
Llovizna finito. No me importa. Tengo puesto un gorro de lana y una campera abrigada. La nueve milímetros va en el bolsillo interior izquierdo, cargada. Fácil de sacar. También llevo mi cortaplumas en la media. Estoy esperando al Muñeco, que de Gallardo no tiene nada. Él no sería capaz de pensar el juego. Todo el plan es mío. Le pedí que no venga colocado. Cuando está así, es difícil de controlar. Este va a ser un trabajo fácil y limpio. Lo hacemos de mañana porque venimos estudiando la casa todos estos días. El guarda de la garita de la esquina se va bien temprano. Los hijos visitan a los viejos muy de vez en cuando y siempre de tarde. A la mañana están solos con la Mary. La idea es reducirla también a ella.
Si la Mary es víctima no puede ser cómplice. Ella nos dio el dato. Cobró hace unos días y vio que la vieja salía de su pieza con el fajito de plata. Cuando limpiaba, encontró la caja de zapatos metida en una bolsa de papel madera. Típico. Parece que hasta tienen verdes. Yo le dije que era una boluda, que cómo no se los trajo y listo, pero la Mary es inteligente. Dice que ella es la primera de la que va a sospechar la cana. Hasta me pidió que le diera una trompada. Medida, pero trompada al fin. Yo a los viejos no los quiero tocar. No creo que haga falta. A menos que el Muñe se vaya de mambo. Le decimos “Muñe” por la cara bonita. Bien podría haber sido mina. Tal vez por eso siente que se tiene que hacer el macho y resuelve todo a los golpes. Poco seso el pobre. Para eso estoy yo.

Está lloviendo más fuerte. No me gusta mojarme. Los jeans se me pegan al cuerpo y se ponen pesados. Transpiro impaciencia. Escucho la moto. Le doy un bife al Muñe por llegar tarde. Casi se le cae la gorra que no se saca nunca. Ninguno de los dos usa casco. No tenemos. Nos los afanaron hace poco, la noche que nos juntamos para celebrar que lo habían soltado al Pipo. El Muñe arranca. No repasamos nada. Ya está todo bien engrasado en el marote. La moto es una Honda CB 190. Está muy bien, pero el asiento es chico. Aunque no quiero, no tengo más remedio que pegar mi panza contra su espalda y eso me pone incómodo. ¡Qué gordo estoy! Voy a pedirle a la Mary que pare con las pastas. Me agarro de la parte de atrás del asiento con tal de no sentir los ravioles trabajados del Muñe. Pienso en ravioles y ya tengo hambre y eso que acabo de tomarme unos mates con facturas.
Estamos circulando por Avenida Perón a la altura del 4200. Vamos a cruzar la vía, pero nos bajan la barrera. No veo el tren que ya me aturde. Odio como toca bocina. ¿O se dice silbato? Siempre hay alguno que quiere cruzar, aún con la barrera baja. Por suerte el Muñe frena. Buena señal. Está bastante tranquilo hoy. Cuando empieza a pasar el tren, siento que alguien me está mirando. Giro mi cabeza a derecha e izquierda. Veo un vivero. Entre las flores hay un enano que me está taladrando con sus ojos como si quisiera agujerearme el cerebro. No puede ser. ¿Qué hace aquí? Es el enano que está en el jardín de los viejos, cerca de la puerta de entrada, como custodiando. Me mira fijo. Me doy cuenta de que no es el enano de los viejos. Es otro. Es el que estaba al lado del rosal en la casa de mi abuela. Era igualito.
Mi nona siempre me decía que el enano del jardín le cuidaba la casa y la protegía de la mala onda. Ella sí que me bancó en todas. Era de fierro. Tengo frío. Se levanta la barrera. El Muñe va a acelerar. Le pellizco las costillas y le grito que no, que nos volvemos. ¿Qué te pasa? ¿Qué bicho te picó? Ya casi llegamos. Te digo que no, Muñe. No vamos a hacer este laburo. El Muñe me conoce. Sabe cuando hablo en serio. Da una vuelta en U y enfila para el barrio. No me habla. Yo tampoco le digo nada. Ya se me va a ocurrir algo cuando llegue a casa. ¿Y Mary? Ella se va a chivar, pero seguro me entiende. A su manera, también la quería a mi nona.
[Ilustración: Verónica Martínez Castro]
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