Una entrevista presenta a Cecilia Milone dialogando sobre su próximo tributo a Mariano Mores en Mar del Plata. La artista aborda también temas de su vida personal, incluyendo su relación con su madre.
La noche del viernes 24 de abril, el Teatro Colón de la ciudad de Mar del Plata será mucho más que un escenario para la música: será el espacio donde Cecilia Milone pondrá en juego el tejido íntimo de su historia, marcada por heridas profundas y por la búsqueda de sentido en medio de la adversidad. Siempre Amores, el sonido de mi alma, el espectáculo que honra la obra de Mariano Mores a diez años de su partida, es también el reflejo de una hija intentando comprender y sanar el vínculo con su madre.
En el centro de este proyecto laten el duelo y la introspección. La cantante atravesó un tiempo de quebranto, enfrentando el doloroso proceso de reconocer la huella que su madre dejó en su vida. “Fue muy doloroso para mí comprender que tuviste una mamá que en muchas cosas fue dañina con vos, aunque no haya sido su intención, pero que te hizo daño grande en el alma, que hubo abuso emocional”, confesó con honestidad descarnada en una charla en el podcast Presente Perfecto, de Nata Álvarez.
La revelación da cuenta de una herida abierta: la dificultad de encontrar sostén cuando la infancia deja marcas de invalidez: “¿Qué quiere decir ‘abuso emocional’? Eso, invalidarte, decirte que sos demasiado sensible, tratarte un poco como si vos estuvieras loca. Cuando tenés de pronto una campaña que está haciendo eso, mi corazón no podía tanto. Yo estoy descubriendo el dolor de mi mamá y tengo que actuar, ¿que estoy contenta? No puedo, no puedo, no pude. La vida es una mierda, hay que hacerla cinco estrellas".

En los meses previos al homenaje, la angustia se impuso en la vida de Milone. Decidió detener todo y refugiarse en la soledad, intentando recomponerse. “Me escondí, levanté unos shows que tenía ahí en Capital, me quedé como veinte días así tratando de ver para dónde ir, porque me quedé angustiada, me quedé perdida, me desorienté. No supe qué hacer, ¿viste cuando decís: ‘No sé ni puedo ni pedir ayuda porque no sé ni qué necesito’?”. El vacío se hizo presente y el dolor, lejos de ser abstracto, era un peso concreto, diario, que solo encontraba alivio en la contención de sus amigos más cercanos.
La presencia ausente de su madre, el eco de una crianza marcada por el abuso emocional, llevó a Milone a una revelación: “Yo comprendí quién fue esa madre”. El reconocimiento de esa historia personal, lejos de paralizarla, se volvió el impulso para buscar un renacimiento. “Uno tiene que saber que la vida duele mucho”, reflexionó, en un intento de transformar el sufrimiento en un motor creativo.
En ese contexto, la música aparece como refugio y trinchera. La decisión de realizar el homenaje a Mariano Mores surgió mientras Milone buscaba reparo frente al mar de Mar del Plata, una ciudad que siempre le brindó calma y fortaleza. “Me fui fortaleciendo frente al mar, frente a Dios, como Mariano Mores. Y ahí me di cuenta que estaban por cumplirse los diez años de su fallecimiento”. La coincidencia de fechas y emociones le permitió canalizar su propio proceso de duelo y reconstrucción a través de un proyecto artístico.

El espectáculo en el Colón es, entonces, mucho más que un tributo. Es la puesta en acto de una biografía. La colaboración con la Banda Sinfónica Municipal, bajo la dirección de José María Ulla, se vuelve el marco sonoro donde Milone puede entregar su verdad. “Necesito un contacto con la Banda Sinfónica, porque se me ocurrió algo que tiene que ser la Banda Sinfónica y el sonido de Mar del Plata y Mores amaba Mar del Plata”, reveló. La fuerza de la orquesta y el legado de Mores le brindan una estructura para reconstruirse, para sostenerse en el presente.
La elección del repertorio, los arreglos y la puesta responden a una necesidad vital. Cada canción es una oportunidad para exorcizar el dolor, para resignificar la sensibilidad que durante años fue vista como debilidad. “El proyecto enorme de Mariano, siento que de algún modo me sostiene también a mí, no solo lo honro a él, sino que me sostengo yo”, confesó al dejar claro que la música es, para ella, un acto de supervivencia.

El escenario se convierte así en su refugio más genuino. “Mi Polinesia es el escenario. Yo no necesito ir a Dubái, a un hotel catorce mil estrellas. Mis infinitas estrellas están en mi universo, que es sobre un escenario. Ahí es donde yo tengo el lujo”. Frente a la hostilidad del mundo y los recuerdos de una infancia herida, el arte le permite a Milone encontrar el lujo verdadero: la oportunidad de ser, de sentir, de transformar el dolor en belleza.
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