
Hubo una frase, dicha casi al pasar en un estudio de televisión, que sonó como una grieta en un vínculo que parecía indestructible. Y dolió. Porque cuando Fabiana Cantilo reveló que decidió desinvitar a Fito Páez de su show en el Auditorio de Belgrano, no habló solamente de una ausencia sobre un escenario: puso en suspenso una de las relaciones más entrañables, caóticas y míticas de la historia del rock argentino.
“Le dije que no viniera”, contó en Los Profesionales, el programa de Flor de la V, al explicar que tomó esa decisión después de que el rosarino le pidiera que dejara de hablar públicamente de su vida privada, en medio de versiones que lo vinculaban sentimentalmente con Sofía Gala.
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Y entonces, inevitablemente, el presente chocó de frente con el pasado.
Porque hablar de Fito y Fabi nunca fue hablar solo de dos músicos. Fue hablar de una época. De una generación. De canciones que todavía arden. De una historia escrita entre excesos, ternura, rescates mutuos y melodías eternas.
Corría 1984 cuando se enamoraron. El país despertaba de la dictadura y en la cultura se cocinaba una revolución estética y emocional. En torno a Charly García orbitaban criaturas incendiarias. Entre ellas, un muchacho rosarino de mirada melancólica que todavía no era mito, y una mujer indómita, luminosa, feroz, que parecía bailar incluso cuando estaba quieta.
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Fue en las sesiones de Piano Bar, ese disco fundacional de Charly, donde empezó todo. Años después, Fabiana miraría hacia atrás con una honestidad brutal.
“Vos sos Fito, ¿no? El rosarino de Baglietto”, consultó ella al cruzarlo. Y él no pudo dejar de pensarla. “Era el monumento a la juventud. Solo pude mirarla de refilón en los siguientes minutos. Se produjo un hermoso silencio al encontrarnos. Nos dimos un beso de circunstancia. Era de una belleza sobrenatural. Me intimidaba”, explicaría él.
Y el rosarino no dejaría de recordar detalles: “Su rostro anguloso entre galés y criollo. Sus ojos castaños que se encendían pícaros. Su boca de labios carnosos y ese lunar tan de ella sobre su mejilla derecha. El cabello rubio carré sobre los hombres. El cuello perfecto devenía en un torso con dos pechos suaves que se alzaban sobre una remera de The Police. Su minifalda dejaba ver su refinada silueta de mujer joven y poderosa”.
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“Fito era un tipo tranquilo que tocaba folclore. Nosotros éramos unos pibes que queríamos llamar la atención del ídolo. Y Fito se cuidó, yo no. Yo fui muy reventada. Por eso él ahora tiene plata y yo no tengo un mango”, diría ella, con esa mezcla tan suya de ironía, crudeza y poesía callejera.
Pero detrás del humor había otra verdad: “Era un tipo maravilloso y yo me sentía muy cuidada con él… aunque éramos dos piscianos y el mundo explotaba”. Eso eran. Dos piscianos y el mundo explotando. Su amor fue romántico y feroz. Dulce y devastador.
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“Nos enamoramos como un espadachín del castillo que rescata a la dama. Un delirio total”, recordó ella.
Y Fito, siempre más literario, había contado cómo la conquistó con una escena digna de realismo mágico: “Fabi me preguntó si creía en los ovnis. ¿Qué le iba a decir a la chica más hermosa del mundo? Después nos envolvió el amor. El amor antes del amor. Y volamos desde Urano a Saturno… te amé, te amo y te amaré, luz de todos los astros”. No era una metáfora. Era exactamente así.
Entre ellos hubo canciones, peleas, reconciliaciones, toxicidad, ternura, celos, adicciones y un modo de amarse que muchas veces parecía rozar la autodestrucción.
Pero de ese incendio nacieron algunas de las páginas más bellas del cancionero argentino: “Tres agujas”, “Fue amor”, “Brillante sobre el mic”, “Te aliviará”, “Creo”. Himnos atravesados por una mujer de ojos inmensos que se volvió musa sin proponérselo.
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Cuando le preguntaron si Fabiana había sido su gran inspiración, Fito respondió: “No, es una de ellas, muy importante. Se va a enojar cuando escuche esto. Fue la primera. Aunque antes estuvo Silvia Corea, uno de mis primeros romances y muy inspiradora cuando empecé a hacer canciones: le escribí un tema que se llama“Mi primer retrato”, que grabó Lalo de los Santos”.
Y después enumeró temas como quien enumera cicatrices: “Fabi me regaló tantas canciones que ni me las acuerdo”.
Se separaron en 1990. Las peleas, los celos y el desgaste fueron haciendo lo suyo. “Nos peleábamos, nos amigábamos… él me dijo que le hice componer temas divinos”, recordó ella. Y también se confesó: “Yo me conectaba con los celos y la posesión. Era un plomazo”.
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Pero lo extraordinario ocurrió después. Porque cuando el amor romántico se rompió, apareció otra cosa. Algo quizá más raro, más profundo: la amistad.
Y ahí fue donde se volvieron eternos. Es que Fabiana no solo fue la mujer detrás de muchas canciones de Fito, también fue quien lo sostuvo cuando la tragedia lo pulverizó.
En 1986 asesinaron a su abuela y a su tía y él cayó en una depresión devastadora, y Fabi fue quien lo levantó: “Me sacó de la cama, me agarró de los pelos, me metió en un auto y me llevó a ensayar con Spinetta. Si eso es salvarle la vida a alguien, ella lo hizo”. No lo dijo metafóricamente. Sí, le salvó la vida.
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Y quizá por eso, pese a rupturas, silencios o desencuentros, siguieron apareciendo siempre el uno para el otro. En cumpleaños, homenajes, discos, escenarios.
Como cuando Fito la homenajeó públicamente en Buenos Aires y le dedicó palabras que todavía resuenan: “Nadie puede aburrirse al lado de esta deidad argentina… su risa retumba en todos los espacios del mundo”. Fabiana lloró, y muchos lo hicieron con ella. Porque había algo conmovedor en ver a dos sobrevivientes del rock seguir mirándose con esa gratitud.
Lo mismo volvió a pasar cuando ella subió al escenario del Movistar Arena —y luego Vélez— para celebrar los 30 años de El amor después del amor. Frente a miles, Fito la presentó casi como una declaración: “Fabi, te debo tantas… pero tantas canciones”. Y ella, estoica, hermosa, intacta en su aura salvaje, cantó “Creo”: “Creo que aún tal vez piensas en mí…”. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo siguiera ahí.
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Por eso la confesión sobre el show en Belgrano sorprendió tanto, porque si hay una historia que parecía haber demostrado que el amor puede mutar sin romperse era la de ellos.
Fito y Fabi habían logrado lo improbable: transformar una pasión feroz en una amistad inquebrantable, o al menos eso parecía. Tal vez por eso duele imaginar un desacuerdo. Porque en el fondo nadie quiere pensar que esa leyenda tenga fisuras.
Porque Fito y Fabiana no son solo dos ex, son parte de una mitología sentimental argentina. La prueba de que algunas personas, aunque se separen, quedan para siempre orbitándose. Como aquellos dos piscianos y amantes que una vez creyeron en ovnis y volaron de Urano a Saturno. Como el amor antes del amor.
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