
Hay cierto parecido entre el Servicio de Urgencias de The Pitt y el catálogo de HBO Max. Todo va a un ritmo aceleradísimo, casi inasumible para el cerebro humano, en el que, antes de poder terminar con un paciente (o con una temporada, según el caso), ya hay otro nuevo entrando por la puerta: más grave, si cabe, así que no hay tiempo que perder.
Algo parecido le ha ocurrido a este drama sobre doctores en el Centro Médico de Trauma de Pittsburgh. En menos de un año, dos temporadas de quince capítulos, uno por cada hora de turno del día que siguen las temporadas, la han convertido en esa serie que “todo el mundo debería conocer” de la plataforma y, hasta el reciente regreso de Euphoria, también en la más vista, por si alguien lo dudaba.
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Más pacientes, más política
Habrá quien diga que la segunda temporada de The Pitt es mejor que la primera. En cierto modo no le faltará razón: la producción se dedica a ‘doblar la apuesta’ de lo que la alzó como uno de los mejores dramas que se recuerdan. El hiperrealismo médico se mantiene, tanto en los diagnósticos como en los tratamientos, y se introducen nuevos personajes, tanto adjuntos como residentes, a la altura de la plantilla original. Además, la serie refuerza su carácter político y no da puntada sin hilo para señalar a los responsables de que la salud en Estados Unidos sea un agujero negro: que si la falta de recursos, que si las redes y la IA, que si la salud mental.
Mención aparte merece la aparición del ICE en la serie. La agencia federal de inmigración de Estados Unidos, en plena polémica por las políticas de deportaciones masivas de Donald Trump, ofrece su particular y negativísimo cameo en la serie. Habrá que esperar a una tercera entrega para ver si la producción vuelve a tener valor de lanzar una crítica similar después de que Paramount (cuyo consejero delegado es “gran amigo” del presidente) termine de comprar Warner Bros., propietaria de HBO.
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Antes de que llegue esa futura tempestad, The Pitt podría preocuparse por los vientos que ya ha sembrado en esta temporada, y que no han pasado desapercibidos para muchos espectadores: el repentino cambio de carácter que sus personajes han experimentado en los nuevos quince episodios, y el hecho de que sus conflictos individuales tengan más peso que su labor en los boxes del hospital.
Tener problemas no es suficiente
Es cierto que han pasado 10 meses desde los acontecimientos de la primera temporada, pero no parece creíble que personajes como las doctoras Samira Mohan (Supriya Ganesh, ya fuera de la serie) y Mel King (Taylor Dearden) hayan pasado de ser grandes médicas a ser prácticamente disfuncionales a la hora de tratar a sus pacientes. Los problemas familiares de la una y la neurodivergencia de la otra se han convertido en lo único que las define como personajes... pero no por ello las ha hecho interesantes. Más bien al contrario.
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El peor caso es el de Michael Robinavitch (Noah Wyle), el protagonista de la serie. El deterioro de su estabilidad emocional sí que es consistente con la evolución de la trama, como lo es que sus traumas no le impidan ejercer la medicina. El problema es que, en esa caída hacia el abismo, Robby acaba en los últimos episodios por encarnar el prototipo de jefe ‘cabrón’, hasta el punto de gritarle a uno de sus empleados para recriminarle, por las razones que sea, haber sufrido un ataque de ansiedad en pleno turno.

The Pitt se pega automáticamente un tiro en el pie en el momento en el que, tras este y otros episodios, sus amigos, compañeros y empleados le recomiendan ir a un psicólogo y nadie piensa en una (más que merecida) demanda por maltrato laboral. Ya sea por deferencia con el clásico y ya trillado ‘buen hombre con muchos conflictos internos’, o porque los derechos del trabajador son menos importantes que la salud, la serie te plantea si este héroe de ojos tristes es necesario en las Urgencias, no si es cuestionable.
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Pese a no ser terminal, esta tendencia de The Pitt es presagio de un mal mayor en próximas temporadas. La serie haría bien en evitar que los médicos pasen a convertirse, única y exclusivamente, en una serie de tormentos individuales que se asumen para mayor empatía del espectador. Si va a más, sus hasta ahora acertadísimas críticas y dilemas pasarán a ser mera purpurina en el guion, perdiendo buena parte de su esencia y durando lo que duran en “la fosa” las camillas libres o las mascarillas desechables. Esperemos que no sea así.
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