálogo con El País que su propia historia no debe ser una excepción: “Me siento muy afortunada por haber podido ir a la universidad y terminar mis estudios, pero no quiero que mi historia sea una excepción. Quiero que todas las niñas puedan completar su educación y decidir su propio futuro”. A nivel mundial, la cifra es contundente: 120 millones de niñas no pueden asistir a la escuela por múltiples causas. Para la activista, la educación representa la base para alcanzar la igualdad.
Malala extiende su preocupación más allá de Afganistán. En su análisis, la situación afgana refleja un desafío global marcado por retrocesos: “Es muy difícil asimilar todos los retrocesos: los recortes en la ayuda internacional, la prohibición de la educación de las niñas por parte de los talibanes, la destrucción del sistema educativo en Gaza y la crisis que sufren mujeres y niñas en muchas partes del mundo”.
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