
El cuerpo de Juan Domingo Perón sigue envuelto en polémica y misterio desde su muerte en 1974. Su historia está marcada por rituales ocultos, conspiraciones y profanaciones. Su velatorio exigió tratamientos químicos especiales para mantener el cuerpo ante la multitud, y tras ser momificado fue llevado en secreto a la Quinta de Olivos, donde se produjo el encuentro clandestino con los restos de Evita.
De eso se ocupa El cuerpo de Perón: la muerte, las manos, los tiros, el nuevo libro de Facundo Pastor. Allí narra los rituales nocturnos que orquestaron Isabel Perón y José López Rega orquestaron rituales nocturnos con los dos cuerpos, el de Perón y el de Eva, hasta el último traslado de los restos de Perón a San Vicente que desembocó en un tiroteo intenso.
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Nacido en Buenos Aires en 1979, Facundo Pastor es periodista, abogado y productor. Actualmente conduce el noticiero de la señal A24 y un envío radial cada tarde en La Red. También trabaja en la producción de proyectos documentales para distintas plataformas. En 2015 publicó su primer libro de investigación: Nisman. ¿Crimen o suicidio? ¿Héroe o espía?, en 2018 escribió El gran arrepentido, en 2022 Emboscada. La historia oculta de la desaparición de Rodolfo Walsh y el misterio de sus cuentos inéditos y en 2024 Isabel.
A continuación, un fragmento de El cuerpo de Perón: la muerte, las manos, los tiros. Así empieza el nuevo libro de Facundo Pastor.
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El aura estaba en él.
Era un resplandor que habitaba su cuerpo. Lo completaba.
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Fue cuando se sintió flotando que confirmó que esa luz líquida brotaba de su ser. La agonía le generaba eso; la extraña sensación de un cuerpo levitando que se perdía en un horizonte lejano hasta convertirse en un punto nimio, casi inexistente. Un cuerpo que flotaba en medio de la nada, sin rumbo.
Durante los últimos meses, una idea le rondaba con persistencia. Había escrito algo entre sus apuntes diarios. Eran palabras que se unían a un último deseo. La unión de todos los puntos en un punto. El punto final.
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Se inclinó en la cama como pudo y espió el cuaderno.
“El sentido heroico de la vida será lo único que salvará a los pueblos”, leyó.
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Eso deseaba si le tocaba partir: el heroísmo de la trascendencia.
Que no hayan sido en vano tantos años de lucha. Porque, de todas maneras, pasara lo que pasara, la muerte llegaría, tan escurridiza como serena. Tan certera como inevitable. Aunque esta vez contara con el aura para enfrentarla de una manera distinta.
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Porque si el brillo se iba a convertir en una tenue luz amarillenta, que también fuera una luz constante; una luz eterna.
En los últimos días había empezado a experimentar en su cuerpo un cambio que lo inquietaba. Al levantarse y deambular por la suite presidencial, le costaba respirar y se agitaba más de la cuenta. Cada suspiro se había convertido en un silbido melancólico y todo su cuerpo en una criatura indomable. El pecho ya no se le inflaba tanto. Los pulmones fallaban. Las manos no le cerraban por completo. Las piernas vibraban.
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¿Dónde había quedado la fortaleza de la sangre indígena, ahora que tanto la necesitaba?
Los médicos le revoloteaban como moscas de campo. Lo manoseaban para cambiarle la medicación. Los electrodos pegados en el pecho. Las jeringas. Los jarabes. Un catéter invadiendo sus venas. Una bolsa de suero goteando.
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Las enfermeras lo complacían por lástima. Somnoliento, escuchaba cómo se referían a él. Eran voces plomizas que retumban como ecos de un bosque y se multiplicaban en el vacío.
El Viejo pidió tal cosa.
El Viejo está despierto.
Hagan silencio que el Viejo duerme.
Está débil el Viejo.
¿Cuánto tiempo le quedará al Viejo?
No le molestaba tanto la idea de que lo trataran como un anciano, porque efectivamente lo era, sino que lo hicieran como si él no estuviera presente en esa habitación.
¿No me ve, señorita?
¿No se da cuenta de que muchas veces me hago el dormido, y aun así escucho todo?
Entre las enfermeras había una matrona que le recordaba a su madre, Juana Salvadora. El recuerdo lo sacaba del fastidio. Cara redonda como una galleta. Ojos achinados de raíz tehuelche. Manos rugosas. Cuerpo percherón.
—¿Es usted, madre? ¿Qué está buscando? —le preguntó una mañana, cuando la vio entrar.
La enfermera no respondió y el silencio lo hizo viajar en el tiempo. Entonces apareció deambulando entre los pastizales de la estepa de Camarones, donde apenas podía asomar la cabeza para espiar hacia el infinito patagónico. Porque siempre un recuerdo es un destino. Y ese destino había signado su vida para siempre.
Hasta ahí había llegado cuando su padre aceptó el trabajo en la estancia La Maciega. Nos vamos lejos, le advirtieron una madrugada que lo arrancaron de la cama para emprender un viaje interminable.
Pasó de la bruma bonaerense a la inmensidad del sur.
Y ahí, en medio de la nada, aprendió a caminar el campo custodiado por una jauría de ovejeros. El frío crudo. Las caletas dibujadas en la costa. El mar teñido de azul intenso. Y el viento lastimando su cara de niño precoz; dejando marcas indelebles en las mejillas rosáceas.
Fue ahí que entendió de sufrimiento; que aceptó que se muere en el invierno para renacer en los primeros soles del verano. Ahí tomó contacto con la peonada, cuando, perdido en el campo, aceptaba un mate para calentar el cuerpo y seguir correteando. Esa fue su primera escuela, donde aprendió los valores de la humildad y la insignificancia de la soberbia.
Los tíos, así llamaba a esos desconocidos chilotes que lo arropaban como hacen las manadas con sus crías.
Juancito, le decían esos hombres rudos que muchas noches reaparecían en sus sueños, y que, pronto, pasaron a ser su familia de temporada, cautivándolo con cuentos de fogón sobre las guerras civiles, donde empezó a forjar el sentido de justicia social. Porque si los protagonistas eran los débiles perseguidos por los opresores, cruzaba los dedos y tocaba la leña deseando un final victorioso.

Su madre le había enseñado el truco.
—Tres golpecitos en la madera ahuyentan los malos pensamientos, m’hijo —solía decirle.
Y el truco siempre le funcionaba.
Pero si, en cambio, las leyendas eran sobre las virtudes de los viejos rastreadores herederos de Calíbar, simplemente hacía silencio para prestar atención y aprender a leer las marcas esparcidas por el suelo.
—Ahí está todo lo que necesitás para la vida —le repetían los chilotes.
La mirada profunda para descifrar lo oculto, para interpretar lo incomprensible.
Las huellas como vestigios de orientación.
Las marcas de un suelo que también era un mapa.
Tendido en la cama volvió a atragantarse con las palabras.
—¿Es usted, madre? ¿Qué quiere? No sea impaciente que ya falta menos —repitió, en voz baja, dejando que cada palabra volara de un lado a otro de la habitación.
Cuando la matrona se alejó, revoleó los ojos sin entender cómo había terminado así. Desposeído de la firmeza que le permitió saborear el poder durante años. Postrado en una habitación que, finalmente, le resultaba ajena. Consumido como la ceniza del último cigarro que no se pudo fumar. Y lejos de todo lo que le generaba un poco de placer.
Aun así, el aura seguía brillando. Seguía guiándolo. Iluminaba la cama ortopédica en la que lo habían depositado en las últimas semanas, por recomendación de los médicos.
Se miró los brazos.
Las manos apuntando al cielo. Los dedos como arañas indomables. La carne mustia colgando de los huesos. Notó los pinchazos en los pliegues. Las heridas de las agujas. Los agujeros en el cuerpo.
Esta vez, el destino parecía sellado. Esas marcas, que había aprendido a leer mirando el suelo de la Patagonia, se convertían en señales que le indicaban un único camino.
¿Qué pasará, entonces, cuando ya no resista más?, pensó.
¿Qué harán conmigo?
¿En qué convertirán mis huesos?
No quiero que hagan conmigo lo que hicieron con Ella.
Ya se los dije. Ya se los advertí. Nada de tratamientos. Nada de conservación. Que la carne se convierta en hueso y, luego, el hueso en polvo. Que las cenizas terminen de confundirse con la tierra. Que la oscuridad sea iluminada por el aura.
Lo peor que tenía la muerte no era el misterio del rito de paso, sino la idea de abandonar la existencia. Dejar de ser, para pasar a ser simplemente una cosa.
Un cadáver.
Un cuerpo.
Uno más.
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